No respondo llamadas antes de las ocho de la mañana.
Es una regla simple.
El día comienza cuando yo decido.
El teléfono vibra a las 7:42.
Lo dejo sonar.
Vuelve a vibrar.
Y otra vez.
Exhalo con paciencia y contesto.
—Si no es urgente, cuelga.
Escucho una risa conocida al otro lado.
—Buenos días para ti también.
Es J.
Miro el reloj.
—Son las 7:42.
—Exacto. Hora perfecta para café. Estoy abajo.
Me incorporo en la cama.
—No te invité.
—Nunca lo haces. Por eso me invito solo.
Cuelga antes de que responda.
Cinco minutos después escucho golpes firmes en la puerta. No insistentes. Solo seguros.
Abro.
J está apoyado en el marco con dos cafés en la mano y esa sonrisa despreocupada que parece inmune a cualquier tragedia.
—Tienes cara de haber dormido con ese tablero lleno de fotos otra vez —dice mientras entra—. ¿Soñaste con tu asesino?
Cierra la puerta detrás de él como si viviera aquí.
—No sueño con criminales.
—Entonces estás perdiendo ventaja.
Deja uno de los cafés sobre la mesa y mira hacia el tablero de evidencias en la pared. Fotografías, mapas, líneas marcadas con precisión milimétrica.
No se acerca demasiado.
No toca nada.
Solo observa desde cierta distancia.
—Entonces —dice inclinando la cabeza—, ¿qué hace este tipo? ¿Cuál es su truco?
—No tiene trucos.
Camino hacia el tablero.
—Ejecuta con precisión. Sin errores visibles. Sin impulsos.
J asiente lentamente.
—¿Cómo cirujano?
—Como alguien que practica.
No sé por qué uso esa palabra.
Practica.
J da un sorbo a su café.
—Vaya… suena disciplinado. Casi admirable.
Lo miro.
—No es admirable.
Se encoge de hombros.
—Digo admirable en el sentido técnico. Si hace algo, lo hace bien. Eso siempre es interesante.
Guarda silencio un momento.
Luego sonríe de lado.
—¿Te preocupa que sea más inteligente que tú?
No lo dice con malicia. Lo dice como si estuviera hablando de un partido pendiente.
—No compito con asesinos —respondo.
J camina hacia la ventana y mira la calle despertando.
—Todos competimos con algo, L. Algunos con personas. Otros con ideas.
Se gira hacia mí.
—Y tú no pareces de los que pierden fácil.
No respondo.
Porque no estoy seguro de si lo que quiero es ganar… o entender.
J deja el vaso vacío sobre la mesa.
—Ven. Necesitas salir un rato. Si sigues mirando ese tablero vas a empezar a hablarle.
No está equivocado.
Eso me irrita un poco.
Y esa pequeña irritación me dice que tiene razón.
J ya está en la puerta cuando mi teléfono vibra otra vez.
No es él.
Miro la pantalla.
Central.
Contesto sin decir nada.
La voz al otro lado no pierde tiempo.
—Tenemos otro.
Silencio.
—¿Dónde?
Me dan la dirección.
La conozco.
Barrio tranquilo. Casas bajas. Gente que barre la acera temprano.
Cuelgo.
J me observa desde el marco de la puerta.
No pregunta “qué pasó”.
Solo dice:
—¿Es él?
Asiento una sola vez.
No necesito decir más.
J toma su chaqueta del respaldo de la silla.
—Vamos.
Bajamos las escaleras sin hablar.
El aire de la mañana ya no se siente ligero.
Cuando llegamos, las patrullas están bloqueando la calle. Cinta amarilla. Vecinos susurrando.
La puerta de la casa está abierta.
Entro primero.
El olor me golpea antes de ver el cuerpo.
Hierro.
Orden.
Silencio.
Está en el centro de la sala.
Sin señales de lucha.
Sin caos.
Las manos colocadas con precisión antinatural sobre el pecho.
Como si alguien hubiera tomado el tiempo de acomodarlo.
Como si importara la estética.
Me agacho.
Reviso la herida.
Limpia.
Exacta.
Sin titubeos.
Escucho pasos detrás de mí.
J.
Se detiene a un metro.
No demasiado cerca.
—Mismo patrón —dice en voz baja.
No es una pregunta.
—Sí.
Miro alrededor.
Nada fuera de lugar.
Nada roto.
Nada forzado.
Solo control.
Demasiado control.
J exhala lentamente.
—Qué tipo tan meticuloso…
Lo miro.
Está observando la escena con una calma que podría confundirse con frialdad.
Pero no es eso.
Es… interés.
No morboso.
Analítico.
Sus ojos recorren la habitación como si estuviera aprendiendo algo.
Como si tomara nota.
—¿Qué ves? —le pregunto.
Sonríe levemente.
—A alguien que no pierde tiempo.
Se inclina un poco hacia adelante, pero no cruza la línea que marca el perímetro.
—Mira la simetría. No es rabia. No es impulso. Es intención.
Sabe leerlo.
Demasiado bien.
Me pongo de pie.
—Todos dejan algo.
—Claro —dice J—. Pero algunos dejan lo que quieren que encuentres.