Aprendí a No Gritar

Capítulo 11 "Intento de Libertad"

El grito del hombre todavía resonaba en mi cabeza y los sonidos de lucha que emitió tratando de pelear por su vida hasta el final me persiguieron durante el resto del día.

Solo podía pensar en esa pelea con gran desventaja numérica que terminó con su muerte.

No sabía cuánto tiempo me quedé parada en ese sendero. Mirando hacia el horizonte completamente perdida; como si la universidad hubiera desaparecido de donde siempre había estado y yo ya no encontrara el camino que me llevaba hacia ella. Como si una enorme niebla cubriera el enorme edificio de repente y ahora no supiera por dónde caminar porque solo encontraba vacío a mi paso.

Tal vez pasaron un par de segundos.

Tal vez demasiados minutos.

El sonido del bosque había desaparecido para mí. Sin viento, sin pájaros. Solo el latido descontrolado de mi propio corazón como si fuera lo único perteneciente al lugar.

Pensé en papá.

En si podía ver en lo que se había resumido mi vida en ese momento y estaba tratando de mover algún tipo de hilos espirituales para ayudarme a salir de ese pozo desde su cielo.

También pensé en el hecho de acabar con todo, desobedecer a Óscar y simplemente recibir el castigo que me terminaría arrebatando la vida y me reuniría con papá en el cielo; pensando que finalmente dejaría de vivir algo que yo nunca elegí.

Pero también pensaba en mamá y en lo terrible que sería perder una segunda hija. Aún cuando a la primera nunca la alcancé a conocer porque murió antes del parto y no pude detallarla suficiente en una única ecografía.

Mi madre era el único pilar que sostenía mi vida en ese momento, solo por ella seguía avanzando.

Poco después de todos esos pensamientos mundanos, escuché su voz dentro de mi oído. Varios minutos después desde que se había ido con el cuerpo y con su cómplice a otro lugar al que no quería llegar yo tampoco. Aún cuando casi me había obligado a seguirlo.

Aunque por primera vez, Óscar no usó el dispositivo para controlarme y simplemente me dejó ahí. No insistió en que debía ir con ellos en esa horrible camioneta vieja.

Fue la primera decisión que me dejó tomar, aunque no me sentía demasiado agradecida por eso para ser honesta.

—Buen trabajo, Celeste.

Sentí náuseas.

—Cállate —hablé con miedo. Quería insultarlo. Quería gritar.

Él solo arruinaba mi vida desde que había llegado a ella y simplemente no se detenía por más que se lo suplicara. Quería que ambos saltáramos al agua turbia. Con la enorme diferencia de que él sí sabía nadar para salir con éxito de ella y yo simplemente seguiría chapaleando sin llegar a ningún lado. Hasta que mis pulmones se quedaran sin aire y el agua ingresara por ellos hasta matarme.

Mis piernas comenzaron a moverse por sí solas. Caminé alejándome del sendero, de los árboles, de aquel rastro de sangre que siempre terminaba desapareciendo al final, debido a las lluvias constantes.

Tratando de no mirar hacia atrás con la esperanza de alcanzar a ver al menos media hora de mi última clase. Aunque ya pasaban de las 5 y 30 y la clase terminaba a las 6.

La imagen del hombre amable seguía apareciendo en mi mente.

—¿Ves? —continuó él—. No fue tan difícil.

Apreté los puños con una frustración que lastimosamente no podía expresar y simplemente se acumulaba con el pasar de los días hasta hacerme explotar en algún momento que ya no veía demasiado lejano.

Solo esperaba que no fuera literalmente.

—Yo no hice nada.

—Oh, sí lo hiciste —su voz sonaba casi divertida—. Si no hubieras estado aquí, él no se habría detenido a hablarte. —Mi garganta se cerró—. Tú lo trajiste hasta nosotros y lo detuviste cuando él pudo haber seguido su camino y salvarse de aquel destino que yo había escrito para él.

Las palabras me golpearon como una piedra.

—Eso te convierte en parte del equipo.

—¡No! —grité con rabia, levantándole la voz por primera vez desde que todo había empezado entre nosotros.

Un leve pitido vibró dentro de mi oído, intensificándose lentamente con cada segundo transcurrido. Detuve mi caminar inmediatamente y me llevé ambas manos a la cabeza de nuevo.

—Controla tu tono —dijo él.

Respiré hondo varias veces intentando calmarme, intentando pensar. Porque algo dentro de mí había cambiado.

Ya no podía seguir así.

No podía seguir viendo morir gente. No podía seguir ayudándolo.

Todo esto me estaba volviendo loca. Me estaba aniquilando con una calma estridente.

Y iba a traer consecuencias feroces.

…

Cuando llegué a mi casa esa noche me encerré en mi habitación. Encendí la luz del cuarto y me miré en el espejo de la puerta de mi armario.

La chica que me devolvía la mirada azulada del otro lado parecía diferente.

Más pálida.

Más cansada.

Más rota.

Lentamente llevé mi mano al oído, corroborando lo obvio. El dispositivo estaba ahí, debajo de la piel, como un recordatorio de mi perdición actual. Sentía la pequeña protuberancia si presionaba lo suficiente con la yema de los dedos.

Recordé el dolor de la última vez que intenté tocarlo y también recordé la libreta negra.

Si nadie lo detenía… esto nunca iba a terminar.

Las fotografías y nombres de «su proyecto» seguirán aumentando hasta acabar las páginas de esa primera libreta y luego empezarían a abarcar muchísimas libretas nuevas.

De repente, mi respiración se volvió más lenta y más decidida.

Tal vez el dispositivo podía escuchar lo que decía, pero no podía leer lo que pensaba.

Y en ese momento tomé una decisión.

Tenía que escapar.

No sabía cómo, ni sabía cuándo.

Pero tenía que encontrar la forma de terminar con todo esto.

Porque si no lo hacía… más personas iban a morir y yo sería siempre la testigo silenciosa de todas esas víctimas que se pudieron haber evitado si yo fuera mucho más valiente.

Tomé mi teléfono y abrí el buscador de Google de mi celular. Mis dedos dudaron unos segundos antes de escribir en él. Hasta que finalmente encontré el valor en donde creí que ya no tenía ni un ápice y escribí las palabras.




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