Aprendí a No Gritar

Capítulo 10 "Nivel 2"

Sus palabras quedaron flotando en el aire un par de minutos mientras yo suplicaba mentalmente que hubiera escuchado todo mal. Rogando internamente que lo que me había dicho no fuera real y solo hubiera sido un producto de mi imaginación.

—La próxima vez… no solo vas a mirar —repitió las palabras, ya que seguramente vio la duda en mis ojos y quería confirmar que lo había escuchado claramente.

Sentí que el estómago se me contrajo y mis órganos empezaban a esforzarse para seguir con su funcionamiento normal.

—No —dije casi de inmediato—. Yo no voy a hacer nada ilegal contigo.

Él me observó en silencio durante unos segundos, luego soltó una pequeña risa. No una risa divertida. Era la risa de alguien que ya sabía cómo terminaría la conversación, la risa de una persona que sabía que no tenía otra opción.

—Siempre dicen eso al principio.

Me levanté de su cama con el corazón golpeando fuerte en mi pecho y las vueltas en mi estómago provocándome unas terribles arcadas.

—No voy a ayudar a matar a nadie.

El pitido apareció en mi oído para recordarme lo que podía hacer si yo me negaba. Como pasaba siempre que estábamos en la misma situación desde que lo había conocido.

Me llevé la mano a la cabeza nuevamente y enterré los dedos en mi cuero cabelludo como si pudiera masajear mi cerebro para que no doliera tanto en vano.

—Yo no te estoy pidiendo que mates a nadie —dijo con calma.

El dolor desapareció y yo respiré con dificultad.

—Entonces, ¿qué quieres?

Él se levantó del escritorio y caminó hacia la ventana de su habitación corriendo las cortinas, por lo que pude observar que del otro lado, a través de la vista empañada del cristal, estaba lloviendo. Miró hacia la calle unos segundos, admirando la lluvia seguramente, y luego habló con voz tranquila y ligeramente divertida, en un tono entre el sarcasmo y la ordenanza:

—Solo necesito que hagas algo muy sencillo.

Mi garganta estaba seca. Me costaba pasar saliva, ya que mi boca al parecer se había casi secado por completo y se sentía completamente deshidratada, como si me hubiera comido un montón de dulces de canela sin detenerme y ya se me hubiera pelado la lengua.

—¿Qué cosa?

Se volvió hacia mí.

—Entregar un mensaje.

Fruncí el ceño y mis pestañas aletearon con confusión latente.

—¿Un mensaje?

Asintió.

—Mañana por la tarde vas a ir al sendero de árboles que está al frente de la universidad. ¿Cómo lo llamas tú? Ahh… la jungla.

Mi cuerpo se tensó inmediatamente.

—El mismo lugar donde viste lo de ayer.

Sentí un escalofrío y mis manos se agitaron como preaviso de que empezarían a temblar en un par de momentos.

—A las cinco en punto —continuó— va a pasar un hombre por ahí. Un hombre que acaba de salir de trabajar de su turno como guarda de seguridad en ese conjunto cerca del otro desemboque del caño de tu universidad.

Tomé una enorme bocanada de aire que hizo que mi pecho protestara antes de que su voz siguiera hablando.

—Va camino a su casa a solo un par de cuadras de distancia. Lleva casi 25 años de matrimonio y tiene dos hijas adolescentes.

—¿Y qué tengo que decirle?

Su sonrisa volvió.

—Solo dile que alguien encontró lo que estaba buscando.

No entendía nada.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

Lo miré con desconfianza.

—¿Y luego?

—Luego te vas a tu clase de las 5 de la tarde como la buena estudiante que eres.

Algo en su tono me decía que no era algo tan simple, pero no podía hacer nada para aclararlo y mucho menos podía hacer algo para detenerlo.

—¿Qué estás planeando?

Él levantó las cejas y me miró entretenido.

—¿Te preocupa?

—Sí.

Se quedó mirándome durante unos segundos. Luego caminó lentamente hacia mí, hasta invadir mi espacio personal por segunda vez desde que empezamos la conversación, por lo que nuevamente podía sentir su aliento caliente contra mis mejillas.

—Celeste —dijo en voz baja, mirando mis ojos azules fijamente antes de acariciar mi mejilla con una suavidad que casi me hizo sentir cómoda. Casi—. Lo que estoy planeando no cambia con tu preocupación y tus dudas. Va a pasar, sea como sea.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Lo único que puede cambiar… —pausa— es si tú sigues viva para verlo, en el caso de que se te ocurra desobedecerme. Así de sencillo.

Sentí que el miedo volvía a recorrer mi cuerpo.

—Así que vas a ir mañana —ordenó con voz dura y mi cuerpo se tensó inmediatamente, por lo que di un paso hacia atrás y la parte de atrás de mis rodillas chocó contra su cama—, vas a decir exactamente lo que te dije y luego vas a irte como si nada. Yo me encargaré de todo lo demás.

Silencio.

Sabía que no tenía elección, así que solo bajé la mirada y la clavé en las baldosas color crema del suelo.

—Está bien.

Él sonrió.

—Sabía que entenderías.

…

Al día siguiente, casi sobre las 5 de la tarde, el cielo estaba completamente gris, anunciando una posible llovizna que todavía no empezaba, pero que sería algo inevitable, estábamos en plena temporada de lluvias y en esa época del año, el clima era casi adivinable.

Caminé hacia ese horrible sendero de árboles, sintiendo que cada paso me acercaba a algo terrible. El lugar estaba vacío como casi siempre. Los árboles bloqueaban gran parte de la luz y el aire se sentía más frío que en el resto del campus de donde acababa de salir para cumplir con su petición.

Miré la hora en mi teléfono.

4:58.

Dos minutos antes de la hora del horror. Dos minutos antes de mi clase de Evaluación Educativa con la nueva profesora Emily.

Mi respiración estaba acelerada.

Entonces escuché pasos y un hombre apareció en el sendero. Tenía unos cuarenta años más o menos y llevaba una chaqueta oscura y una maleta colgada de los hombros. Su cabello blanco casi brillaba y su uniforme negro de guarda de seguridad hacía un contraste casi llamativo con el tono de su cabello.




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