No entré a clase.
Estaba demasiado ocupada intentando borrar la última media hora de mi vida. Como si mi mente fuera alguna especie de computadora evolutiva capaz de eliminar archivos con solo presionar la tecla de “borrar” y luego vaciar la papelera para eliminar todo rastro de la información registrada en ella.
Pero la memoria humana no funciona de esa manera.
Estaba sentada en una pequeña estructura de madera para niños ubicada en la parte más alta del parque de la universidad. En las instalaciones de la que había sido un colegio infantil, antes de que mi universidad la comprara y la adaptara como una segunda sede de su organización.
Ese era mi escondite favorito cuando quería desaparecer del mundo.
Desde allí nadie podía verme, ya que sería demasiado raro encontrar una adulta universitaria en un parque de niños.
Pero yo tampoco quería ver a nadie.
No podía dejar de pensar en la señora.
¿Tendría familia? ¿Era joven… o ya muy mayor?
No pude detallar demasiado su cara desde el lugar en el que estaba.
¿Cuánto dolor habrá sentido antes de morir?
Mi estómago se retorcía cada vez que recordaba el sonido imaginario de su cabeza golpeando el cemento. No estaba lo suficientemente cerca para escucharlo en realidad, pero mi cerebro era demasiado creativo a la hora de imaginarlo.
Luego de un rato, como si el universo hubiera decidido responder a mis preguntas, la horrible bocina de una patrulla de policía rompió el silencio del campus.
Me asomé desde la estructura en la que me encontraba y efectivamente un auto de policía pasó a toda velocidad en frente de la universidad.
Mi mente se llenó de preguntas nuevas.
¿Irían por ella?
¿Habrán encontrado su cuerpo más abajo, todavía arrastrado por la corriente?
Mi cerebro no dejaba de repetir la escena una y otra vez. Como una película horrible que se reproducía cada dos minutos en mi cabeza.
Sentía ganas de hacerme un ovillo y desaparecer junto con la culpa que me aplastaba el pecho.
Tal vez pude haberla ayudado.
Tal vez si hubiera llamado a la policía…
Negué con la cabeza.
No.
La caída había sido demasiado brutal y probablemente ella murió con el primer impacto y la mala posición en la que estaba al ser empujada.
Aun así, las preguntas seguían llegando.
¿Me harán preguntas si descubren que yo lo vi todo? ¿Podría describir el rostro de ese joven? ¿Podría ayudar en la creación de uno de esos retratos hablados que muestran en los programas de investigación como Séptimo Día si doy una buena descripción de su cara?
Mi mente corría a toda velocidad.
Para cuando me di cuenta, ya me había terminado toda el agua de mi botella cristal. La bebí en cuestión de segundos. Como si hidratarme pudiera calmar el caos dentro de mi cabeza.
No funcionó.
Bajé de mi escondite y caminé hacia los baños con la intención de llenar nuevamente mi botella. Aunque fuera con agua del grifo y no el “Agua Cristal” de botellón que estaba acostumbrada a tomar para cuidarme de la gastritis y de la Helicobacter.
Fue entonces cuando los vi.
María y Juan Pablo.
Mari, una de mis mejores amigas en la universidad. Caminaba tomada de la mano de su novio Pablo, con quien llevaba casi dos años de relación.
Un antes amigo de ambas con el que yo tenía una muy buena relación. Siempre me llamaba cuando discutía con Mari para pedirme consejos amorosos.
Irónico, considerando que en ese momento yo estaba completamente soltera y tenía muy poca experiencia en el ámbito amoroso.
Aunque, si soy sincera en ese tema. Durante meses había tenido un pequeño enamoramiento con Leo, el mejor amigo de Pablo.
Lamentablemente, nunca había pasado de un coqueteo sin sentido que nunca terminó en algo significativo como me hubiera gustado.
Porque sí.
Aunque ahora que escribo esto el tema amoroso me resulta completamente irrelevante y sin sentido por la situación actual en la que se reduce mi vida.
Yo también había sido una chica que habría querido encontrar el amor algún día.
Antes de que todo eso cambiara dramáticamente y ya nada de eso me interesara.
Llegué hasta ellos intentando parecer normal. Pero apenas María clavó sus ojos marrones en los míos supo que algo estaba mal.
Ella siempre había sido demasiado observadora y también me conocía demasiado bien.
—¿No deberías estar en clase? —preguntó levantando una ceja con diversión—. Fue raro no verte hoy. Tú siempre eres la puntualidad hecha persona. ¿Acabas de llegar?
Mi mente intentó encontrar una respuesta, pero no lo logró. Antes de que pudiera hablar de igual manera, otra voz se unió a la conversación.
—¡Chicas!
Isabel llegó corriendo hacia donde estábamos, en frente de la máquina expendedora a un lado de los salones de clase. Nos saludó con un beso y luego miró a Pablo con esa expresión burlona que siempre le dedicaba. Ya que el muchacho de sonrisa casi siempre engreída no le caía muy bien que digamos. Decía que era un tipo bastante ególatra y que controlaba demasiado a María.
—Cancelaron la clase del profesor Camilo —anunció emocionada, acomodándose la minúscula maraña de hilos castaños atados a un diminuto caimán para el cabello con los dedos—. Nos podemos ir a casa ya mismo.
María sonrió.
Pablo la besó con entusiasmo antes de despedirse y seguir al profesor Edison, que estaba a punto de entrar a su salón de clases y impartir la última lección del día.
Yo también me despedí de él y luego las tres emprendimos salida fuera del plantel escolar.
María e Isabel trataban de tener una conversación completa conmigo, ya que generalmente yo era una persona bastante habladora. Pero para ese momento, solo les respondía con monosílabos y frases cortas.
—¿Me acompañan a coger el bus? —pregunté finalmente como mi frase más larga de los últimos minutos, mordiéndome la uña del dedo pulgar en el proceso y arrancándome un pequeño pedazo de la misma.
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Editado: 31.10.2026