El aire en la sala de calderas se volvió insoportable en un parpadeo. Los dos infectados rápidos no tardaron en romper su trance; el rugido mecánico de una de las válvulas de alivio disipó la densa nube de vainilla que los confundía, devolviéndolos a su frenesí asesino.
Con un chillido espeluznante, ambas criaturas se lanzaron al ataque de forma simultánea.
—¡Ilia, muévete! —bramó Nickolai, impulsándose hacia adelante.
El Alfa interceptó al primer monstruo en el aire, estrellándolo contra el suelo de rejilla metálica con la fuerza bruta de su cuerpo. El impacto fue seco, pero el segundo infectado aprovechó la distracción para esquivarlos, trepando con agilidad por el costado de una enorme caldera cilíndrica con la intención de caerle encima a Ilia por la espalda.
Nickolai lo vio por el rabillo del ojo. Presionado por el instinto de protección, intentó zafarse del zombi que tenía encima, pero la criatura le clavó las garras en la chaqueta de cuero, jalándolo con desespero. En el forcejeo, el cuerpo de Nickolai golpeó con violencia una de las tuberías de alimentación principales que corría junto a la pared.
El metal viejo y corroído no resistió el impacto.
¡BOOM!
Una junta de unión estalló con un estruendo ensordecedor. Una barrera ensordecedora de vapor blanco a presión y agua hirviendo brotó con la fuerza de un cañón, rompiendo el pasillo a la mitad. La fuerza de la explosión empujó a Ilia un par de metros hacia atrás, haciéndolo caer sentado contra un muro de ladrillos.
Cuando Ilia intentó levantarse, tosiendo y con los ojos ardiéndole por la humedad sofocante, se dio cuenta de la catástrofe: una pared infranqueable de vapor ardiente y siseante lo separaba por completo de Nickolai.
—¡Nick! ¡¿Nick, estás bien?! —gritó Ilia con desesperación, pero el silbido estridente de la tubería rota devoraba cualquier otro sonido. No se escuchaba nada del otro lado. Estaba completamente solo.
Un raspón metálico sobre su cabeza le recordó que el peligro inmediato no había desaparecido.
El segundo infectado rápido había saltado antes de la explosión y ahora descendía por la tubería superior, quedando a escasos dos metros de Ilia. La criatura se sacudió, con la mandíbula goteando una saliva pastosa y oscura. Al no tener a Nickolai cerca, las feromonas de Ilia eran un faro directo hacia su posición. El monstruo siseó, arqueando la espalda, listo para morderle el cuello.
Ilia sintió que el pánico le congelaba los músculos por un segundo. Su Alfa no estaba ahí para poner el pecho por él. Nadie iba a salvarlo.
«Muévete, muévete o te mueres aquí», se obligó a pensar, con los dientes apretados.
En lugar de retroceder o encogerse a llorar, Ilia estiró el brazo por el suelo con desespero. Sus dedos rozaron una pesada válvula de compresión de hierro que se había desprendido del estallido de la tubería. Era una pieza sólida, fría y con forma de rueda estrellada. La tomó con ambas manos justo cuando el infectado rápido se abalanzó sobre él con las garras extendidas.
Ilia no tenía la fuerza bruta de un Alfa dominante, pero el terror puro se transformó en pura adrenalina de supervivencia.
Aprovechando el impulso de la caída del monstruo, Ilia rodó hacia su izquierda sobre el piso mojado. Las garras de la criatura rasparon el suelo de concreto a milímetros de su costado, levantando chispas. Antes de que el zombi pudiera recuperar el equilibrio sobre sus extremidades deformes, Ilia se impulsó hacia adelante con un grito de pura frustración y descargó la pesada rueda de hierro directamente contra el costado de la cabeza del monstruo.
¡CRACK!
El golpe seco descentró a la criatura, estrellándola de lado contra una de las calderas calientes. El metal hirviendo de la estructura quemó la piel del zombi, provocando un siseo espantoso y un alarido de dolor. Sin darle tiempo de recuperarse, Ilia se levantó como pudo, levantó la válvula de hierro con sus dos manos y la dejó caer con todo el peso de su cuerpo sobre el cráneo del mutante, silenciándolo por completo.
El cuerpo del infectado rápido quedó inmóvil en el suelo, rodeado por un charco de sangre negra que comenzó a evaporarse por el calor del lugar.
Ilia dio tres pasos hacia atrás, soltando la válvula de hierro, la cual golpeó el suelo con un tintineo sordo. Sus manos temblaban de forma incontrolable y su respiración era un silbido asmático. Tenía la ropa empapada en sudor y agua, y su aroma a vainilla flotaba espeso en su entorno inmediato. Acababa de matar a su primer zombi por cuenta propia.
—¡Ilia! ¡¿Ilia, me escuchas?! —la voz desesperada, ronca y cargada de una angustia genuina de Nickolai finalmente logró filtrarse por encima del siseo del vapor desde el otro lado de la barrera caliente.
Ilia caminó hacia la cortina blanca, protegiéndose el rostro con el brazo debido al calor.
—¡Nick! ¡Estoy aquí! ¡Estoy bien! —respondió Ilia a gritos, sintiendo un nudo de alivio en la garganta al escuchar a su amigo.
—¡Quédate ahí, no intentes cruzar el vapor, te vas a quemar vivo! —ordenó el Alfa, cuyo tono reflejaba que estaba buscando desesperadamente una forma de rodear la tubería destruida—. ¡¿La otra cosa está contigo?!
Ilia miró de reojo el cadáver del mutante a sus pies y luego volvió a mirar hacia la niebla ardiente. Una extraña y nueva chispa de determinación brilló en sus ojos detrás de sus gafas empañadas.
—¡Ya no es un problema, Nick! ¡Me encargué de ella! —gritó Ilia, enderezando la espalda por primera vez en todo el viaje.
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Editado: 04.10.2026