Las luces del tablero de la camioneta proyectaban sombras alargadas en la zona de carga trasera. El zumbido constante del motor en la autopista desierta actuaba como un analgésico para el cansancio que Ilia cargaba en los huesos.
Poco a poco, la modorra del sueño profundo comenzó a disiparse de su mente. Lo primero que Ilia percibió al despertar no fue el frío de la noche, sino la abrumadora calidez que lo rodeaba. Seguía sentado directamente en el regazo de Nickolai. Los brazos del Alfa continuaban rodeando su cintura con la misma firmeza con la que lo había atrapado horas atrás, y el aroma a madera de roble y tormenta lo envolvía por completo, como un escudo invisible.
Ilia pestañeó lentamente, acomodándose las gafas con cuidado de no hacer ruido. Se percató de que la mano derecha de Nickolai seguía descansando cerca de su hombro, y que el Alfa no dormía; mantenía la mirada fija en la ventanilla trasera, sumido en una seriedad analítica.
—Sé que estás despierto, Ilia —soltó Nickolai en un susurro ronco, tan bajo que solo el Omega pudo escucharlo por encima del motor.
Ilia soltó un suspiro suave, rindiéndose ante la evidencia, pero esta vez no intentó zafarse ni se ocultó por la vergüenza. Se acomodó mejor contra el pecho de su amigo, mirando hacia las sombras del piso de metal.
—Nick... gracias por lo de hace rato —dijo Ilia en el mismo tono bajo, refiriéndose al espacio que el Alfa había reclamado para protegerlo de Marcus—. Sé que debió ser incómodo para ti actuar de esa manera frente a extraños, considerando que... bueno, que solo somos amigos.
Nickolai guardó silencio por unos segundos. Sus dedos se movieron de forma inconsciente, acariciando suavemente el brazo de Ilia a través de la chaqueta de mezclilla.
—No fue incómodo —respondió el Alfa con una honestidad brutal que hizo que el corazón de Ilia diera un vuelco—. No me importa lo que piensen esos dos tipos de adelante, ni me importan las castas. Lo único que me importaba era que ese cabo te estaba mirando como si fueras una presa. Y tú no le perteneces a él, ni a nadie de este maldito mundo.
Ilia tragó saliva, sintiendo el calor extenderse por sus mejillas. Se armó de valor y giró un poco la cabeza para mirar de reojo el rostro de Nickolai en la penumbra.
—Tenía miedo, Nick —confesó Ilia con el corazón en la mano, revelando por fin lo que tanto lo atormentaba—. Cuando René preguntó si éramos novios y te quedaste callado... una parte de mí se sintió aliviada, pero otra parte... sintió miedo de lo que vendrá después. El mundo de afuera se destruyó. Ya no hay universidades, ni leyes, ni supresores de contrabando. Tarde o temprano, mi cuerpo va a cambiar por completo. Voy a entrar en celo, Nick. Y no sé qué va a pasar con nosotros cuando la biología intente obligarnos a hacer algo que arruine nuestra amistad.
Nickolai detuvo el movimiento de sus dedos. Inclinó la cabeza hacia adelante, apoyando la frente suavemente contra el costado de la cabeza de Ilia, permitiendo que sus respiraciones se mezclaran en la oscuridad.
—No va a arruinar nada, Ilia —prometió Nickolai, con una convicción tan profunda y lógica que disipó los temores del Omega—. Escúchame bien. Sé que le tienes terror a perder tu libertad por culpa de los instintos, y sé lo que le pasó a tu hermano. Pero yo no soy el Alfa de su amigo. Llevo diez años queriéndote y cuidándote porque eres tú, el chico testarudo con el que crecí. Si algún día dejamos de ser "amigos" para convertirnos en algo más, no será porque un virus o un celo nos obligue. Será porque tú lo decidas.
Ilia contuvo el aliento, con los ojos abiertos de par en par. La palabra queriéndote resonó en su mente como una campana. No era solo instinto de protección; Nickolai estaba desnudando sus sentimientos humanos más puros en mitad del apocalipsis.
—Hasta que ese momento llegue, si es que llega, yo seré tu escudo —continuó Nickolai, apretando el abrazo con una posesividad madura y respetuosa—. Si entras en celo, te cuidaré en las montañas, lejos de tipos como Marcus. Te daré mi aroma para camuflarte, pelearé por ti y mantendré a raya a cualquier bastardo que intente acercarse. No eres mi propiedad, Ilia. Eres mi compañero. Y de aquí en adelante, mi única ley es asegurarme de que sigas siendo libre.
Ilia cerró los ojos, sintiendo una lágrima de absoluto alivio resbalar por su mejilla. El peso de los supresores ya no importaba. Al entrelazar sus dedos con los de Nickolai sobre su cintura, supo que el fin del mundo podía seguir sangrando afuera, pero en el pecho de su Alfa, la verdadera supervivencia ya estaba asegurada.
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Editado: 04.10.2026