El vaivén constante de la camioneta sobre el asfalto agrietado terminó por vencer la resistencia de Ilia. Apoyado por completo contra el pecho de Nickolai, sus párpados cedieron y su respiración se volvió pausada, profunda y rítmica. Se había quedado profundamente dormido, con una mano aferrada de forma inconsciente a la chaqueta de cuero del Alfa, como si temiera que el mundo se lo tragara si lo soltaba.
Nickolai mantuvo los brazos alrededor de su cintura, pero la rigidez hostil con la que había encarado a Marcus comenzó a ablandarse. Miró hacia la cabina delantera; René iba sumido en un silencio molesto y Marcus conducía concentrado en la carretera oscura, dándoles por fin un momento de tregua.
Con una lentitud deliberada, Nickolai estiró los dedos de su mano derecha y comenzó a delinear el contorno del rostro de Ilia, apartándole con infinita ternura los mechones de cabello castaño que le caían sobre la frente. René, al notar el movimiento por el espejo lateral, apretó los puños con una envidia innegable, pero Nickolai lo ignoró por completo. Su mente entera estaba ocupada en un torbellino de pensamientos lógicos que ya no podía seguir postergando.
Por años, Nickolai se había enorgullecido de ser un Alfa analítico. Evaluaba riesgos, calculaba estrategias y tomaba decisiones basadas en la fría razón. Sin embargo, la presencia de Ilia en su regazo desafiaba toda su lógica estructural.
«¿Qué somos?», se preguntó a sí mismo en el silencio de su mente, mirando las pestañas largas de Ilia descansar sobre sus mejillas.
La respuesta oficial de toda la vida era "amigos". Pero la lógica dictaba que los amigos no sentían este tironeo violento en el pecho que amenazaba con arrancarle la cordura si alguien más intentaba acercarse. Nickolai analizó las palabras que Ilia había soltado en el túnel de las calderas: el terror a que la biología los transformara en una dinámica de esclavo y dueño, la culpa por ocultarle su naturaleza de Omega por miedo a que Nickolai dejara de verlo como a un igual.
«Él quiere conservar su libertad», pensó Nickolai, uniendo los hilos con cuidado. «Desea ser protegido, sí, pero no sometido». Ilia acababa de demostrar en el sótano que era capaz de matar a una criatura por su cuenta. No era un Omega débil e inútil como los que el ejército fusilaba en la entrada del estadio. Tenía garras, tenía fuego en el alma, y Nickolai no quería apagar ese fuego; quería ser el escudo que lo resguardara del viento para que siguiera ardiendo.
Pero luego estaba su propio deseo. Y Nickolai, como Alfa dominante, tenía que ser brutalmente honesto consigo mismo.
Miró de reojo la glándula de aroma expuesta en el cuello de Ilia, latiendo sutilmente bajo el olor a vainilla. Deseaba morderlo. Deseaba clavar sus colmillos en esa piel, marcarlo frente al mundo entero y sellar su lazo biológico para que tipos como Marcus supieran, antes de abrir la boca, que intentar tocar a Ilia significaba la muerte automática. El instinto le gritaba que lo reclamara como su propiedad. Sin embargo, su amor por Ilia —el humano, el amigo de la infancia— frenaba ese impulso salvaje.
«Si lo fuerzo por el instinto, lo pierdo para siempre», concluyó el Alfa, apretando el agarre en la cintura del menor con una mezcla de frustración y devoción absoluta.
Su relación ya no podía volver a la comodidad de las aulas universitarias ni a las tardes de café antes de que el mundo sangrara. El apocalipsis había desnudado sus verdaderas naturalezas. Para Nickolai, la lógica ya no consistía en salvarse a sí mismo o encontrar un refugio militar; la única lógica matemática que le importaba era mantener a Ilia a su lado, ganarse su confianza como su Alfa por elección y no por obligación biológica, y destruir a cualquiera que se interpusiera en ese camino.
Ilia se removió sutilmente en sus brazos, soltando un pequeño suspiro dócil mientras buscaba más el calor de su cuello. Nickolai cerró los ojos por un instante, aspirando el aroma a vainilla que ahora consideraba su único hogar en la Tierra, aceptando finalmente que su corazón le pertenecía a su Omega mucho antes de que los muertos aprendieran a caminar.
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Editado: 04.10.2026