El amanecer tiñó el cielo de un tono grisáceo y frío cuando la camioneta de carga finalmente dejó atrás las planicies de la autopista para adentrarse en las faldas de las montañas del norte. El relieve se volvía más accidentado, flanqueado por densos bosques de pinos que prometían el aislamiento que Nickolai e Ilia buscaban.
Marcus redujo la velocidad al entrar a un pequeño pueblo semiabandonado en los valles bajos. Las calles estaban desiertas, con un par de autos estrellados contra los postes de luz y cortinas metálicas cerradas.
—Atención atrás —habló Marcus por la ventanilla corrediza, interrumpiendo la calma—. Nos estamos quedando sin municiones y no pienso subir a la montaña desarmado. Hay una tienda de artículos de caza y armería a dos calles de aquí. Nos detendremos a saquearla.
Nickolai se incorporó de inmediato, ayudando a Ilia a bajar de su regazo con cuidado. Sus músculos estaban un poco entumecidos tras horas de viaje, pero su instinto de alerta se activó al segundo.
Cuando la camioneta se detuvo frente al local comercial, Marcus bajó de la cabina con una sonrisa de suficiencia, listo para derribar la puerta con su rifle. René lo siguió de cerca, quejándose del frío, mientras que Nickolai e Ilia bajaron por la compuerta trasera, manteniendo las mochilas listas.
El interior de la armería estaba sumido en la penumbra, con estantes llenos de cajas de cartuchos y fundas de cuero. Marcus fue directo hacia los rifles de asalto y las escopetas colgadas en las paredes del fondo, riendo con complicidad.
—Esto es un paraíso —exclamó Marcus, cargando una escopeta táctica y mirándolo a Nickolai con burla—. Deberías conseguirte algo más grande que esa llave inglesa de mecánico, gigante. Aquí afuera la fuerza bruta no te va a alcanzar para siempre.
Nickolai lo ignoró por completo. Mientras Marcus y René se atiborraban de pólvora y chalecos, el Comandante Kovach se giró hacia Ilia y le hizo una seña con la cabeza hacia la sección del fondo del local, la cual conectaba con una pequeña farmacia de conveniencia comunitaria aledaña a través de una puerta lateral de madera.
—Marcus está distraído con sus juguetes —susurró Nickolai, empujando la puerta de la farmacia con sigilo—. Quédate en la entrada y vigila el pasillo. Yo buscaré lo que de verdad necesitamos.
Ilia asintió de inmediato, colocándose de espaldas a la puerta para cubrirle la retaguardia a su Alfa.
Nickolai avanzó rápidamente por los estantes de la farmacia vacía. Su mente lógica no estaba pensando en balas; estaba calculando cuántos días faltaban para que los últimos efectos de los supresores universitarios abandonaran por completo el sistema de Ilia. Sabía que en mitad de la montaña, un celo sin control los convertiría en un faro directo para cualquier horda o Alfa carroñero de la zona.
Con movimientos precisos y veloces, Nickolai comenzó a vaciar cajas específicas en su mochila:
Bloqueadores de aroma sintéticos: Aerosoles y ungüentos neutros diseñados para castas que trabajaban en entornos públicos, ideales para camuflar el olor a vainilla de Ilia si tenían que moverse.
Supresores de emergencia: Encontró un par de frascos de tabletas de amplio espectro de uso médico general. No eran de la calidad del contrabando que Ilia usaba, pero retrasarían el ciclo unas semanas más.
Analgésicos fuertes e inhibidores térmicos: Medicamentos para controlar las fiebres brutales y los dolores musculares que azotan a los Omegas durante sus periodos biológicos si el celo terminaba por estallar.
Por último, Nickolai pasó al estante de ropa de la armería y tomó una sudadera térmica gruesa de color negro, de un material reforzado y suave que retenía el calor corporal, metiéndola junto a las medicinas.
—¿Encontraste algo útil, gigante? —la voz perezosa de Marcus resonó desde la puerta lateral, interrumpiendo el saqueo silencioso.
Marcus estaba apoyado en el marco de la puerta, sosteniendo un rifle nuevo sobre el hombro, mirando con curiosidad las cajas de medicamentos que Nickolai terminaba de guardar. Su mirada se desvió un segundo hacia Ilia, quien se tensó de inmediato.
Nickolai cerró el cierre de su mochila con un sonido seco, se dio la vuelta y se colocó frente a Marcus con una frialdad absoluta, tapando la farmacia a sus espaldas.
—Lo necesario para sobrevivir —respondió Nickolai con una voz que cortaba como el hielo—. Balas no es lo único que mantiene a la gente con vida en el fin del mundo. Nos largamos de aquí ya. El ruido de tu escopeta hace rato pudo haber despertado a los alrededores.
Marcus soltó una risa suave de lado, un tanto intrigado por el misterio del Alfa dominante, pero decidió no presionar más al ver que los nudillos de Nickolai volvían a apretarse sobre su llave inglesa de metal.
Una vez que regresaron a la camioneta y aseguraron las puertas de carga, Nickolai esperó a que el vehículo arrancara para abrir su mochila. Saco la sudadera térmica negra y se la extendió a Ilia, junto con un pequeño bote de bloqueador de aroma.
—Póntela —ordenó Nickolai en un susurro suave contra su oído, mientras la camioneta ascendía hacia los bosques nublados—. El bloqueador te ayudará a descansar sin que tu aroma se escape por las rendijas del metal. Ya no tienes que esconder nada de mí, Ilia... pero de los de allá afuera, nos encargaremos juntos.
Ilia abrazó la sudadera contra su pecho, sintiendo el aroma limpio a tela nueva mezclarse con la tranquilidad de saber que Nickolai estaba pensando en cada uno de sus detalles biológicos.
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Editado: 04.10.2026