Aprendí a No Gritar

Capítulo 7 "La Libreta Negra"

Después de lo que vi desde la ventana del comedor universitario, el mundo dejó de sentirse real para mí. Pasé el resto del día caminando por la universidad como si estuviera dentro de un sueño extraño. Un sueño que no podría ser el mío, tenía que ser el de alguien más.

Las voces de los estudiantes, el sonido de las puertas, incluso las risas… todo parecía lejano. Como si estuvieran en una burbuja aparte de la mía. Como si yo ya no perteneciera a ella, como si estuviera vetada de la normalidad por más que intentara con toda mis fuerzas volver a meterme en ella.

No volví a escuchar su voz en el dispositivo durante varias horas después de eso y por el resto del día. Hasta que mis clases acabaron y por un momento pensé que tal vez todo se había terminado.

Tal vez ya había conseguido lo que quería.

Pero esa ilusión duró muy poco.

El cosquilleo en mi oído volvió justo cuando estaba saliendo del campus con dirección a la parada más lejana del caño por mi bien emocional.

Aunque pensándolo bien, ese bien emocional, ya estaba completamente dañado.

Todavía lo está y lo seguirá estando por el resto de mi existencia.

—¿Te gustó el espectáculo? —preguntó su voz.

Apreté los dientes y mis ojos se cristalizaron en una mezcla de tristeza extrema, rabia y terror.

—Eres un monstruo.

Hubo un pequeño silencio y luego escuché esa risa suave y despreocupada que era un sonido tan normal en él.

—Y aun así, sigues viva.

Mis manos se cerraron en puños y casi me quise golpear con ellos para ver si con una paliza lograría despertar de esta pesadilla, ya que al parecer el famoso pellizco que te ayuda a abrir los ojos en un mal sueño no estaba funcionando conmigo.

—¿Por qué me haces esto?

—Porque estabas en el lugar equivocado, en el momento incorrecto —respondió él, con calma, como si esa fuera la explicación y la única razón de todos mis problemas—. Y porque ahora eres útil, lo serás.

Sentí un escalofrío.

—¿Útil para qué?

—Para muchas cosas.

—Ya tienes a ese amigo tuyo que hace todo lo que le pidas, déjame en paz.

No respondió de inmediato.

—Daniel no es ayuda suficiente.

Escuché ruido de fondo, como si estuviera caminando por encima de varias ramas y luego el sonido de la alarma de un auto desactivándose.

Luego volvió a hablar.

—Quiero que vengas a mi casa mañana.

Me detuve en seco en medio de la acera, parpadeando varias veces con confusión porque creí que había escuchado mal.

—¿Qué?

—Mañana, en mi casa —repitió como si fuera una petición completamente normal mientras el sonido del motor de un vehículo empezaba a transportarlo hacia otro lugar—. A las seis de la tarde.

—Ni siquiera sé dónde vives.

—Eso no es problema si sabes usar Google Maps. Y todo el mundo sabe usarlo.

Un segundo después, el dispositivo emitió un pequeño pitido y una dirección de la localidad vecina apareció en la pantalla de mi teléfono.

Lo miré con incredulidad.

—¿Cómo hiciste eso?

—Te dije que el dispositivo que inventé hace más cosas de las que crees.

Mi respiración se volvió más rápida.

—No voy a ir.

El silencio que siguió fue pesado y luego el pitido al que jamás terminaría por acostumbrarme apareció otra vez, para hacerme cerrar los ojos por el dolor.

—Vas a ir —dijo él con tranquilidad después de que el pitido frenara para poder escucharlo—. Porque si no lo haces… alguien más podría sufrir las consecuencias.

Mi estómago se revolvió porque sabía exactamente lo que quería decir con esas palabras y sabía lo reales y serias que eran.

—Solo será una visita —continuó después de que detuvo mi tortura auditiva por segunda vez—. Necesito que recojas algo por mí.

—¿Qué cosa?

—Lo sabrás cuando llegues.

La conexión se cortó.

Me quedé parada en la estación del SITP, esperando el bus durante varios minutos. Solo mirando la dirección en mi teléfono como si estuviera en una especie de trance.

…

Al día siguiente, exactamente a las seis de la tarde, estaba en frente de su casa. Una casa completamente normal de dos pisos de altura de un color entre marfil y blanco.

Demasiado normal para pertenecer a él.

Tenía un pequeño jardín enrejado en la entrada y las ventanas abiertas dejaban escapar el sonido de una televisión encendida.

Por un momento pensé que tal vez había cometido un error. Tal vez la dirección era incorrecta o el Google Maps me había guiado hacia otro lado como solía pasarle bastante seguido. Yo por eso no es que confiara mucho en la tecnología, ni siquiera sabía usar Chat GPT para hacer alguna tarea, por más que estuviera retrasada con mis entregas universitarias.

Pero entonces, interrumpiendo mi cara de disgusto al pensar en los horribles usos que a veces las personas le estaban dando a la IA, la puerta se abrió y él apareció en el umbral. Su expresión era tranquila y casi amable, como la de un buen host que lleva rato esperando que llegue su tan ansiada visita.

—Llegaste —dijo, como si fuéramos viejos conocidos de años.

Sentí que mi corazón golpeaba contra mis costillas mientras lo miraba vestido con una simple y normal sudadera deportiva azul celeste con el número 13 sobre el hombro. Como una persona normal, una persona que no es un peligro latente para los demás.

—Entra.

Lo seguí dentro de la casa con pasos inseguros. El interior era cálido, con fotografías familiares en las paredes y muebles que parecían sacados de una revista.

Nada en ese lugar gritaba “asesino”.

Nada.

—Mi madre está en la cocina —advirtió él mientras caminábamos por el pasillo atravesando la sala y después el grupo de escaleras hacia el segundo piso antes de llegar a la cocina—. Así que intenta actuar normal.

Antes de que pudiera responder, una mujer apareció de pie en la cocina. Era una señora de aspecto amable, con el cabello negro recogido en un moño hacia atrás, vestida con un delantal del mismo color y una sonrisa cálida que me pareció muy bonita.




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