Aprendí a No Gritar

Capítulo 6 "Las Tres de la Tarde"

Llegué a la universidad mucho antes de lo normal, incluso antes de que empezara mi clase de Oral Production a la 1 de la tarde.

No porque quisiera llegar puntual, que era una de las bases de mi vida tan bien inculcadas por papá. No porque quería almorzar y tomar el sol como lo hacía antes de que todo en mi vida se jodiera, sentada sobre el césped con los ojos entrecerrados por el placentero calor de la tarde ya que los días soleados siempre habían sido mis días favoritos.

Cuando aún tenía una vida normal y podía disfrutar de los pequeños detalles.

Cuando mi vida no estaba en peligro, ni la vida de otras personas a mi alrededor; al menos no en este lugar tan cercano y conocido para mí. Porque sabía perfectamente que en otros lados del mundo, cosas horribles pasan casi a diario.

Llegué temprano porque no podía soportar quedarme en casa esperando a que las horas pasaran, desobedecerlo a él y luego terminar muerta sobre mi cama con los oídos sangrantes por el tiempo prolongado y la fuerza del dispositivo sobre algo tan delicado como lo es la audición humana.

Cada minuto antes de la hora acordada parecía estirarse como si el tiempo se burlara de mí. Intenté prestar atención a la clase, pero las palabras del profesor Édison en ese inglés perfecto suyo se mezclaban en mi cabeza como ruido sin sentido o como si estuviera hablando en alemán. Como si hubiera olvidado uno de los dos idiomas que llevaba ya casi 5 años estudiando.

Para rematar, ese día estaba sola. Isabel y María no compartían clases conmigo y estaban en la otra sede de la universidad ya que habían perdido una materia y yo estaba cursando mi pensul académico con normalidad. Ellas tomaban las clases un par de cuadras más arriba. Lejos de mí, lejos de toda la mierda por la que me encontraba atravesando actualmente solo porque llegué tarde a clases ese día por quedarme jugando Mobile Legends en el celular.

Tres de la tarde.

Tres de la tarde.

Tres de la tarde.

Esas tres palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza como un bucle que no quería terminar hasta que llegara la hora acordada antes de volver a empezar desde 0 nuevamente.

Cuando finalmente miré el reloj del aula y vi que faltaban diez minutos, sentí que el estómago se me encogía y que luchaba entre las náuseas y el rugido de hambre por no haber comido nada en todo el transcurso del día.

Cerré mi cuaderno y salí del salón con rapidez. Tenía ganas de ir al baño, pero sabía que esa simple acción me retrasaría y no quería imaginar qué cosas me pasarían en caso de que llegara tarde.

El exterior de las aulas estaba lleno de estudiantes caminando de un lado para el otro, hablando, riendo, quejándose de tareas, exámenes y profesores.

Vida normal.

Gente normal.

Nadie tenía idea de que el cómplice de un asesino caminaba entre nosotros y era uno de nuestros compañeros en ese momento del semestre. Nadie tenía ni idea de que había un asesino suelto rondando y que cualquiera dentro de las 4 paredes de ese lugar, podría ser su siguiente víctima.

Caminé hasta el comedor escolar exactamente a las tres.

La primera mesa junto a la ventana estaba libre, como si estuviera reservada para mí, aún cuando no tenía un letrero que lo hiciera explícito para evitar que la ocuparan en mi lugar.

Me senté.

Mis manos estaban frías. Húmedas. Empapadas de ese sudor frío perlado que nunca entendía porque existía; si el sudor era algo que producía el calor, y en ese momento, a pesar de estar a casi 20 grados, el calor era algo que simplemente ya no sentía aunque el sol me quemara la piel.

Miré alrededor intentando encontrarlo entre la multitud de estudiantes, pero no lo vi en ningún momento. Pero luego el cosquilleo apareció en mi oído recordándome tragicocomicamente que seguía siendo parte de mi vida.

—Puntual —dijo su voz dentro de mi cabeza como si ya fuera algo de mi día a día normal, como si fuera Pepe Grillo en su papel de mi conciencia aunque no era algo que yo realmente necesitara ya que a diferencia de Pinocho yo sí era humana—. Bien hecho.

No respondí.

No quería que nadie me viera hablando sola. Aunque perfectamente podría disimularlo sacando mi teléfono y poniéndolo sobre mi otro oído. Hasta que alguien se acercara lo suficiente para corroborar que en realidad yo no estaba en una llamada y mi celular se encontraba apagado porque ya no tenía batería y había olvidado cargarlo en el aula.

—Mira hacia la calle —ordenó.

Eso hice.

La ventana daba hacia una zona del campus donde casi no pasaba gente. Cerca de ese espacio aterrador lleno de vegetación que separaba la universidad del viejo caño y de la otra sede donde cosas horribles aparte de los robos seguirían pasando.

Mi respiración se volvió lenta.

—¿Qué se supone que debo ver? —murmuré apenas moviendo los labios aún cuando la respuesta estaba segura de que no me gustaría.

—Paciencia.

Pasaron unos segundos hasta que lo vi. Un hombre caminaba por el ahora más peligroso sendero vegetal con una mochila colgada del hombro. Parecía un estudiante más. Otro estudiante que iba tarde a clases y que al parecer iba a pagar las consecuencias de la impuntualidad con creces.

Nada fuera de lo normal.

—¿Lo ves? —preguntó la voz.

Asentí levemente y luego abrí la boca para hablar porque no tenía ni idea de si él podía verme en ese momento.

—Sí.

—Bien.

Hubo un silencio extraño. Un silencio que me puso la piel de gallina y siguió empapando mis manos de ese sudor que casi te obliga a soplar sobre tus dedos para regular la temperatura de tu piel o a meterlos en el cuero cabelludo de tu cabeza para poder descongelarlos.

—Ahora observa con atención.

El hombre siguió caminando hacia la zona donde los árboles se volvían más densos. Donde el guarda de seguridad ya no se encontraba porque los funcionarios de la universidad se habían cansado de pagar “gastos extra”.




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