El universo es vasto, frío e indiferente al dolor de un solo planeta. Después de la explosión de Cayuyu, dónde el planeta y el sistema solar colapsaron en un instante de aniquilación cósmica, solo quedó una nube de polvo estelar incandescente y la quietud absoluta.
En medio de ese vacío infinito, flotaba Calena. No era materia, sino pura consciencia, una sombra envuelta en el tenue y fantasmal resplandor de la Flama Plateada. La aniquilación había sido total, el último acto de su voluntad rota. Estaba en la nada, pero la nada no era un alivio; era solo la extensión de su pena. El dolor por la pérdida de Chloe, el sacrificio de su padre, la traición de Belfegor… todo era un eco silenciado en el vacío.
De repente, la propia nada pareció arrugarse.
Un destello de color que no pertenecía al espectro conocido apareció en la negrura. Se expandió y se solidificó en una figura. Era un ser de inmensa belleza y poder incomprensible. No tenía alas como los ángeles, ni la sombra opresiva de los dioses del Tártaro. Su piel era una nebulosa de colores cambiantes, y sus ojos eran dos galaxias giratorias. Su presencia no era de juicio o de destrucción, sino de una sabiduría antigua y un poder que trascendía las nociones de Luz y Oscuridad.
El ser se acercó a Calena. Su voz no era un sonido, sino un pensamiento que resonó directamente en la consciencia de Calena, cálido como un sol recién nacido.
—La voluntad de un ser libre es la fuerza más peligrosa del universo, Calena —dijo la voz—. Te lo advirtieron, y tú lo demostraste.
Calena intentó hablar, intentó gritar, pero no tenía voz ni cuerpo. Solo la consciencia de su fracaso y su terrible éxito.
—¿Quién eres? —logró proyectar Calena en el silencio.
—Soy lo que queda cuando las Leyes son quebrantadas —respondió la figura. Una sonrisa, que abarcaba la comprensión de billones de años, se dibujó en su rostro nebuloso—. Me llaman de muchas maneras: El Creador, El Vigilante, El Origen. Y he venido porque tu acto final ha desequilibrado la propia tela de la realidad.
La figura extendió una mano, y Calena sintió cómo la consciencia de su madre se acercaba, un fantasma de amor en el éter.
—Tu destino, el que Hades te impuso, era la aniquilación selectiva. Tu elección fue la aniquilación total. Destruiste un universo que contiene billones de otras historias. Un final inaceptable.
Una chispa de esperanza, frágil como el cristal, se encendió en el ser de Calena.
—¿Puedes... puedes devolverlo? ¿Puedes... salvarla?
La figura asintió lentamente, las galaxias en sus ojos girando.
—Sí, Calena. Tengo el poder de revertir el tiempo, de reescribir la secuencia de eventos, de devolver la vida al polvo y la memoria a tu madre. De volver todo cómo estaba antes de que pusieras un pie en Cayuyu.
Calena sintió una oleada de alivio, la primera sensación agradable desde hacía horas.
—¡Lo haré! ¡Dime qué tengo que hacer!
La figura se inclinó hacia ella, su aura de nebulosa se hizo más brillante. Su voz se volvió grave, la promesa de una atadura eterna.
—La condición es simple, Princesa del Tártaro. Pero por ahora, no es para tus oídos, ni para tu alma. Solo debes saber que, para restaurar el universo, deberás aceptar un nuevo rol. Un rol que te atará a mí de formas que ni el Consejo de la Luz ni el Consejo de la Oscuridad jamás concibieron. Un rol que garantizará el verdadero equilibrio, pero a un costo que podrías considerar peor que la aniquilación.
La figura sonrió, y Calena supo que, a pesar de su poder, el camino que se abría era más complejo y doloroso que la batalla final.
—¿Aceptas el nuevo pacto, Calena? ¿El precio de restaurar tu mundo y a tu madre?
La consciencia de Calena se estabilizó. Ella miró el vacío, el eco de su fracaso.
—Sí —proyectó Calena. No importaba el costo, no importaba qué dolor la esperara.
La figura asintió. Un brillo cegador consumió el espacio, y Calena fue arrastrada hacia el vórtice del tiempo, hacia una nueva existencia, una nueva oportunidad, y una atadura desconocida.
El escenario cambió abruptamente. La visión del espacio infinito se reemplazó por la oscuridad cavernosa y densa del Tártaro, la verdadera dimensión del Inframundo.
Morvak, el Eco del Final, se encontraba de pie, de cara a una gigantesca ventana de cristal de obsidiana que miraba hacia un abismo de fuego y almas. Estaba restaurado, sin rastro de la Flama Plateada de Calena. Junto a él, de espaldas a la ventana, estaba una figura que se arrastraba.
Era Belfegor. Seguía vivo. Pero su estado era grotesco. Su cuerpo estaba quemado y deformado, cubierto de cicatrices. Su traje pálido era ahora una masa harapienta y carbonizada. Solo la sonrisa viciosa en su rostro desfigurado permanecía intacta.
—Una lástima que su final fuera tan... efervescente, Príncipe Morvak —dijo Belfegor, su voz rasposa, pero llena de un placer perverso—. Pero al menos mi parte del trato se cumplió. El último lazo fue cortado. Su madre la reconoció, y eso le dio el poder para hacerlo. El Apocalipsis. Lo logramos.
Morvak se volteó, su rostro, aunque inexpresivo, estaba cruzado por una sombra de profunda molestia.
—No te regocijes, Belfegor —dijo Morvak, su voz lúgubre, como el repique de una campana de plomo—. Tú solo eres una herramienta. Una herramienta que ahora debe ser reciclada.
Una nueva figura, imponente y restaurada, entró en la cámara: Hades. El Rey del Tártaro no vestía armadura, sino una túnica negra de seda. En sus manos, giraba una esfera de energía que contenía la imagen en miniatura de la situación.
Hades miró la esfera, y luego a Belfegor, con un desprecio que congelaría el aliento.
—El farsante cumplió su parte —dijo Hades, su voz era un tono bajo, sin emoción—. La ilusión del "Creador" fue convincente. Nuestro actor secundario de la Galaxia El Supremo se ganó su libertad con una interpretación digna.