El siseo del vapor seguía cortando el aire, pero del lado de Ilia, la adrenalina comenzó a disiparse, dejando en su lugar un peso aplastante en los párpados. Las piernas le temblaban y el simple hecho de mantener la espalda recta se sentía como cargar una tonelada de ladrillos.
—¡Ilia! ¡No te muevas, ya encontré una forma de pasar! —la voz de Nickolai resonó desde el fondo del pasillo lateral.
Unos segundos después, la enorme figura del Alfa emergió de entre la niebla caliente, saltando por encima de unas tuberías secundarias. Su chaqueta de cuero tenía un nuevo rasguño y cargaba la llave inglesa firmemente en su mano, listo para destrozar lo que fuera. Sin embargo, al llegar al sector de Ilia, Nickolai se detuvo en seco.
Sus ojos oscuros escanearon la escena: el cuerpo inmóvil del infectado rápido en el suelo, la pesada válvula de hierro ensangrentada y a Ilia, apoyado contra la pared de ladrillos, respirando con dificultad.
Nickolai soltó un suspiro de puro alivio, pero de inmediato, una chispa de profundo respeto y un innegable orgullo de Alfa brilló en su mirada. Caminó a pasos rápidos hacia él, dejando caer su arma al suelo.
—Vaya... —murmuró Nickolai, deteniéndose a centímetros de Ilia y mirando el cadáver del mutante—. De verdad lo mataste tú solo.
—Te dije... que no era un problema —articuló Ilia en un hilo de voz, intentando usar su tono irónico de siempre, pero la voz le salió arrastrada, pastosa por el cansancio extremo.
Nickolai sonrió de lado, una mueca llena de genuina admiración. Extendió una mano y apretó suavemente el hombro de Ilia.
—Buen trabajo, falso Beta. Eres más peligroso de lo que pareces —lo elogió, haciendo que un sutil calorcito se extendiera por el pecho de Ilia—. Pero no podemos quedarnos a celebrar. El vapor va a disiparse y el ruido pudo atraer a más de esas cosas.
Ilia asintió con pesadez, pero al intentar dar un paso al frente, sus rodillas cedieron por completo. El cansancio biológico lo estaba golpeando sin piedad. El uso de su energía para pelear, sumado a la falta de supresores y el calor del lugar, habían agotado sus reservas. Nickolai lo atrapó por la cintura antes de que tocara el suelo, apegándolo firmemente contra su pecho.
—Oye, oye... tranquilo. Te tengo —dijo Nickolai, con su tono volviéndose sumamente suave al notar lo débil que estaba su amigo.
—Allá... —Ilia señaló con un dedo tembloroso hacia el techo del fondo del pasillo, justo donde una pequeña escotilla de escape con una escalera de gato daba paso hacia la superficie—. Esa escotilla da al estacionamiento exterior... lo leí en el letrero de mantenimiento antes de que estallara la tubería.
—Entendido. Vámonos de aquí.
Nickolai no lo dudó. Con la facilidad que le daba su fuerza de Alfa, acomodó a Ilia en su espalda, asegurando las piernas del menor alrededor de su cintura. Subió la escalera de hierro con una sola mano libre, empujando la pesada escotilla superior con el hombro hasta que el aire fresco y frío de la noche los recibió en el estacionamiento sur del estadio.
El lugar estaba extrañamente desierto, iluminado solo por la luz de la luna llena y un par de farolas parpadeantes. Nickolai caminó arrastrando los pies hasta una vieja camioneta de carga abandonada con la compuerta trasera abierta. Recostó a Ilia con cuidado sobre la lona de la parte trasera, asegurándose de que estuviera cómodo.
Ilia se encogió de inmediato, abrazando sus propias piernas. Tenía muchísimo sueño; los ojos se le cerraban solos y el frío de la noche comenzó a hacerlo temblar tras haber estado sudando en las calderas. Su aroma a vainilla, ahora completamente expuesto y dulce, flotaba en el aire de la camioneta, pero ya no era un aroma de pánico, sino uno sumamente dócil, suave... y necesitado.
Biológicamente, el cuerpo de Ilia estaba exigiendo la presencia de su Alfa para regular su temperatura y su paz mental tras el primer combate de su vida. Su instinto Omega quería mimos. Quería que Nickolai lo abrazara, que frotara su cuello contra el suyo para impregnarlo de su olor a madera de roble y sentirse completamente a salvo.
Sin embargo, el orgullo humano de Ilia y la vergüenza de haber ocultado su casta por tantos años lo hicieron morderse el labio. «No digas nada, es tu amigo de toda la vida, vas a fundirle el cerebro con tus tonterías de Omega», se regañó a sí mismo mentalmente en medio de su modorra.
Se dio la vuelta, dándole la espalda a Nickolai, intentando esconder su rostro entre sus brazos para que el Alfa no notara el temblor de su cuerpo ni la súplica silenciosa de sus feromonas.
Nickolai se quedó de pie junto a la compuerta, observando la figura encogida de Ilia. Sus fosas nasales captaron el sutil cambio en el aroma de la vainilla, volviéndose más lechoso, suave y llamativo. Como Alfa dominante, Nickolai entendió el mensaje biológico al instante, aunque Ilia intentara callarlo por pura pena.
—Eres un testarudo, Ilia —murmuró Nickolai con una voz baja y ronca, subiendo a la parte trasera de la camioneta sin pedir permiso.
Se sentó justo detrás de él y, con una firmeza que no admitía quejas, jaló el cuerpo de Ilia hacia atrás hasta que la espalda del menor quedó completamente pegada contra su ancho y cálido pecho. Nickolai rodeó la cintura de Ilia con sus brazos, atrapándolo en un abrazo protector, mientras inclinaba la cabeza para liberar su aroma a tormenta y roble directamente sobre el cuello del Omega.
Ilia soltó un jadeo ahogado por la sorpresa, con el rostro completamente rojo de la vergüenza en la oscuridad, pero su cuerpo traicionó su mente al instante: sus músculos se relajaron por completo, dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Nickolai y un suspiro de absoluto alivio y sueño profundo escapó de sus labios al recibir los mimos y el calor que tanto ansiaba.
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Editado: 04.10.2026