Antes de que el mundo sangre

Espacio reclamado

El motor de la camioneta de carga rugió con pesadez, levantando una nube de polvo mientras Marcus aceleraba para salir del estacionamiento sur. El viaje por carretera hacia las afueras de la ciudad había comenzado, pero la atmósfera dentro del vehículo era tan tensa que parecía que el aire iba a estallar en cualquier momento.

En la cabina delantera, René iba cruzado de brazos, mirando con fastidio por la ventana del copiloto, ignorado por completo por Marcus. Marcus, por su parte, conducía con una sola mano en el volante de forma relajada, manteniendo sus ojos oscuros fijos en el espejo retrovisor central.

En la parte trasera, el espacio era reducido. Ilia estaba sentado sobre una manta sucia, intentando acomodar su mochila, consciente de la mirada pesada que Nickolai mantenía fija en la ventanilla que comunicaba la cabina con la zona de carga. Nickolai estaba sentado a su lado, con la espalda apoyada en la pared de metal, emanando un aroma a tormenta tan denso que camuflaba por completo el olor a vainilla de Ilia.

Marcus deslizó la pequeña ventanilla corrediza de vidrio que conectaba la cabina con la parte trasera, abriendo un espacio directo de comunicación.

—Oye, precioso —habló Marcus con su habitual tono descarado y perezoso, mirando a Ilia a través del espejo retrovisor—. No me has dicho tu nombre. Si vamos a viajar juntos hacia las montañas, lo mínimo que merezco es saber cómo llamarte mientras manejo. Además, esa chaqueta de mezclilla te queda increíble, pero te verías mucho mejor usando mi uniforme militar. Te protegería más del frío.

Ilia pestañeó, abriendo la boca para responder por pura cortesía, pero no alcanzó a emitir ni una sola sílaba.

El movimiento de Nickolai fue tan rápido que Ilia solo vio un borrón negro. Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, las manos grandes de Nickolai lo tomaron firmemente por las caderas. Con un movimiento fluido, potente y cargado de una posesividad absoluta, Nickolai jaló a Ilia hacia su cuerpo, levantándolo del suelo de la camioneta para sentarlo directamente sobre su regazo.

—¡Nick! —soltó Ilia en un chillido ahogado, sintiendo que el rostro se le encendía por completo en un rojo carmín.

Ilia quedó atrapado de espaldas contra el pecho robusto del Alfa dominante. Nickolai rodeó la cintura de Ilia con ambos brazos, entrelazando sus dedos fuertemente sobre el abdomen del menor, aprisionándolo contra su cuerpo en un abrazo inamovible. Nickolai inclinó la cabeza hacia adelante, apoyando la barbilla directamente en el hombro de Ilia, permitiendo que sus feromonas de madera de roble golpearan directamente la glándula de aroma del Omega.

Desde el espejo retrovisor, la sonrisa de Marcus se congeló por un milímetro, pero de inmediato se transformó en una mueca de pura diversión al ver la reacción territorial de su rival.

—Se llama Ilia —rugió Nickolai con una voz que no pareció humana, sino un gruñido sordo e implacable que vibró a través del metal de la camioneta—. Y no necesita tu uniforme, cabo. Tiene el mío puesto. Vuelve a hablarle de esa manera y te aseguro que este vehículo va a terminar estrellándose porque te romperé los dos brazos.

Ilia intentó moverse un poco, abrumado por la vergüenza de estar sentado en las piernas de su mejor amigo frente a extraños, pero el agarre de Nickolai en su cintura se apretó como una prensa de acero, dejándole en claro que no pensaba soltarlo en todo el camino. El calor corporal de Nickolai lo envolvió, y a pesar de la pena, el instinto de Omega de Ilia, aún agotado por la pelea en las calderas, dio un suspiro silencioso de alivio al sentirse tan ridículamente protegido.

—Vaya, vaya... qué posesivo nos salió el "amigo" —se burló Marcus desde el frente, acomodando el retrovisor para mantener la vista fija en la pareja—. Está bien, Ilia. Es un lindo nombre para un chico tan perfecto. Disfruta el viaje en primera clase. El camino hacia las afueras es largo, y dudo mucho que tu guardián pueda mantener los brazos cerrados para siempre.

Nickolai no respondió al comentario, pero pegó aún más el cuerpo de Ilia contra el suyo, enterrando el rostro sutilmente en el cabello castaño de su Omega, marcando su territorio de forma silenciosa mientras la camioneta avanzaba toda velocidad hacia la autopista del norte, dejando atrás las ruinas de la ciudad infectada.




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