La arena de Cayuyu, teñida con las cenizas de ángeles y dioses, se había convertido en el escenario del juicio final. Calena yacía de rodillas, la sombra de Hades envolviéndola. El dolor físico de la batalla era insignificante comparado con el vacío abismal que la consumía: la pérdida de la memoria de su madre. Chloe, ajena a la masacre y a la hija que acababa de salvarla, miraba el cielo, sin reconocer a la figura rota a sus pies.
Hades, el Rey del Tártaro, se cernía sobre Calena. Él no lanzó un ataque de energía. En su lugar, desató una andanada de violencia física, una lección de sometimiento.
Hades la pateó en el costado con la fuerza de un ariete. Calena se encogió, pero no gritó, ni se defendió. Él la levantó por el cabello y la estrelló contra el suelo. Una y otra vez, la golpeó con puñetazos que resonaban en la meseta, cada golpe destinado a destrozar no solo su cuerpo, sino el último vestigio de su voluntad.
—Levántate, Apocalipsis —rugió Hades, su voz era un trueno cargado de desprecio—. ¡Levántate y pelea! ¿O vas a rendirte a la primera adversidad humana? ¿Es esto por lo que desafiaste a la Oscuridad y a la Luz?
Calena tosía sangre, su cuerpo magullado, pero su mirada estaba perdida.
—No importa qué... —dijo Hades, golpeándola con el reverso de su mano, haciéndola volar unos metros—. No importa qué ilusiones te construyas, no importa qué treguas hagas con el enemigo, no importa qué amor te muestre un simple mortal... ¡Harás lo que estás destinada a hacer!
Hades caminó hacia ella, sus botas de metal resonando sobre la piedra destrozada.
—Tu propósito es la Aniquilación. Eres el fin, el borrado de la raza humana. Es la Ley Cósmica, Calena. Los humanos son la podredumbre, el desequilibrio que amenaza con corromper la esencia de la creación. Y tú eres el bisturí que los va a extirpar. ¡Obedece tu destino!
Hades se detuvo sobre ella, su figura colosal bloqueando el sol. —Ahora, levántate. Y si vas a morir, que sea por mi mano, no por tu patética pena.
Calena seguía en el suelo, pero las palabras de Hades resonaron en ella. No importa qué...
El rostro de Chloe, mirándola sin reconocerla, se superpuso con el rostro de su padre, César, el Guardián, sonriéndole y dándole la verdad. El rostro de su madre, en los recuerdos que solo ella poseía, mostrándole un amor incondicional que forjó su alma. Su padre la había liberado. Su madre la había amado. Eso era una verdad que el Rey del Tártaro no podía borrar.
No importa qué el destino haya escrito... No importa qué Hades haya hecho...
Un gemido de dolor y rabia escapó de sus labios. Era un sonido sordo, primario. El vacío que sentía comenzó a llenarse, no de desesperación, sino de una nueva resolución forjada en el dolor.
Calena levantó su cabeza, sus ojos brillando con una luz renovada, una mezcla de fuego plateado y una lágrima solitaria.
—Tienes razón, Hades —dijo Calena, su voz era un susurro que creció hasta convertirse en un rugido—. No importa qué. No importa que me hayas quitado su memoria, no importa que hayas matado a mis aliados, no importa que yo sea el Apocalipsis... ¡No haré lo que quieres!
Ella se levantó, su cuerpo temblaba, pero su voluntad era inquebrantable. El Corazón de Cayuyu, que había estado casi apagado, se encendió con una furia cegadora.
—¡No importa qué! —gritó Calena, y la Flama Plateada regresó, más intensa, más caótica—. Yo defenderé a mi madre. ¡Y defenderé a la humanidad! No porque sean perfectos, sino porque yo fui una de ellos. ¡Y yo elijo mi propio destino!
Hades la miró con una mezcla de furia y una extraña fascinación. —¡Tontería final! ¡Morirás por esa ilusión!
La batalla final comenzó. Calena, imbuida con la Flama del Equilibrio y la furia del Tártaro, se lanzó contra Hades. Ya no luchaba por ganar, sino por sobrevivir y proteger el último vestigio de su pasado.
Calena disparó una ráfaga de fuego plateado concentrado que impactó el pecho de Hades. El Rey del Tártaro se tambaleó. El ataque, cargado de la voluntad de Calena, rompió la invulnerabilidad de Hades.
Hades rugió, su rostro contraído por el dolor y la rabia.
—¡Miserable! ¡Eres una maldita!
Hades invocó la energía del vacío, creando dos espadas de sombra pura que vibraban con la promesa de la aniquilación. Él se lanzó sobre Calena, sus espadas cortando el aire en patrones letales.
Calena se defendió con el metal líquido de su esencia, creando escudos que se fundían al contacto con la sombra de Hades, y lanzas que se disparaban desde sus manos. La batalla era un torbellino de oscuridad primordial y fuego plateado caótico. Cada golpe de Hades resonaba en el cuerpo de Calena, pero ella respondía con una ferocidad recién descubierta.
Hades logró acorralarla. Él la levantó por la cintura y la estrelló contra el suelo una docena de veces, intentando quebrar su columna. Calena, sin rendirse, canalizó el metal en una serie de púas que salieron del suelo, obligando a Hades a soltarla.
—¡Tu poder es una mentira! —gritó Calena, levantándose—. ¡Es solo opresión!
Ella liberó toda su energía en un solo golpe: un puño envuelto en la Flama Plateada que impactó a Hades en el rostro. El impacto fue tan fuerte que el yelmo del Rey del Tártaro se rompió y salió volando. Hades se tambaleó, su rostro revelado: un semblante de furia antigua, pero ahora manchado con su propia sangre oscura.
Hades comprendió que no podía ganar esta batalla con la voluntad de Calena encendida. No podía someterla físicamente. El riesgo de que ella desatara el verdadero poder del Apocalipsis sobre él era demasiado grande.
Hades recuperó sus espadas y miró a Calena, su respiración agitada.
—Este no es el final, Apocalipsis —dijo Hades, su voz era una promesa de muerte—. Te dejaré con tu premio. Pero el destino se cumplirá. Siempre.
Hades desapareció en una explosión de sombra, dejando a Calena de pie, temblando por el esfuerzo, pero triunfante en la batalla, aunque no en la guerra.