El regreso del Tártaro al desierto de Cayuyu fue tan violento como la entrada. Calena y Belfegor emergieron de una grieta de sombra y ceniza, cayendo sobre la arena caliente. Calena se puso de pie inmediatamente, ignorando el dolor. La pérdida de su padre, el Guardián de la Puerta, la había dejado con una cicatriz emocional, pero también con una resolución de acero forjado en las profundidades del inframundo. El Corazón de Cayuyu palpitaba en su pecho, fusionado ahora no solo con su poder, sino con el legado de su padre: el verdadero equilibrio.
Belfegor se sacudió el polvo de obsidiana, su rostro pálido revelaba una mezcla de cautela y una fascinación peligrosa. Sabía que la Princesa que había regresado no era la misma que había entrado.
—Regresamos a tiempo para el amanecer, Princesa. Anubis estará esperando… y estará muy complacido con tu éxito contra el Custodio Baal.
Calena se volteó hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de fuego y sombra.
—No. No le daremos el placer —dijo Calena, su voz resonando con una autoridad que no había tenido antes, la de una deidad forjada en la verdad—. La farsa termina aquí, Belfegor. Mi padre me reveló la verdad: no soy un arma para la destrucción, sino el ancla para el equilibrio. Y no seguiré la agenda de ningún dios.
Antes de que Belfegor pudiera siquiera responder, el aire se hizo denso y gélido. Anubis, el dios chacal, se materializó en el centro de la duna, sus ojos dorados fijos en ellos. Estaba de pie con una postura de juicio, su cetro ceremonial en mano, y no venía solo.
Junto a él apareció una figura de poder bruto y temible. Era un hombre musculoso, de piel bronceada y cicatrizada, vestido con una armadura espartana de cuero y bronce. Su yelmo, rematado con una cresta roja, cubría parcialmente un rostro de furia eterna, y sus ojos ardían con el fuego de la batalla. Llevaba una lanza en una mano y un escudo grabado con rostros aterrorizados en la otra. El suelo bajo sus pies parecía vibrar con la anticipación de la violencia.
—Veo que has regresado de tus desvaríos, Princesa —dijo Anubis, su voz era un látigo de frialdad—. Y veo que has deshonrado a tu linaje al dejar vivo al Custodio Baal. Pero tu éxito al menos ha enfurecido a la Luz. Es aceptable. Ahora, terminemos con tu lección.
Anubis señaló al guerrero. —Te presento a Ares, el Dios de la Guerra, en la forma que los mortales le conocen. Él es tu nueva lección. Deberás derrotarlo para demostrar tu valía en el campo de batalla. Solo después de que domines el arte de la guerra, podrás liderar la purga.
Ares sonrió, un gesto de desprecio que mostraba dientes afilados. Su voz era un rugido gutural.
—Una niña con aires de grandeza. ¿Debo ser suave, Anubis? Porque me temo que un golpe mío rompería su juguete.
Calena dio un paso al frente, sintiendo la rabia hervir en su interior, pero la controló con la disciplina que su padre le había legado.
—No haré esto —declaró Calena, mirando directamente a Anubis y Ares. Su voz era tranquila, pero estaba cargada de una autoridad innegable—. No voy a luchar contra nadie para probar nada. No soy su herramienta. Acabo de ver el verdadero propósito de mi existencia, y no es la guerra ni la destrucción ciegamente dictada por ustedes.
Anubis inclinó la cabeza, sus ojos dorados brillando con una mezcla de sorpresa y profunda desaprobación.
—¿Te atreves a desafiar la voluntad del Consejo, niña? ¿A deshonrar la sangre de las deidades del Tártaro que corre por tus venas?
—¡Deshonraría la memoria de mi padre si me convierto en la marioneta que ustedes quieren que sea! —gritó Calena, y la energía que emanaba de ella hizo que la arena a sus pies se levantara en un remolino violento—. Mi propósito es el equilibrio, el juicio justo, no el exterminio que ustedes desean para recuperar el control.
Ares soltó una carcajada ruidosa, su voz hacía eco en el desierto. —¡Qué tontería! ¡La guerra es el único equilibrio! ¡La destrucción es la única verdad! Si no vas a obedecer a Anubis, ¡entonces yo te obligaré!
Ares se abalanzó. Con una velocidad espeluznante, levantó su lanza y la arrojó hacia Calena, la punta brillando con una energía homicida.
Calena reaccionó por instinto. El Corazón de Cayuyu brilló intensamente en su pecho. Ella extendió sus manos y no invocó el fuego ni la sombra, sino una fusión perfecta de ambos: una cúpula de energía violeta oscura, densa y metálica, que se manifestó alrededor de ella. La lanza de Ares impactó el escudo con la fuerza de un meteorito. El desierto entero tembló, y una onda expansiva de calor y energía se extendió por kilómetros.
Belfegor, de pie a un lado, se mantuvo perfectamente quieto, con los brazos cruzados. Sus ojos grises simplemente observaban, sin el menor rastro de emoción o intención de intervenir. El Guardián de la Puerta había sembrado una semilla, y él era el observador de la cosecha.
La cúpula de Calena resistió, pero el impacto la obligó a retroceder varios metros.
—¡Miserable! —rugió Ares, recuperando su lanza con un movimiento sobrenatural. Esta vez, se lanzó contra ella con el escudo en alto, listo para diezmarla con el impacto físico.
Calena apretó los dientes. El desafío de su padre resonó en su mente: Encuentra el equilibrio. La destrucción de Ares era pura fuerza bruta. Ella tenía que usar la sutileza.
En lugar de golpear, Calena invocó la sombra. Pero no la sombra que destruye, sino la sombra que absorbe. Las puntas de sus dedos brillaron con un color añil profundo, y cuando Ares estuvo a punto de golpearla, Calena lo rodeó con una esfera de vacío. La esfera no lastimaba la armadura de Ares, pero absorbía la energía cinética del ataque. Ares sintió cómo su fuerza, su impulso, se desvanecía en la nada. Se detuvo en seco, confundido y enfurecido.
—¿Qué brujería es esta? —gritó Ares.
—Es el equilibrio —dijo Calena. Ella liberó la energía absorbida en forma de una explosión de luz dorada. La luz, el opuesto de la sombra, golpeó a Ares. El Dios de la Guerra se tambaleó, gimiendo de dolor, ya que la luz, en dosis puras, era corrosiva para su espíritu de batalla oscuro.