Aprendí a No Gritar

Capítulo 12 "Lección Aprendida"

No dormí esa noche porque cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar sus palabras en mi cabeza; como un disco rayado que por más que soplara y limpiara antes de volver a ponerlo en el DVD para que siguiera la película. Esta seguía fallando en la misma parte sin que nada cambiara.

«Voy a enseñarte lo que pasa cuando alguien intenta traicionarme».

El reloj despertador verde que me había regalado papá, proveniente de una tienda de segunda mano y que papá había arreglado con cariño para mí porque sabía que hace rato deseaba uno de ese diseño, marcaba las horas con un sonido lento y pesado ubicado sobre mi mesa de noche.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

Cada segundo me acercaba más a lo que fuera que él estaba planeando y la verdad es que yo nunca iba a estar lo suficientemente preparada de manera emocional para afrontarlo.

Porque cada cosa que hacía era mucho peor que la anterior. Como un juego organizado por niveles donde la dificultad subía cada vez más. Aun cuando ni siquiera había pasado por completo el nivel anterior para seguir avanzando hacia el nivel nuevo.

Cuando amaneció, ya estaba vestida aun cuando siquiera me había metido a la ducha y solo me había cambiado el pijama y la ropa interior por el estilo formal que me exigía la universidad. Una falda floreada, medias veladas, la primera camiseta que encontré y un enorme gabán negro que tenía como única función cubrirme del frío porque no era para nada bonito para hacerme sentir atractiva.

No tenía hambre.

No tenía sueño.

Solo tenía miedo.

El cosquilleo apareció en mi oído justo cuando salía de mi casa rumbo a la parada del SITP que me dejaría en mi universidad ese horrible viernes por la mañana.

—Buenos días, Celeste —su voz sonaba tranquila del otro lado de la comunicación—. Hoy vamos a dar un pequeño paseo.

Tragué saliva.

—¿A dónde?

—Ya lo verás.

Cuando llegué a la universidad tenía el estómago hecho un nudo mientras miraba hacia ambos lados de la avenida antes de cruzar la calle. El campus y sus alrededores estaban llenos de estudiantes, como cada día común entre semana.

Personas hablando, riendo, haciendo planes de ir al Cónsul ese viernes por la noche para pasar un buen rato o alcoholizarse hasta perder el sentido.

Lo que pasara primero.

La vida normal seguía existiendo alrededor de mí.

Y nadie tenía idea de lo que yo estaba atravesando.

—Sigue caminando hacia el lugar de siempre —ordenó su voz apenas llegué del otro lado de la calle.

Mis pasos se volvieron cada vez más lentos y el frío de la mañana me congelaba las manos y la nariz. Por lo que todo el tiempo apretaba mi viejo gabán negro sobre mis hombros y soplaba calor entre mis dedos para tratar de regular mi temperatura corporal.

—No quiero volver ahí.

El pitido vibró dentro de mi oído.

—No te pregunté si querías.

Respiré hondo y seguí caminando con la esperanza de ir y salir rápidamente de todo. Para luego entrar a mi clase y fingir que aún tenía una vida normal.

Aun cuando varios de mis profesores empezaron a preguntarme por qué siempre llegaba tarde a clases últimamente. Cuando tan solo un par de días antes me había destacado por ser tan puntual y llegar incluso primero que ellos al salón.

Cuando llegué al sendero, el lugar estaba vacío. Los árboles bloqueaban la poca luz del sol que empezaba a asomarse entre ellos, ya que casi eran las 7 de la mañana. La hora en la que generalmente empezaba a salir el sol. Pero ese día, el aire seguía frío y húmedo sin presentar ningún tipo de cambio.

Sentí que cada sombra podía esconder algo.

O a alguien.

—Detente —dijo él.

Me quedé quieta, luego escuché pasos detrás de mí y mi corazón empezó a latir con fuerza.

No tuve que voltear para saber quién era.

—Hola, Celeste.

Su voz ahora estaba frente a mí y no en mi cabeza.

Me giré lentamente y ahí estaba él. Apoyado contra un árbol como si hubiera estado esperándome todo este tiempo. Tenía una chaqueta negra con un buzo del mismo color debajo para cubrirse del frío, unos pantalones del mismo color, sus zapatos eran de un rojo tan intenso que casi podría jurar que ya estaban cubiertos de sangre.

Pero yo sabía que todavía no había empezado.

—¿Sabes por qué estamos aquí? —preguntó y ese vaho visible producido por el frío casi me dio la impresión de que él estaba fumando.

Aunque yo nunca lo vi hacer esa actividad.

Negué con la cabeza para alargar más el tiempo, aunque sabía perfectamente la razón. Puesto que su frase se repitió en mis pesadillas de esa noche, una y otra vez sin darme cuartel para dormir ni un solo segundo.

—Porque intentaste hacer algo muy peligroso.

Mi garganta se secó.

—No sé de qué hablas —me hice la desentendida y él sonrió. Como si hubiera estado esperando esa respuesta y ya tuviera lista la suya.

—Buscaste cómo quitar el dispositivo que me esforcé tanto en ponerte.

Sentí que el mundo se detenía, pero al mismo tiempo, todo empezaba a dar vueltas casi produciendo una sensación de mareo donde el piso bajo mis pies había desaparecido por completo. Como si en vez de ser pavimento, en realidad fueran arenas movedizas que me estaban tragando lentamente.

—Te dije que siempre lo descubro.

No respondí porque ya no tenía sentido mentir. Él lo sabía.

Óscar caminó lentamente hacia mí.

—Pero no te preocupes —dijo acariciando mi mejilla y yo no pude evitar temblar al sentir el toque de sus dedos fríos en mi piel—. Hoy no voy a castigarte físicamente porque estoy de buen humor contigo.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces qué estamos haciendo aquí?

Su sonrisa se volvió más amplia.

—Aprendiendo.

Me señaló el sendero detrás de mí.

—Mira.

Escuché pasos y otra persona venía caminando por el camino hacia nosotros. Era una mujer joven con el cabello castaño y lleno de mechones rubios que parecía estar hablando por teléfono completamente distraída. Portaba el uniforme de practicante de enfermería de un blanco tan brillante que parecía estar emitiendo luz entre la bruma que nos envolvía junto con el lugar.




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