Aprendí a No Gritar

Capítulo 5 "Nivel 1"

Esa noche no dormí nada, no pegué el ojo en casi toda la noche y esta vez no había sido por los horribles zancudos que siempre terminaban con impedir que pudiera dormir ya que siempre había tenido el sueño demasiado ligero y el ruido siempre había sido mi principal enemigo en las noches que estaba necesitando con mayor fuerza descansar.

Esa noche, cada vez que cerraba los ojos, veía la misma escena: el cuerpo de la mujer desapareciendo en el caño, sus manos intentando aferrarse a algo que nunca encontró, el sonido de su cráneo impactando contra el pavimento y el chapoteo del agua bajando a toda velocidad arrastrando su cuerpo varias cuadras abajo.

También me desperté varias veces llena de sudor, con la sensación de que alguien me estaba observando. Sintiendo que había una presencia siniestra del otro lado de la cama, aún cuando mi habitación estaba vacía y seguía en completo silencio como cuando me había acostado.

Aunque para ser honesta, ya no confiaba en la ausencia del ruido.

Ahora sabía que él podía estar escuchando y efectivamente era algo que podía hacer siempre que quisiera o estuviera desocupado.

Me quedé acostada mirando el techo durante varios minutos cuando se hizo de día y la poca luz intentaba colarse por mi habitación. Tratando de convencerme de que todo había sido una pesadilla… que el hospital, el dispositivo, la mujer, Daniel ahora sumergido en el lado oscuro y su voz en mi cabeza… que todo eso había sido producto de mi mente colapsando por el miedo o decayendo en la locura.

Entonces el cosquilleo volvió apenas puse los pies sobre el frío suelo buscando mis chanclas a medias para salir de la cama. Restregando mis ojos hasta casi hacerme daño con los dedos.

Me quedé completamente quieta, pegada a la cama como si hubiera olvidado cómo me levantaba de ella.

Un segundo después, escuché su voz en mi cabeza de nuevo.

—Buenos días, Celeste.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas y como una corriente fría y aterradora sacudía mi cabello aún cuando la ventana de mi habitación estaba cerrada y la cortina rosa se encontraba perfectamente acomodada en su lugar.

—¿Dormiste bien?

Apreté los dientes completamente ofendida por su estúpida pregunta.

—¿Qué quieres?

Hubo una pequeña pausa y luego escuché su respiración suave al otro lado de esa conexión invisible entre ambos. Seguido por un profundo bostezo de su parte.

—Directa. Me gusta eso.

Cerré los ojos con fuerza, con hastío, con odio.

—Déjame en paz.

Él soltó una risa baja.

—Eso no va a pasar.

Me quedé sentada en la cama, mirando fijamente la puerta de mi habitación, como si esperara verlo entrar en cualquier momento. Ya que su presencia se había amoldado a mi vida con solo un par de horas después de conocerlo.

—Hoy vas a hacer algo por mí.

Mi corazón empezó a latir más rápido y las manos empezaron a exudar un sudor frío que casi sentía y chorreaba también por toda mi espalda.

—No.

El pitido apareció de nuevo.

Más fuerte esta vez.

Un dolor punzante atravesó mi cabeza y yo me llevé las manos a los oídos inmediatamente. Luego toqué mi cabello, enterrando los dedos en mi cabeza, tratando de aliviar lo que no se podía aliviar con la presión de mis dedos sobre mi cuero cabelludo.

—No me gusta cuando me dicen que no —dijo él, con calma.

Cuando el pitido se detuvo, mi respiración estaba temblando y mis manos también.

—Solo es algo pequeño —continuó despreocupado—. Nada que una buena cómplice no haría.

Sentí náuseas.

—No soy tu cómplice.

Silencio.

Luego su voz volvió más fría y menos relajada.

—Vimos lo mismo, Celeste —tragué saliva y luego me enterré las uñas en la piel de las palmas—. Y tú decidiste guardar silencio. Pudiste haber gritado, pudiste ayudarla.

Mi garganta se cerró como un acto reflejo de culpa.

—Estaba en shock…

—Corrección… estabas observando.

Era cierto, pude hacer mucho más ese día y no lo hice. El terror que sentía no puede justificar mis acciones del todo. Para ese momento aún no tenía el dispositivo, todavía tenía el control de mi vida.

Y no hice nada.

—Eso te convierte en parte de esto.

Sus palabras se clavaron en mi pecho.

Quise discutir.

Quise gritar.

Pero en el fondo sabía que él tenía razón.

—Escucha con atención —continuó del otro lado y yo respiré profundo para no ahogarme entre la culpa y las ganas de llorar—. Hoy vas a ir a la universidad como siempre. Tendrás tus aburridas clases de licenciada, estarás con tus amigas como si nada pasara.

Me levanté lentamente de la cama sin dejar de prestar mi total atención a sus palabras como si fueran lo más importante del mundo.

—Pero a las tres de la tarde. Vas a pasar por el comedor del campus escolar. Ese lugar tan bonito en el que todos se sientan a comer y pasar el rato entre amigos mientras comparten la comida, se ríen o hacen trabajos de último minuto.

Mi estómago se tensó y las uñas sobre mi piel se incrustaron un poco más en la carne.

—Vas a sentarte en la primera mesa que está al lado de la ventana.

—¿Para qué?

—Porque quiero que veas algo.

Un escalofrío recorrió mi espalda.

—No.

El pitido volvió y esta vez fue más largo, más agudo. El dolor me hizo doblarme ligeramente por lo que tuve que sujetarme de la cama con ambas manos antes de caer al suelo y estrellar mi cabeza contra las baldosas de cerámica solo para dejar de escuchar ese horrible pitido.

—A las tres —repitió él—. No llegues tarde.

El dolor desapareció y luego la conexión quedó en silencio.

Me quedé de pie en medio de mi habitación, respirando con dificultad. Mirando la puerta dudando si cruzarla y cumplir con su orden tal y como él lo quería; o quedarme en casa y dejar que me matara lentamente usando el dispositivo para terminar con todo antes de que siquiera empezara.




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