El viento frío del desierto, que precede al amanecer, azotaba el rostro de Calena, pero ella no lo sentía. Estaba parada sobre la duna más alta, con el Corazón de Cayuyu flotando frente a ella, pulsando con una luz dorada y morada que parecía la única fuente de calor en la gélida oscuridad. Belfegor estaba a unos veinte metros de distancia, observándola con una paciencia que no le era natural, pero que Anubis había exigido.
Calena se concentró, sintiendo el flujo y reflujo de su poder, el cual había adoptado una cualidad dual: el fuego incandescente de la vida que se rebela y la sombra fría y destructiva de la entropía. Tenía que aprender a fusionarlos para la defensa. Cerró los ojos y al exhalar, una cúpula de energía se formó a su alrededor. No era fuego ni obsidiana, sino una mezcla etérea de ambos, un campo de fuerza de color violeta metálico, denso y vibrante. Era la primera vez que lograba sostener una defensa tan compleja.
—¡Mejor! —gritó Belfegor, su voz un eco plano en el silencio—. ¡Pero no es suficiente! Los Custodios no golpean, penetran. Su arma es la luz y la pureza. Tu defensa debe ser igual de absoluta.
Antes de que Calena pudiera responder, Belfegor chasqueó los dedos. De la arena, se levantaron tres entes, esta vez con una forma más definida. Eran sombras envueltas en gas verdoso, con ojos brillantes y garras alargadas. No tenían la ferocidad animal de la prueba anterior, sino una inteligencia depredadora.
—¡Mata esos parásitos! —ordenó Belfegor—. ¡No para sobrevivir, sino para proteger el Corazón! Siente que tu vida depende de la supervivencia de ese órgano, no de la tuya.
Los entes avanzaron en silencio, coordinados. El primer ente golpeó la cúpula de Calena y esta se agrietó con un sonido de cristal roto. El segundo la siguió y el tercer ente rodeó la defensa, buscando un punto débil.
Calena respiró profundamente y la furia regresó, pero esta vez no era ciega. Era enfocada. Canalizó la ira que sentía por la injusticia de Anubis y Belfegor y la proyectó hacia el ente que estaba rompiendo su escudo. El aire se condensó en su mano y una lanza de obsidiana con vetas incandescentes se materializó. La lanzó con una precisión milimétrica. El ente fue atravesado y se disolvió en gas y ceniza.
El segundo ente aprovechó la distracción para golpear el escudo, rompiéndolo por completo. La explosión de energía la lanzó hacia atrás, raspando su espalda en la arena. El tercer ente, el más astuto, se abalanzó sobre el Corazón de Cayuyu.
—¡No! —gritó Calena, levantándose con la rapidez de un rayo.
El miedo a fallarle a Anubis y a su propio destino la invadió. Su cuerpo se encendió en metal líquido. Las llamas naranjas y el metal fundido se fusionaron, y ella saltó, cubriendo el Corazón con su propio cuerpo. La energía del tercer ente chocó contra ella y en lugar de disolverse, fue absorbida por la armadura de metal incandescente que la cubría. El Corazón de Cayuyu se mantuvo seguro.
El segundo ente, en un acto de supervivencia, intentó huir. Calena, aún ardiendo, liberó la energía absorbida en una ola de choque que desintegró al ente antes de que pudiera moverse un metro.
Calena se puso de pie, su armadura metálica humeando. El Corazón de Cayuyu pulsaba tranquilamente.
—¡Felicidades, Princesa! —dijo Belfegor con una sonrisa macabra—. ¡Has dominado la defensa a base de la destrucción agresiva! No está mal para un primer intento.
De repente, una luz dorada y pura descendió del cielo, como si el sol hubiera caído. El aire se llenó de un perfume a lirios y azahar, un contraste nauseabundo con el olor a ceniza y ozono que Calena generaba. Era una luz tan intensa y cegadora que forzó a Belfegor a cubrirse el rostro con un brazo.
Calena sintió una presión abrumadora, no física, sino moral. Era la sensación de ser juzgada por una pureza superior.
—¡A cubierto! —gritó Belfegor.
Pero era tarde. La luz se concentró a unos metros de ellos, tomando forma. Era una figura alta, de apariencia andrógina, envuelta en una túnica blanca inmaculada que parecía brillar desde dentro. Tenía seis alas que se desplegaban lentamente, cada pluma de un blanco iridiscente. Su rostro era sereno, perfecto, pero sus ojos estaban cerrados, vendados con una tira de seda dorada. Era el mismo hombre que visitó a Chloe. Era un Custodio.
—Belfegor. —La voz del Custodio resonó sin necesidad de gritar. Era un tono de plata pura, melifluo, pero con un filo de acero. Su voz era la personificación de la Ley Inflexible.
—Así que ustedes son los Custodios —dijo Calena, el metal en sus brazos volviéndose más brillante.
El Custodio giró su cabeza vendada hacia ella.
—Tú eres Apocalipsis, la anomalía. El error que debía ser extirpado antes de florecer.
—Soy Calena. Y estoy justo donde debo estar —respondió ella, desafiante.
—Tu madre te dio ese nombre en su ignorancia. Pero tu verdad está escrita en las estrellas que tú misma apagarás. He venido a llevarte a la Cámara del Olvido, donde tu poder será puesto en estasis y tu alma purificada de la mácula de los Dioses Oscuros.
—¡Ni lo sueñes! —gritó Calena.
El Custodio ni siquiera se inmutó. Levantó una mano, y de la arena brotaron cadenas de oro puro. No eran físicas; eran cadenas de luz y obligación moral. Se abalanzaron sobre Calena, tratando de envolverla.
—Tu propósito es la destrucción. El mío es el orden. El orden prevalece —dijo el Custodio.
Calena se rodeó de su armadura metálica y se abalanzó sobre el Custodio. El metal chocó contra la luz, y la sensación fue como si su cuerpo se hubiera sumergido en agua helada. La pureza de la luz era corrosiva para su esencia oscura.
Belfegor, mientras tanto, se había refugiado detrás de una roca, sin atreverse a intervenir directamente.
—¡No intentes tocarlo! —gritó Belfegor—. ¡Su luz te borrará! ¡Usa la sombra!
Calena se retrajo, con su armadura de metal humeante y su piel sintiéndose entumecida. Entendió el error. La luz no podía ser combatida con fuego, solo con su opuesto total.