La camioneta de carga avanzaba a paso lento, hundiéndose en la densa niebla de los bosques de pino de las altas montañas. El frío aquí arriba era implacable, calando las paredes de metal del vehículo. René, que había estado congelándose en la cabina delantera soportando el silencio apático de Marcus, decidió que ya había tenido suficiente. Aprovechando una breve parada que hizo Marcus para revisar un mapa de carreteras, René se deslizó hacia la parte trasera, cerrando la puerta tras de sí para buscar una fuente de calor mucho más interesante.
Nickolai estaba sentado en un rincón de la lona, revisando las provisiones médicas que había conseguido para Ilia. Ilia, por su parte, dormitaba un poco más allá, envuelto en la sudadera térmica negra que el Alfa le había regalado, exhausto.
René se acomodó la ropa, frotándose las manos con una sonrisa tímida pero cargada de intenciones. Caminó con pasos sigilosos hacia Nickolai, ignorando deliberadamente la mirada de advertencia que el Alfa le lanzó.
—Qué frío hace aquí atrás, ¿verdad? —coqueteó René en un susurro dulce, dejando caer sus feromonas de fresa en el aire cerrado de la camioneta de forma descarada—. Marcus es un témpano de hielo, no sabe cómo cuidar a un Omega. Pero tú... tú te ves tan cálido, grande.
Nickolai se tensó, apartando las manos de la mochila.
—Mantén tu distancia, René —advirtió Nickolai con voz gélida, sin desviar los ojos oscuros del intruso—. No estoy de humor para tus juegos.
—Oh, no seas tan duro —insistió el rubio, arrodillándose justo frente a él.
René decidió jugar su última carta. Con un movimiento rápido y atrevido, estendió sus manos y las plantó sobre los firmes y anchos hombros de Nickolai, inclinando su cuerpo hacia el frente. Nickolai, tomado por sorpresa por el descaro física del Omega, tardó un milisegundo en reaccionar. Ese milisegundo fue suficiente. René eliminó la distancia y estampó sus labios directamente contra los de Nickolai, buscando un beso profundo mientras sus dedos se deslizaban con audacia por el cuello del Alfa, intentando despertar su instinto a la fuerza.
Nickolai reaccionó con violencia, tomándolo de las muñecas para apartarlo de un tirón, pero el daño ya estaba hecho.
El sonido del forcejeo y el repentino choque de feromonas despertaron a Ilia de golpe. Abrió los ojos justo a tiempo para ver las manos de René recorriendo el cuerpo de Nickolai y los labios del rubio despegándose del Alfa dominante.
En ese preciso instante, algo se rompió definitivamente dentro de Ilia.
Toda la timidez, la vergüenza de las castas, el orgullo humano y el miedo a las dinámicas de posesión que lo habían atormentado durante años se evaporaron, calcinados por una furia primitiva e incontrolable. Su sistema Omega, privado de supresores y estimulado por la amenaza de un rival, colapsó en un descontrol absoluto. Su aroma a vainilla pura y lirios estalló en la camioneta con la fuerza de un vendaval, volviéndose denso, asfixiante y cargado de una hostilidad salvaje.
Ilia se puso de pie de un salto. Antes de que Nickolai pudiera levantarse, Ilia se lanzó hacia adelante, tomó a René por la solapa de su chaqueta con una fuerza que ni él mismo sabía que poseía y lo jaló hacia atrás, estampándolo contra el suelo de metal de la camioneta.
—¡Apártate de él! —rugió Ilia, con la voz temblando por la rabia, los ojos inyectados en una furia posesiva que hizo que sus pupilas se dilataran por completo.
René se quedó estupefacto en el suelo, frotándose la espalda, asustado por el repentino estallido del chico de las gafas. Nickolai se congeló en su lugar, con los ojos abiertos de par en par, completamente impactado por la escena.
Ilia no se detuvo ahí. Se giró hacia Nickolai y, sin importarle que Marcus los estuviera escuchando desde el frente o que René estuviera mirando, se sentó directamente sobre el regazo del Alfa dominante. Tomó a Nickolai por el cuello de la chaqueta de cuero con ambas manos, obligándolo a mirarlo fijamente a los ojos, liberando su aroma dulce directamente sobre el rostro del mayor para marcarlo de forma desesperada.
—Escúchame bien, Kovach —siseó Ilia, con la respiración entrecortada, las mejillas encendidas y las lágrimas de rabia contenidas detrás de sus gafas—. Sé que dijimos que no somos nada. Sé que no somos novios, ni tenemos un lazo oficial, ¡me importa una mierda lo que dicten las reglas! Pero tú eres mío. ¡Solo mío, Nikolai Kovach! Si ese maldito rubio o cualquier otro Omega vuelve a ponerte una mano encima, juro por mi vida que los voy a destrozar yo mismo antes de que los zombis lo hagan. ¡No te pertenece nadie más que yo!
Nickolai miró la figura de Ilia sobre su regazo, escuchando la declaración posesiva y salvaje de su Omega. Lejos de enojarse o asustarse, el corazón del Alfa dominante dio un vuelco violento. Una enorme sonrisa de orgullo primitivo y satisfacción biológica se dibujó lentamente en sus facciones. Sus manos grandes y firmes subieron de inmediato a la cintura de Ilia, apretándolo contra su cuerpo con una fuerza brutal, reclamando por fin su lugar.
—Entendido, mi Omega —susurró Nickolai con una voz tan ronca y profunda que hizo vibrar el pecho de Ilia, con sus ojos brillando con una devoción destructiva—. Soy tuyo. Todo tuyo.
Desde el suelo, René tragó saliva con dificultad, dándose cuenta de que acababa de despertar a un monstruo mucho más peligroso que los infectados de afuera. El territorio había sido marcado con sangre y feromonas, y ya no había vuelta atrás.
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Editado: 04.10.2026