Aprendí a No Gritar

Capítulo 1 "Cuando El Mal se Desata"

Mi nombre no es lo más importante en esta historia. Lo usarán únicamente para reconocerme cuando aparezca en las noticias o en el periódico semanal de tu barrio o tu localidad.

Él, en cambio… siempre será mucho más importante que yo.

A veces siento que ese hombre me robó la vida.

No porque me la quitara o me asesinara —para mi mala suerte sigo viva, y él también… a su manera—, sino porque desde el momento en que lo conocí empecé a vivir por él.

Empecé a respirar por él.

Quedamos unidos para siempre porque ambos jugamos su juego. Un juego cruel, oscuro… uno que, hasta el día de hoy, sigo jugando en su honor.

Pero no nos adelantemos.

Tengo la oportunidad de escribir estas páginas y no pienso desperdiciarlas. No tengo mucho tiempo. Para ser honesta, tengo los días contados. Así que esta es probablemente la mejor forma que tengo para que me conozcan: leyendo lo que sale de mi puño y letra.

Mi nombre es Celeste.

Un nombre bonito, ¿no creen?

Evoca uno de los colores más dominantes del mundo: el azul celeste. El color del mar cuando lo miras desde lo alto y lo suficientemente lejos, o el del cielo en un día despejado sobre mi ciudad.

Mi apellido es irrelevante.

Puedes imaginar el que quieras: Martínez, Hernández, Soto… el que mejor suene para ti.

Aunque, siendo sincera, tarde o temprano lo descubrirás. Cuando enciendas el televisor y aparezca en los titulares de noticias de Caracol, RCN o CityTV.

Su nombre es…

Bueno.

La verdad es que me hice una promesa: nunca decirlo, nunca pronunciar las horribles letras de su nombre. Evitando decir su nombre es la mejor manera que encuentro para eliminar que existió… o que existe.

Eso no me queda lo suficientemente claro.

A decir verdad, esa fue una llamada extraña; pero ya entenderán de qué estoy hablando. Por ahora, tendremos que inventarle un nombre. El que prefieras, querido lector. Yo lo llamaré Óscar, como el protagonista de Pecezuelos. Amaba esa serie cuando era niña, y fue lo primero que se me ocurrió mientras escribo esto.

Ahora sí.

Te contaré el día en que mi vida cambió para siempre.

El día en que comenzó mi camino hacia la co-destrucción.

Un camino sin retorno.

…

Iba tarde a clase. Muy tarde.

Apretaba los dedos alrededor de una de las barandas del SITP, con las piernas muy abiertas. Tratando de mantener el equilibrio mientras el bus avanzaba entre el tráfico eterno de Bogotá. El sonido metálico de la máquina que valida la tarjeta y el pasaje antes de abordar seguía repitiendo el mismo mensaje robótico cada vez que alguien entraba al vehículo azul:

—Gracias.

Busqué con la mirada un asiento rojo libre, pero todos estaban ocupados. No era raro; los trayectos largos y los trancones interminables eran parte de la rutina de la ciudad, así que estuve todo el camino de pie.

Cuando el bus se acercó a mi parada, me preparé para bajar.

Ese era mi recorrido de todos los días: bajarme, cruzar la calle y esquivar con cuidado el caño abierto que recorría toda la cuadra hasta lo que llamaban “la conejera” en frente de los paraderos del Sistema Integrado de Transporte Público. En los tres años que llevaba estudiando en esa universidad, nadie había caído allí, en ese horrible caño… milagrosamente.

Aunque siempre pensé que, tarde o temprano, alguien lo haría.

Y vaya que no me equivoqué.

Sobre todo considerando la cantidad de estudiantes borrachos que salían de “El Cónsul”. Un bar horriblemente pequeño, pero increíblemente popular entre los alumnos de mi universidad.

Estaba esperando que pasaran los carros para cruzar cuando la vi, la mujer que inició ese horrible camino para mí. Aunque debo confesar que no fue su culpa del todo. Era una señora no muy mayor, con el cabello lleno de trenzas de un color anaranjado extraño. Se inclinaba peligrosamente sobre el caño, como si estuviera buscando algo entre el agua sucia que corría lentamente por el canal.

Fruncí el ceño.

¿Qué podría habérsele caído ahí?

Nunca lo supe.

Unos minutos después… lo vi a él.

Era demasiado alto. Delgado. Debía medir alrededor de un metro ochenta. Tenía la espalda ancha, elegante, y caminaba con una tranquilidad casi inquietante. Cuando levantó el rostro justo debajo donde el sol cubría el camino con esa luz amarilla que aparecía en la tarde; sentí que el aire abandonaba mis pulmones cuando ambos nos miramos.

Sus facciones eran delicadas, pero masculinas, tenía el cabello increíblemente negro y un tanto largo peinado perfectamente hacia atrás. Me resultó inquietante porque no muchos de los hombres que conocían cuidaban su cabellera de la manera que imagino y él lo hacía para lograr ese efecto tan pulcro.

Sus labios eran… absurdamente perfectos.

Llevaba una chaqueta negra que parecía de cuero y unos vaqueros ajustados color gris pardo. Las manos descansaban dentro de sus bolsillos mientras atravesaba una zona llena de árboles y arbustos que en mi universidad llamábamos “la jungla”.

Una cuadra que casi nadie cruzaba por el miedo constante a los atracos que se habían incrementado desde que había iniciado el semestre. Incluso habían contratado a un guardia de seguridad para vigilar el paso de los estudiantes, reconocibles por la ropa formal que exigía la institución o por sus uniformes de prácticas con el logo de la universidad.

Crucé la calle rápidamente.

El chico pasó a mi lado.

Y entonces lo sentí.

Primero fue una sensación de peligro, un escalofrío repentino. Luego llegó el perfume: intenso, masculino, imposible de ignorar.

El rico aroma amaderado borró la primera alarma que había sentido.

Cerré los ojos un segundo y cuando los abrí, me giré para mirarlo de nuevo. Algo en él me obligaba a hacerlo. Como si desprendiera de él un magnetismo imposible de pasar por alto para mí. Y eso no solo pasaba por el innegable atractivo que nunca voy a negar que tenía.




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