Apocalipsis "La Leyenda Del Fin"

Capítulo VIII "Duelo"

La luz verde enfermiza de la grieta parpadeó, distorsionando las siluetas de Calena y Belfegor mientras se precipitaban hacia la oscuridad. El viaje fue corto pero brutal, una caída libre a través de una realidad fragmentada donde el tiempo y el espacio parecían disolverse y recombinarse en un torbellino de colores imposibles y sonidos disonantes. Calena se aferró al Corazón de Cayuyu, que palpitaba con una fuerza protectora, fusionándose aún más con su armadura de metal y sombra. Sintió cómo la energía de la grieta intentaba arrancarle fragmentos de su ser, pero el Corazón la mantuvo íntegra, un ancla en el caos. Belfegor, a su lado, parecía imperturbable, su rostro pálido revelaba una familiaridad con el trayecto.

Con un impacto sordo, que sacudió cada fibra de su ser, ambos cayeron sobre una superficie dura y fría. Calena rodó un par de veces antes de detenerse, tosiendo y sintiendo un sabor metálico en la boca. Se levantó con dificultad, sus ojos aún adaptándose a la penumbra.

Estaban en un lugar que desafiaba toda lógica. Un vasto salón cavernoso se extendía hasta donde la vista alcanzaba, pero no había techo. En su lugar, miles de estrellas muertas y nebulosas goteantes colgaban en un firmamento negro y profundo, algunas con una luz roja moribunda, otras completamente oscuras. El suelo era de obsidiana pulida que reflejaba el tenue resplandor estelar, creando un efecto de infinito bajo sus pies. Enormes pilares de roca oscura, con runas arcanas grabadas, se alzaban como esqueletos de titanes, conectando el suelo con el vacío. El aire era pesado, cargado con el olor a azufre, metal oxidado y una humedad que se sentía antigua, primigenia. Este era el Tártaro.

A unos cien metros de ellos, en el centro de un altar circular de basalto negro, se alzaba una figura solitaria. Era el Guardián de la Puerta, el mismo ser que había proyectado su sombra en la Cámara Celestial de la Luz. Vestía una túnica de lino blanco y oro, pero deslucida, casi devorada por la penumbra del lugar. Sus ojos, completamente plateados, observaban a Calena con una intensidad que traspasaba su alma.

Calena sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una extraña familiaridad. Su corazón, o lo que quedaba de él, latía con un ritmo inusual.

—Así que lo has logrado —dijo el Guardián, su voz resonando en el vasto espacio como el eco de un millar de lamentos—. La Princesa del Fin ha llegado a la puerta del inicio.

Belfegor se acercó a Calena, su rostro era una máscara de cautela. —Maestro Guardián. Hemos traído a la Princesa Apocalipsis, tal como ella deseaba. Ha demostrado su valía al… eliminar a un Custodio de alto rango.

El Guardián ignoró a Belfegor por completo, manteniendo su mirada fija en Calena.

—No te llamaré Apocalipsis. Te llamaré Calena. Ese fue el nombre que tu madre te dio. Y en este lugar, los nombres tienen poder.

Calena dio un paso hacia él, sintiendo la extraña conexión. —Tú… ¿tú sabes de mi padre? ¿Está él aquí?

Una punzada de dolor cruzó el rostro imperturbable del Guardián. —Tu padre… su esencia fue consumida por el portal. Pero su voluntad… su voluntad se ancló a este lugar. Se convirtió en parte de su tejido. Él es… la puerta misma.

En ese instante, antes de que Calena pudiera procesar el significado de sus palabras, el suelo de obsidiana tembló con una fuerza abrumadora. Un resplandor cegador, de un dorado tan puro que hacía daño a los ojos acostumbrados a la penumbra del Tártaro, se manifestó en el centro del salón. La luz emanaba una energía de orden y rectitud que hacía chillar a la oscuridad circundante.

Belfegor gruñó con disgusto. —¡Imposible! Los Custodios no pueden entrar aquí tan fácilmente. ¡Este es el Tártaro!

De la luz emergió una figura. Era un hombre alto, con una armadura de placas de oro pálido y tela de lino blanco. Su rostro estaba cubierto por un yelmo sin facciones, pero de sus hombros nacían tres pares de alas blancas y resplandecientes, cada una con miles de ojos azules que se abrían y cerraban en un patrón hipnótico. En su mano derecha, sostenía una espada de luz que vibraba con una melodía celestial.

—Baal, el Peregrino —dijo el Guardián de la Puerta, su voz cargada de un reconocimiento sombrío—. Has logrado lo que pocos de tu estirpe.

Baal, el Custodio del Equilibrio, el Primero en ver a Calena en el día de su nacimiento, se materializó completamente. Su presencia era tan abrumadora que Calena sintió que sus rodillas querían doblarse. Era una fuerza de la naturaleza, un baluarte de la luz en el corazón de la oscuridad.

—He venido por la Princesa de la Oscuridad y por el Corazón de Cayuyu —dijo Baal, su voz era un trueno suave que resonaba en el abismo—. Su existencia es una aberración que desequilibrará el cosmos. Será contenida, o borrada.

Calena se puso delante de Belfegor, cubriendo el Corazón de Cayuyu con su cuerpo. —¿Por qué? ¿Por qué no pueden dejarme en paz? Solo quiero entender.

Baal extendió su mano, y las miles de luces en sus alas se enfocaron en Calena. —Tu comprensión no es relevante. Tu existencia es una amenaza. Desde el día de tu nacimiento, cuando el velo entre mundos se rompió, has sido un signo del fin. Eres la semilla del caos.

Calena sintió la presión, la intención de Baal de someterla era palpable. La pura luz de Baal era el antídoto directo a su esencia oscura. Sus poderes, que antes la hacían sentir invencible, ahora se sentían vulnerables. Trató de invocar el fuego, pero la luz de Baal parecía apagarlo antes de que se manifestara por completo. Intentó la sombra, pero la luz la corroía, dispersándola antes de que pudiera consolidarse. Era como intentar apagar un incendio con gasolina.

—No puedes luchar contra mí con tu esencia, niña —dijo Baal, sus palabras goteando con una fría autoridad—. Yo soy el equilibrio. Y tú eres el desequilibrio.

Baal alzó su espada de luz, y un rayo de energía pura se lanzó hacia Calena. Ella apenas tuvo tiempo de reaccionar. El Guardián de la Puerta, con una velocidad sorprendente, se interpuso, invocando un escudo de obsidiana que se formó de la nada. El rayo impactó el escudo, que se resquebrajó, pero desvió la mayor parte del ataque.




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