La Flama Plateada que envolvía a Calena se disipó lentamente, revelando la silueta de la joven en el centro del cráter. El desierto de Cayuyu, aún humeante por la confrontación con Morvak, parecía guardar silencio, un silencio que solo amplificaba la urgencia y el miedo que Calena sentía. Morvak había atacado su mayor debilidad, su amor por Chloe.
Calena se dirigió hacia el punto donde se había abierto la grieta del Tártaro. La indiferencia de Morvak hacia su victoria sobre Anubis y Ares, y su amenaza velada sobre Chloe, la habían llenado de una fría rabia. No había tiempo para procesar la revelación de Hades o la complejidad de su nueva forma. Solo había una prioridad: recuperar a su madre.
Con un grito de determinación, Calena invocó la energía de Cayuyu. Extendió su mano hacia la arena y, en lugar de abrir un portal hacia el Tártaro, abrió un camino hacia el mundo mortal. El esfuerzo fue monumental, pero la conexión con el Corazón de Cayuyu, ahora más fuerte que nunca, le permitió manipular el tejido de la realidad. Una grieta se abrió, revelando una luz familiar: la luz de su hogar.
Calena saltó a través del portal y aterrizó en el césped de su jardín delantero. La casa estaba idéntica, la paz superficial de la avenida contrastaba brutalmente con el caos que acababa de dejar. Corrió hacia la puerta principal, la abrió con una patada y se lanzó a la cocina, el corazón latiéndole desbocado.
La cocina estaba silenciosa. La mesa de desayuno seguía en su sitio, con el aire familiar de un hogar. Pero Chloe no estaba.
En su lugar, sentado en la silla de su madre, con una pose de absoluta calma, estaba Belfegor, tomando una taza de café caliente. Vestía su traje pálido inmaculado, y en la mesa, junto a su taza, estaba el pequeño pergamino que Chloe había encontrado y la flor de lirio marchita.
Calena se detuvo en seco, el metal fundido apareció en sus manos.
—¿Dónde está? —siseó Calena, su voz cargada de amenaza.
Belfegor le dedicó una sonrisa cansada. —Buenos días, Princesa. ¿Le apetece un poco? Es café etíope. Lo preparé yo mismo.
—¡Belfegor, te juro que si le has hecho algo, te convertiré en ceniza, lenta y dolorosamente! —gritó Calena, lanzándose hacia él.
Ella disparó una ráfaga de fuego plateado, pero Belfegor ni se inmutó. La ráfaga se detuvo a un milímetro de su rostro, desvaneciéndose en el aire como si hubiera golpeado un campo de fuerza invisible.
Belfegor tomó un sorbo de café y suspiró.
—Relájese, por favor. Si quisiera hacerle daño, lo habría hecho mientras dormía en Cayuyu. O cuando el Maestro Anubis estaba furioso. O cuando el Príncipe Morvak estaba ocupado borrando a sus fracasados tíos.
Calena detuvo su ataque, la furia aún latente, pero el cálculo en su mente la obligó a escuchar.
—¿Qué quieres? ¿Por qué estás aquí?
Belfegor dejó la taza sobre la mesa con un clic. Sus ojos grises, por primera vez, mostraron una sinceridad inquietante.
—La verdad, Princesa, es que estoy harto. Estoy harto de servir a dioses primarios con egos gigantescos y agendas arcaicas. He visto la podredumbre de la Luz y la tiranía de la Oscuridad. Y he visto lo que usted es. Usted es la anomalía que puede ganar. Yo no quiero destruir el mundo. Yo solo quiero sobrevivir al nuevo orden.
Se puso de pie, su figura pálida era extrañamente reconfortante en la tensa cocina.
—Estaré de su lado, Calena. No porque crea en el amor de su madre, sino porque creo en su poder. Y usted tiene que creer en mi información.
Belfegor se acercó al pergamino y a la flor de lirio. —Su madre fue llevada al único lugar seguro en el que el Consejo de la Oscuridad podría retenerla y usarla como palanca. Una de las Nueve Puertas del Inframundo, aquí, en Cayuyu. La Puerta de Babilonia.
Calena se tambaleó. —¿Cayuyu? ¿La regresaron al desierto?
—Sí. La usaron como cebo para que usted volviera y no siguiera el camino de su padre. Y no están solos. Morvak y el Consejo de la Oscuridad han invocado a un ser de poder aterrador: Abaddon, el Destructor, un Príncipe del Tártaro, cuya única función es la aniquilación total. Él es la versión oscura del Ángel de la Muerte.
La noticia le golpeó con la fuerza de un rayo. Pero Belfegor no había terminado.
—Y hay más. El Consejo de la Luz ha detectado su nueva transformación, la Flama Plateada. Han catalogado su poder como la "Mácula del Equilibrio Irrevocable", la mayor amenaza a su orden. Y han enviado a sus mejores guerreros.
Belfegor caminó hacia la ventana, sus ojos fijos en un punto lejano. —Han enviado a la Ángel Eloa, el Flagelo de la Herejía, cuya luz no purifica, sino que extirpa. Y lo que es peor, han enviado a un Arcángel: Uriel, el Fuego de Dios, el Juez de los Sellos. Su única misión es exterminarla a usted y, de paso, a todos los dioses oscuros presentes. Ambos se dirigirán a Cayuyu, al igual que los nuestros.
Calena sintió que el aire le faltaba. Seis seres de poder cósmico, entre dioses, príncipes demoníacos y arcángeles, convergiendo en un mismo punto, con su madre como rehén.
—¿Y tú quieres ir allí? —preguntó Calena con escepticismo.
—Yo tengo un motivo simple, Princesa: sobrevivir. Y la única manera de sobrevivir a una guerra total es estando al lado del que tiene más posibilidades de ganar. Y ese es usted.
Belfegor alzó la taza de café. —El tiempo se agota. La Puerta de Babilonia no solo es un portal; es una prisión que drena la esencia vital de los mortales. Si no nos apuramos, no quedará nada de su madre. Y recuerde, Calena, usted no puede ganar esta guerra sola. Necesita mi conocimiento.
Calena miró a Belfegor. Su traición a Hades era tan clara como el día, pero su disposición a enfrentarse a un Arcángel y a Morvak por ella era el tipo de pragmatismo retorcido en el que podía confiar. Su padre quería el equilibrio; para conseguirlo, tendría que hacer alianzas impías.
—Muy bien, Belfegor —dijo Calena, el fuego plateado regresando a sus manos. El miedo por Chloe se había convertido en una determinación inquebrantable—. Llévame de vuelta a Cayuyu. Y no me falles. Porque si lo haces, ni siquiera Morvak podrá salvarte.