La meseta de Cayuyu era un infierno de fuerzas cósmicas en colisión. El sacrificio de Belfegor y la aniquilación de Abaddon habían otorgado a Calena una victoria momentánea, pero ahora se encontraba sola, agotada y enfrentando a la trinidad de la catástrofe: Morvak, el Eco del Inframundo, y los ángeles de la Luz, Eloa y Uriel.
La furia de Calena, convertida en un combustible plateado, la mantenía en pie. Ella miró el rostro imperturbable de Morvak, la severidad implacable de Eloa, y el fuego devastador del Arcángel Uriel. Su mirada, sin embargo, se desvió por un instante hacia la esfera de sombra donde flotaba Chloe, su madre, cada vez más pálida, un recordatorio constante de lo que estaba en juego.
—¡Terminaremos esto ahora! —gritó Calena.
Morvak, con su voz lúgubre, fue el primero en atacar. Levantó las manos y el Aura del Silencio se manifestó no como una parálisis, sino como una jaula de quietud alrededor de Calena. Esta vez, el ataque de Morvak no buscaba detenerla, sino aislarla de las leyes físicas, atrapándola en un punto de no-existencia.
Calena sabía que si entraba en la quietud de Morvak, su voluntad sería borrada. Su respuesta fue la de la desesperación absoluta. Ella no luchó contra la quietud; la incorporó. La Flama Plateada que la rodeaba absorbió la fuerza de la quietud, y en lugar de ser detenida, Calena se impulsó con la fuerza de la entropía. Su velocidad se volvió incomprensible, un destello que se movía entre los instantes.
Calena se dirigió primero a Morvak. El hijo de Hades, el ejecutor de la voluntad del Tártaro, fue sorprendido por la nueva táctica. Calena, imbuida de la energía de Cayuyu y la Flama del Equilibrio, se convirtió en la antítesis del Eco.
—¡El equilibrio no se somete al silencio! —gritó Calena.
Ella desató una ráfaga de fuego plateado concentrado que impactó directamente en el pecho de Morvak. El ataque no solo quemó, sino que neutralizó su esencia. Morvak gimió, un sonido que era un susurro de dolor. El príncipe del Tártaro se dobló sobre sí mismo, la calma abandonando su rostro por un instante de agonía pura. Su túnica se desgarró, y una luz gris, su propia esencia, se filtró por las heridas. Morvak cayó de rodillas, magullado y temporalmente incapacitado.
La victoria sobre Morvak fue costosa, y la Luz aprovechó el instante. Eloa, el Ángel del Flagelo, se lanzó contra Calena, con un grito de juicio.
—¡Herejía! ¡Tu abominación será extirpada!
El látigo de luz de Eloa impactó el cuerpo de Calena. A diferencia del fuego de Uriel o la sombra de Abaddon, la luz de Eloa no causaba daño físico, sino que atacaba la esencia. Calena sintió cómo su fuerza, la fusión del metal, el fuego y la sombra, era drenada, extirpada de su ser. Su Flama Plateada parpadeó violentamente.
Calena se mordió la lengua, canalizando el dolor en pura furia. Ella no podía permitirse ser drenada. Levantó su mano y, en lugar de un ataque energético, invocó la materia sólida. Una lanza de obsidiana y cromo, forjada en la oscuridad de su origen y la resistencia de la tierra, se manifestó.
Calena, ignorando el dolor del drenaje, lanzó la lanza con toda la fuerza que le quedaba. El proyectil era demasiado rápido y sólido para que Eloa pudiera esquivarlo. La lanza impactó a la Ángel en el costado. El sonido fue un crack seco y terrible. La armadura de plata de Eloa se abolló y resquebrajó.
Eloa gritó, una nota aguda de sufrimiento que rompió la serenidad de su rostro. Cayó hacia atrás, sus alas blancas manchadas con una luz líquida, una especie de sangre celestial. La Ángel del Flagelo estaba malherida, fuera de combate por el momento.
Calena estaba de pie, sola en el centro del cráter. Su Flama Plateada era débil, y su cuerpo entero gritaba por el agotamiento. Había logrado lo imposible: incapacitar a dos de los seres más poderosos de ambos bandos.
Ahora, solo quedaba Uriel.
El Arcángel Uriel observó la caída de Eloa y la aniquilación de Morvak. Su rostro, enmarcado por el fuego estelar, pasó de la furia al reconocimiento de una amenaza existencial. La Flama Plateada no era un enemigo común.
Uriel alzó la Espada de la Llama. El aire se hizo incandescente, la temperatura se elevó a niveles mortales.
—Princesa Apocalipsis —dijo Uriel, su voz era el estruendo de un volcán—. Tu poder es real. Pero mi misión es la ley. Yo soy el Fuego de Dios. Y tú, eres la aniquilación.
Calena levantó sus manos, preparándose para el choque final. El poder de Uriel era superior al suyo, y ella lo sabía. Pero no cedería. Por Chloe, por su padre, por el equilibrio que representaba.
Justo cuando Uriel iba a lanzar el ataque final, una sombra colosal cubrió la meseta. La presión gravitacional regresó, cien veces más fuerte que antes, obligando a Calena a doblar sus rodillas por el esfuerzo.
Hades, el Rey del Tártaro, se materializó en el aire, justo entre Calena y Uriel. Su armadura de bronce negro era más brillante, su aura más opresiva, y sus ojos brillaban con un fuego que no era de guerra, sino de ira absoluta.
Hades no habló. Con un movimiento increíblemente rápido, se abalanzó sobre Calena. La tomó por el cuello con una mano enguantada en metal y la levantó en el aire, estrangulándola sin esfuerzo.
—¿A cuántos, hija? —preguntó Hades, su voz retumbando como un terremoto, su rostro a centímetros del de Calena—. ¿A cuántos seres divinos piensas eliminar para poder seguir jugando a ser mortal? ¡Tu destino es aniquilar a la humanidad! ¡No al Consejo Oscuro! ¡Y mucho menos al Consejo de Luz!
Calena se asfixiaba, su Flama Plateada crepitaba desesperadamente para liberarse, pero el agarre de Hades era el del universo mismo. Con un gruñido, Hades arrojó a Calena por los aires. Ella se estrelló contra la Puerta de Babilonia con una fuerza brutal. La burbuja de sombra que contenía a Chloe se desestabilizó por un instante.
Uriel observó la escena. Su deber era eliminar a Calena, pero la amenaza de Hades era la primordial. El Arcángel, en un gesto impensable, bajó la Espada de la Llama.