Salí del hospital con la sensación de que mi cuerpo ya no me pertenecía. Aunque el dolor en mis caderas, en mi espalda y en prácticamente cada rincón de mi cuerpo eran un recordatorio constante de que realmente ese dolor provenía de mí, de mis músculos, no del cuerpo de alguien más.
Como una prueba latente de que estaba realmente lastimada, pero no podía decir nada.
La tarde estaba cayendo y el cielo tenía ese color naranja sucio que siempre aparece antes de que anochezca por completo en Bogotá. No sé si el naranja es un reflejo de los enormes niveles de contaminación o simplemente el cielo siempre se ha visto de esa manera, aún antes de que construyeran Transmilenio o que incluso empezaran con la construcción de las vías del metro.
María caminaba a mi lado hablando sin parar como todos los días, hablando de la universidad, hablando sobre Pablo y cómo la había invitado al cine la noche anterior pero ella había terminado pagando porque él había olvidado su cartera en casa.
Trataba de distraerme, de animarme, de hacerme hablar para pasar el mal rato ya que sabía perfectamente que yo detestaba los hospitales.
Pero sus palabras me llegaban como si estuvieran atravesando agua; y el mal rato, para ser sincera, nunca se terminaría hasta después de mucho tiempo.
Le sonreía cuando tocaba.
Asentía cuando esperaba una respuesta de mi parte.
La verdad era que en realidad no estaba ahí con ella. Mi mente seguía atrapada en ese baño, en el caño, en el hospital, con él.
En sus palabras.
En su voz.
“Ahora eres mi cómplice”.
Me llevé la mano al oído con cuidado mientras caminábamos hacia la parada del SITP casi a un par de cuadras del Centro Comercial Plaza Imperial. El dolor en mi oído ya no era tan fuerte como antes, pero la zona seguía sensible, como si debajo de la piel hubiera algo que no pertenecía a mi cuerpo.
Algo que no debería estar ahí.
Algo que no podría sacar aunque lo intentara.
Y así era…
—¿Segura que estás bien? —preguntó Mari, mirándome con el ceño fruncido ya que había tocado 20 temas diferentes para hablar conmigo y no solo ser una emisora; pero yo seguía sin producir información conversacional. Como si se me hubiera olvidado hablar o responder preguntas básicas.
—Sí… solo me duele un poco la cabeza.
Mentí.
Una medio mentira. Realmente me dolía la cabeza y todo el cuerpo en general, pero no solo por eso estaba tan aletargada emocionalmente.
En ese momento, solo sabía que las mentiras eran y serían en lo que se iba a reducir mi vida durante mucho tiempo.
Por culpa de él.
Cuando llegamos a la parada, que quedaba mucho más abajo de la universidad y cerca del portal principal de la localidad en la que estudiaba, el lugar estaba casi vacío. Solo un par de estudiantes revisando sus teléfonos, dos trabajadores normales mirando la avenida fijamente, pendientes del SITP y un puesto de perros calientes al que habíamos ido a comer unas dos veces tratando de atraer clientes con unos enormes letreros con los bajos precios y un olor constante a salchichas cocidas.
Parecía un día normal.
Otro día típico en la vida de una estudiante universitaria.
Y eso me aterraba.
Porque ahora sabía algo que nadie más sabía. Sabía que un asesino caminaba libremente entre nosotros y no estábamos en una película, en un libro ni en un documental.
Era la vida real, mi vida real.
Sentí un cosquilleo repentino dentro de mi oído.
Me quedé inmóvil.
No fue un movimiento demasiado sospechoso, ya que justo habíamos llegado a la parada y ahora debíamos esperar a que el bus llegara.
Pero un segundo después, escuché algo. No fue un sonido externo. Escuché una voz dentro de mi cabeza que no era la mía.
Era la suya.
—¿Ves? —dijo su voz con una calma casi divertida—. Te dije que funcionaba.
El mundo entero pareció detenerse.
Mi respiración se volvió irregular mientras miraba alrededor buscando desesperadamente su figura entre la gente, pero no lo vi. Solo había gente desconocida y algunos estudiantes que si observaba lo suficiente podrían resultarme familiares ya que era inevitable hablar con las personas de la misma universidad al menos una vez.
No podía verlo.
Solo sabía que estaba cerca.
—Tranquila —continuó la voz en mi cabeza—. Si empiezas a mirar de esa manera, alguien podría sospechar. O pensarán que te volviste loca.
Apreté los puños con rabia, se estaba burlando de mí. Esa era su actividad favorita, hacerme ver y sentir inutil y estúpida cada vez que podía.
—¿Dónde estás? —susurré casi sin mover los labios, mirando hacia todas las direcciones y luego hacia la avenida para disimular que simplemente estaba pendiente del bus y no hablando con un hombre demente por un dispositivo que hasta ese día no sabia que siquiera existía entre la tecnología moderna.
Mari seguía mirando su teléfono, revisando Tik Tok, respondiendo mensajes. Completamente ajena a lo que estaba pasando.
—Cerca —respondió él—. Lo suficiente para ver tu cara de pánico desde mi lugar. Es excitante.
Un escalofrío recorrió mi espalda y sentí que mi estómago se retorció dejando una sensación de vacío que no era hambre.
Sentí nuevamente el impulso de arrancarme ese maldito dispositivo del oído. Solo para dejar de escucharlo, pero luego recordé el dolor que había sentido antes y me detuve.
—Si intentas quitártelo otra vez —dijo él como si hubiera leído mis intenciones. Eso siempre fue fácil para él, leerme la mente y las acciones que haría como si fuera un libro abierto, su libro abierto—, probablemente te desmayes de nuevo, o el dispositivo explote y te vuele los sesos. Lo que pase primero.
Mi estómago se contrajo con el pánico de morir de una manera tan horrible como esa.
—¿Qué quieres de mí? —murmuré.
Hubo un pequeño silencio del otro lado, casi pensé que simplemente nunca había hablado y que todo había sido un horrible producto de mi imaginación. Pero lastimosamente, luego escuché su risa baja, suave… pero llena de algo oscuro de nuevo.
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Editado: 31.10.2026