Antes de que el mundo sangre

Amigos sin derechos

El silencio que siguió al rugido territorial de Nickolai fue tan espeso que el aire parecía pesar una tonelada. René seguía arrodillado en el suelo, temblando levemente mientras se frotaba los brazos para disipar el efecto de las feromonas de Nickolai, pero sus ojos astutos se movían con rapidez de un chico al otro, analizando la situación.

Marcus, por su parte, se mantuvo firme. No se encogió ante la llave inglesa que rozaba su entrecejo, aunque sus instintos de Alfa se tensaron, listos para un combate físico si era necesario. Su mirada seguía desviándose de reojo hacia la camioneta, buscando la silueta de Ilia.

René se levantó lentamente del piso mojado, limpiándose los pantalones. Miró el rostro enfurecido de Nickolai, luego la forma posesiva en que tapaba al chico de las gafas, y finalmente soltó una risa seca, un tanto indignada por haber sido ignorado.

—A ver, bajen las armas —pidió René, cruzándose de brazos mientras miraba fijamente a Nickolai—. Entiendo el instinto de protección en el fin del mundo, gigante, pero estás actuando como un animal rabioso. Déjame hacerte una pregunta directa para ver si vale la pena tanto drama: ¿ustedes dos están saliendo? O sea... ¿son novios, pareja, tienen un lazo oficial o algo?

La pregunta cayó como un balde de agua fría en el estacionamiento.

Nickolai se tensó visiblemente, pero sus labios se apretaron en una línea recta sin emitir sonido. Su cerebro de Alfa quería rugir que Ilia le pertenecía, pero la cruda realidad social y el peso de su pasado lo frenaron en seco. No eran pareja. Habían sido amigos toda la vida, e Ilia acababa de confesarle apenas unas horas atrás el pánico que le tenía a las dinámicas de posesión obligatoria entre Alfas y Omegas. Si Nickolai marcaba territorio de forma oficial frente a desconocidos, sentiría que estaba traicionando la confianza de su amigo.

Ilia, desde el fondo de la camioneta, sintió un nudo amargo en el estómago ante el silencio de Nickolai. Sabía que era lo correcto, que no tenían un lazo, pero una pequeña y oculta parte de su instinto Omega dolió ante la falta de una respuesta afirmativa.

—No —intervino Ilia con una voz firme pero apagada, saliendo de la camioneta y colocándose al lado de Nickolai—. No somos novios. Somos amigos. De toda la vida.

Al escuchar la palabra "amigos", la sonrisa descarada y perezosa de Marcus regresó a su rostro con una fuerza renovada. El Alfa dio un paso lateral, esquivando deliberadamente la llave inglesa de Nickolai, y clavó sus ojos oscuros directamente en Ilia, destilando una confianza absoluta.

—¿Amigos? —repitió Marcus, soltando una risa suave y ganadora—. Vaya... qué excelente noticia.

Marcus se acomodó la chaqueta y miró a Nickolai con una burla innegable en los ojos.

—Perfecto entonces, gigante —sentenció Marcus, dando un paso al frente de manera relajada—. Si solo son amigos, no tiene por qué haber tanto drama territorial entre nosotros. Las leyes de castas y el viejo mundo ya se murieron afuera. Eso significa que no le perteneces a nadie, precioso... y que yo tengo una oportunidad perfecta contigo.

Nickolai dio un paso al frente de inmediato, con los nudillos tan blancos por apretar el arma que el metal de la llave inglesa crujió. Su aroma a tormenta se volvió destructivo, pero Marcus dio la vuelta con total descaro, caminando hacia la cabina de la camioneta abandonada.

—Miren esto —anunció Marcus, golpeando el vidrio del conductor—. Las llaves están pegadas al encendido y el tanque está a la mitad. Es nuestro boleto de salida de la ciudad. Yo manejo. René va de copiloto. Y ustedes dos... bueno, pueden acomodarse atrás. Así tengo el espejo retrovisor libre para seguir admirando la vista.

Marcus le dedicó un último guiño a Ilia antes de abrir la puerta del vehículo y subirse, dejando la tensión en el punto más alto del viaje. Nickolai se giró hacia Ilia, con los ojos inyectados en una furia silenciosa que prometía consecuencias destructivas para el próximo tramo del camino.




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