Aprendí a No Gritar

Capítulo 8 "La Madre del Monstruo"

La habitación se quedó en completo silencio. Un silencio pesado que ninguna de las dos intentó llenar durante varios minutos solo con el sonido del Tic Tac del reloj sobre el muro justo en la pared del lado de la cama.

La madre de Óscar seguía mirando la libreta que ya para ese momento me había quitado de las manos pero sin sujetarla directamente con las manos. Abierta sobre la cama, como si las hojas estuvieran envenenadas y fuera preferible no sujetar el cuaderno con los dedos por la seguridad de ambas.

Sus ojos recorrían las páginas lentamente, como si su mente necesitara tiempo para entender lo que estaba viendo. Como si algo tan obvio pudiera estar escrito en otro idioma diferente al español.

Aunque yo entendía, que era simplemente por el hecho de que su mente se rehusaba a asimilar lo que estaba leyendo. Se negaba a aceptar que era algo real, que eso realmente estaba pasando y que su hijo era capaz de todo eso y más.

Yo no sabía qué hacer, no sabía si debía hablar para consolarla. No sabía si debía correr para evitar un problema mayor.

Ella pasó otra página, una después de la siguiente y sus manos empezaron a temblar.

—¿Qué… es esto? —preguntó finalmente en un susurro. Su voz ya no era la misma voz amable de la cocina.

Ahora sonaba frágil.

Como si algo dentro de ella se hubiera roto por completo.

Tragué saliva sin saber qué responder exactamente.

—Yo… no…

Las palabras no salían, porque decir la verdad significaba admitir algo terrible, algo terrible que involucra a su hijo.

Su hijo asesino.

Ella levantó la mirada hacia mí y sus ojos estaban llenos de una confusión que me dolió ver.

—Esto… no puede ser de mi hijo.

No respondí, aunque era algo que no se podía negar, estábamos en su habitación, era su letra, ella debía conocer su letra más que yo misma siquiera. Yo solo sabía que era la suya porque había presenciado dos casos de los que estaban escritos sobre el papel por mí misma.

Aunque fuera algo que desearía no haber relacionado.

Ella volvió a mirar la libreta y sus dedos se detuvieron sobre una fotografía en especial. Era la del hombre joven que yo había visto caer después de que le cercenaron el cuello en el bosque el día anterior mientras estaba sentada en el comedor.

La fecha estaba escrita debajo.

El día de ayer.

Sus labios empezaron a temblar todavía más.

—Esto… es una broma horrible… ¿verdad?

Mi corazón golpeaba con fuerza dentro de mi pecho.

No sabía qué hacer.

Porque si él regresaba y descubría lo que estaba pasando… no sabía qué podría hacerle a su propia madre… o a mí.

Ella pasó otra página.

Y entonces la vimos.

La fotografía de la mujer del caño, la mujer morena con la que empezó todo esto, al menos para mí; ya que no podía asegurar que realmente era la primera víctima de Óscar. Y estaba segura de que no era así.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones al reconocerla.

La madre de Óscar miró la imagen durante varios segundos, luego leyó lo que estaba escrito debajo y sus ojos se abrieron lentamente en una mezcla entre pánico y sorpresa al seguir procesando la información contenida en las hojas cada vez con más dolor.

—No… —susurró y sus manos empezaron a temblar más fuerte—. No… no… no…

Cerró la libreta de golpe y su respiración se volvió irregular, podría jurar que se puso más blanca de lo que naturalmente ya era o simplemente estaba a punto de desmayarse.

Yo di un pequeño paso hacia atrás porque no sabía si esa mujer estaba a punto de gritar, de llorar, de golpearme o de hacer algo mucho peor.

—¿Tú sabías esto? —preguntó de repente.

Su mirada cayó sobre mí, acusadora, y yo sentí un nudo en la garganta.

—Yo…

No terminé la frase porque en ese momento sentí el cosquilleo familiar en mi oído.

El dispositivo.

Óscar.

Mi corazón se detuvo cuando su voz apareció dentro de mi cabeza.

—Veo que encontraron mi pequeño proyecto.

Sentí que el pánico me atravesaba como un rayo, y para hacer más terrible la agonía, la madre del monstruo seguía mirándome esperando una respuesta. Esperando una verdad que yo no podía decirle.

Pero yo sabía algo que ella no sabía.

Que él estaba escuchando.

—No digas nada —susurró su voz en mi oído y mis manos empezaron a temblar—. Ni una sola palabra.

Miré a la mujer y sus ojos estaban llenos de lágrimas, sus manos temblaban y ella estrujaba los dedos en su delantal como si estuviera secándose las manos sobre la tela negra cuando claramente no había agua en ellas.

—Por favor… —dijo ella con la voz quebrada, sentándose sobre la cama como si le fallaran las fuerzas para sostener ambas piernas en pie—. Dime que esto no es real.

Sentí que mi pecho se rompía, porque sabía que si decía la verdad, si decía una sola palabra… el pitido volvería. Y esta vez… tal vez no se detendría, me mataría si yo daba algún paso en falso. No quería ni imaginar su shock si llegaba a morir frente a ella, de la nada, sin explicación.

La voz en mi oído volvió a hablar y su tono de voz era casi divertido.

—Vamos, Celeste.

Un segundo de silencio, luego un susurro:

—Elige bien lo que vas a decir, porque ahora… la vida de mi madre también está en tus manos.




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