El frío del amanecer se coló por la compuerta abierta de la camioneta, pero Ilia apenas lo sintió. Estaba envuelto en un capullo de calor absoluto, con la espalda pegada al pecho de Nickolai y los brazos del Alfa rodeando su cintura con una firmeza posesiva que no había flaqueado en toda la noche. El aroma a madera de roble y tormenta había impregnado su ropa, haciéndolo sentir más seguro de lo que jamás estuvo antes del fin del mundo.
Ilia pestañeó lentamente, con los ojos pesados por el sueño reprimido. Al darse cuenta de lo pegado que estaba a Nickolai, un súbito golpe de vergüenza le tiñó las mejillas de rojo. Intentó zafarse sutilmente, pero el agarre en su cintura se apretó de inmediato.
—Quédate quieto —masulló la voz ronca y adormilada de Nickolai contra su oído, enviándole un escalofrío por la columna—. Aún es temprano.
—Nick... tenemos que movernos —susurró Ilia, aunque su propio cuerpo le suplicaba quedarse ahí cinco minutos más—. El sol ya está saliendo.
Antes de que Nickolai pudiera responder, un crujido de pisadas sobre los cristales rotos del estacionamiento los puso en alerta máxima. Los ojos de Nickolai se abrieron de golpe, perdiendo toda la somnolencia en un segundo. Soltó a Ilia, tomó su llave inglesa y se incorporó de un salto, colocándose en la entrada de la compuerta de la camioneta. Ilia se puso las gafas a toda prisa, asomándose detrás de él.
Afuera, a unos pocos metros, había dos personas. No eran zombis. Eran dos sobrevivientes civiles que cargaban mochilas de viaje y ropas sucias por la huida.
El primero en dar un paso al frente fue un Omega de cabello rubio y ojos astutos, llamado René. Su aroma a fresas dulces flotaba en el aire, denotando su casta de inmediato. Detrás de él, apoyado contra el pilar de concreto con una actitud de total desinterés y aburrimiento, venía un Alfa de hombros anchos y mirada perezosa llamado Marcus. Marcus jugaba con una navaja de bolsillo, con una expresión que gritaba que el destino del mundo le importaba un comino.
—¡Vaya, por fin encontramos gente viva! —exclamó René, juntando las manos con alivio. Sin embargo, en cuanto sus ojos se posaron en Nickolai, su expresión cambió por completo. René barrió la imponente figura de Nickolai, sus hombros anchos, su mandíbula marcada y esa energía innegable de Alfa dominante que emanaba de su cuerpo. Al Omega rubio se le iluminó la mirada y, de forma casi instantánea, liberó una ráfaga coqueta de sus feromonas de fresa—. Hola... Soy René. Qué bueno es ver a un Alfa de verdad por aquí. Mi compañero Marcus es un aburrido que no sirve para proteger a nadie. ¿Podríamos unirnos a ustedes? Me sentiría mucho más seguro a tu lado... grande.
Nickolai ni siquiera pestañeó ante el coqueteo descarado. Su rostro permaneció gélido como el hielo, y un sutil gruñido de fastidio vibró en su garganta al sentir el aroma ajeno intentar invadir su espacio.
Ilia, por su parte, sintió un extraño e inusual ardor en el pecho al escuchar al rubio hablarle así a su amigo. Se cruzó de brazos, clavándole una mirada fulminante a René que el otro Omega ignoró olímpicamente.
Marcus, el Alfa apático del pilar, soltó un suspiro de fastidio por el drama de su compañero.
—Ya te dije, René, que dejes de rogarle a cualquiera. Si quieren irse solos, nos vamos y ya, a mí no me inter...—
Las palabras de Marcus se atascaron en su garganta. El Alfa perezoso se enderezó de golpe, dejando caer la navaja de bolsillo, la cual tintineó contra el suelo. Sus ojos oscuros acababan de pasar de largo a Nickolai para fijarse en Ilia, quien seguía asomándose detrás del muro del Alfa dominante.
El viento de la mañana sopló de lado, llevando consigo el aroma residual de vainilla pura y lirios que el cuerpo de Ilia aún desprendía debido al cansancio de la noche.
La actitud desinteresada de Marcus se evaporó en un microsegundo. Sus pupilas se dilataron y una intensidad salvaje, posesiva y completamente despierta transformó sus facciones perezosas en las de un depredador que acababa de encontrar su único objetivo en la Tierra. Marcus dio un paso largo hacia el frente, ignorando a René y a Nickolai, con los ojos clavados de forma fija e hipnótica en las mejillas sonrojadas de Ilia.
—Olvida lo que dije —murmuró Marcus con una voz que de repente se volvió baja, posesiva y cargada de un interés absoluto—. Cambié de opinión. Definitivamente nos quedamos con ustedes. Hola, precioso... ¿Cómo te llamas?
El ambiente en el estacionamiento se congeló a niveles alarmantes.
Nickolai no esperó a que Ilia respondiera. Las feromonas de roble y tormenta del Comandante Kovach estallaron con la fuerza de una bomba nuclear biológica. Dio un paso violento hacia el frente, bloqueando por completo la visión de Marcus, mientras levantaba la llave inglesa apuntando directamente al entrecejo del nuevo Alfa. Sus ojos estaban inyectados en una furia territorial tan desmedida que el suelo pareció vibrar con su gruñido.
—Da un paso más hacia él, Alfa, y te aseguro que este estacionamiento será tu tumba —rugió Nickolai, con una voz tan cargada de dominancia que René cayó de rodillas por puro instinto de sumisión, temblando.
Marcus detuvo su avance, pero no bajó la cabeza. Sostuvo la mirada asesina de Nickolai con una sonrisa desafiante de lado. El juego de poder entre los dos Alfas acababa de comenzar, e Ilia estaba justo en medio del fuego cruzado.
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Editado: 04.10.2026