Aprendí a No Gritar

Capítulo 3 "Con Miedo a Explotar"

Nunca me ha gustado despertar fuera de mi habitación y de mi casa. Siempre que ocurre —cuando estoy en casa de mi abuela o en una pijamada con Mari, como las dos únicas excepciones a la regla—. Me invade una sensación extraña, como si mi cuerpo no me perteneciera y yo estuviera observándome desde afuera, en un plano diferente donde mi espíritu se separa de mi cuerpo y yo lo observo desde el techo de la habitación mientras levito en el aire antes de volver a caer al despertar.

Esa sensación volvió cuando abrí los ojos.

Una luz blanca y fría iluminaba el techo sobre mi cabeza.

Parpadeé varias veces antes de entender dónde estaba, hasta que ví un botiquín y otra camilla a mi lado y pude identificar el lugar sin ningún problema.

Un hospital, probablemente el hospital que queda al lado de mi universidad y donde los estudiantes de medicina y enfermería hacen sus prácticas antes de graduarse y empezar a ejercer la carrera como verdaderos profesionales de la salud.

Me incorporé lentamente en la camilla, todavía desorientada, todavía con mi espíritu regresando lentamente a mi cuerpo hasta que finalmente pude recordar cómo moverme y sacudí mis dedos entumecidos hasta que empezaron a traquear uno por uno mientras me sacaba las famosas “yucas” de las manos. Ese sonido de crujido producido al estirar o doblar las articulaciones que mi mamá me había advertido muchas veces que era dañino para la salud.

—Celi.

La voz de Mari llegó casi de inmediato. Giré la cabeza y la vi sentada a mi lado. La expresión de preocupación en su rostro hizo que finalmente pudiera respirar con algo de normalidad.

Se inclinó hacia mí y me abrazó con fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó preocupada—. ¿Qué pasó allá?

Una punzada apareció junto a mi oído.

Cerré los ojos un segundo, luego la extraña sensación se redujo y pasó a unas intensas ganas de orinar que no expresé de inmediato cuando una enfermera bastante joven que podía apostar y seguía siendo practicante puso una mano sobre mi frente para revisarme.

—Te ves mejor —dijo con una sonrisa profesional que intentaba duramente parecer amable sin tener éxito del todo—. Fue un ataque de pánico bastante fuerte.

Asentí lentamente.

—Me duele la cabeza… pero creo que sobreviviré.

Intenté sonreír pero no me salió muy bien.

Mari soltó una pequeña risa nerviosa para llenar el vacío del aire.

—¿Puedo ir al baño? —pregunté ansiosa. La enfermera asintió y me ayudó a bajar de la camilla sujetando mis dos manos para que bajara los dos escalones antes de tocar el suelo con los pies descalzos.

Me puse mis botines marrones —un regalo de María por mi cumpleaños número 24— y salí al pasillo siguiendo las indicaciones de caminar hasta el final del camino blanco y deprimente que trata de expresar sanidad. Cuando en mi opinión termina expresando exitosamente algo diferente: muerte

Aún cuando en mi paleta de colores mental, la muerte podría ser asociada mejor con otro color. El marrón, como los ojos de ese joven.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó mi amiga desde la puerta antes de que saliera del consultorio y yo negué con la cabeza para impedírselo.

No me gustaba ser el foco de preocupación de nadie. Por eso siempre había preferido guardarme las cosas solo para mí misma.

Aunque ahora que escribo esto, desearía haberle dicho que sí. Pero no puedo retroceder en el tiempo y cambiar el resultado. Aún cuando en las matemáticas se suele decir que el orden de los factores no altera el producto.

En la vida real, cuando no hay numeración de por medio, las cosas no funcionan de la misma manera.

—Estoy bien. Mejor llama a Pablo. Seguro está pensando que ya estamos en casa, pero no es así.

Mari asintió y sacó su teléfono del bolsillo para empezar a marcar el número de su novio.

Yo seguí caminando y mientras avanzaba por el pasillo, me llevé una mano al oído.

Algo se sentía extraño, diferente, nuevo.

No podía tocar nada… pero sabía que había algo ahí. Algo que no estaba en la mañana cuando salí de mi casa.

Llegué al baño, entré en uno de los cubículos de metal o de acero y me apoyé contra la pared unos segundos tratando de respirar calmadamente. Todavía me sentía algo mareada. Era como si en ese momento me costara trabajo arrastrar con el peso de mi cuerpo.

Aún cuando llevaba más de 24 años como portadora de él.

Cuando salí, me lavé las manos y me mojé el cabello frente al espejo intentando recomponer mi aspecto con algo de agua. Aún cuando mi abundante cabello rizado no daba cuartel y se negaba a colaborar y bajar su volumen por más que lo intentara.

Mis ojos estaban tan hundidos en sus cuencas que casi no podía distinguir la tonalidad azul de mis pupilas, lo cual había sido un bonito regalo heredado de mi padre y la razón principal de mi nombre.

Me soné la nariz, me sequé las manos con una toalla y pasé uno de mis dedos por el oído, tratando de reducir el dolor que seguía sin detenerse en ese mismo punto detrás de mi oreja.

Pero cuando estaba a punto de salir.

Sentí una presencia detrás de mí.

—Yo no haría eso si fuera tú.

La voz hizo que todo mi cuerpo se tensara porque lastimosamente mi cabeza ya la conocía. No me resultaba tan aterradora como la del horripilante asesino, pero la de su cómplice producía casi el mismo efecto de parálisis emocional y física. Como ese acto reflejo humano de peligro y alerta.

—Podrías morir si sigues tocándote el oído.

Giré lentamente, pero antes de que pudiera reaccionar, el chico de cabello rizado cerró la puerta del baño y la trabó con el seguro. Luego su cuerpo bloqueó la salida impidiéndome abandonar la habitación.

Mi corazón empezó a latir con fuerza al notar el peligro inminente, pero traté de controlar mi respiración de la mejor manera para no terminar desmayada por una segunda vez en el mismo día.

Chica desmayada, el cómplice de un asesino y un baño solo, nos da una muy mala ecuación como resultado.




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