Aprendí a No Gritar

Capítulo 14 "Nivel 3"

Llegamos a su casa cuando el cielo ya estaba oscuro y el día de clases había terminado. El camino hasta allí se me hizo eterno. Aún cuando tenía los audífonos a todo volumen, sentada en el SITP junto al hombre que más odiaba en la vida a mi lado y quien afortunadamente no me había obligado a mantener una conversación y había dormido gran parte del camino.

Además, para echarle más sal a las heridas. Mis amigas y Pablo estaban encantados con él. Dijeron que era un chico exageradamente atractivo, con un aura misteriosa que lo hacían todavía más intrigante. Que hacíamos una muy buena pareja y que querían tener la oportunidad de conocerlo mejor y querían conocer más detalles de nuestra relación secreta.

Cada paso de mis tacones rojos sobre el suelo trataban de ocultar mi molestia por tener que seguir haciendo todo lo que él me pedía sin rechistar.

Era una tortura.

Empecé a imaginar una horrible escena en la que empezaba a golpearlo con tantas ganas, con tanta ira acumulada que él terminaba desvaneciéndose lentamente en el suelo hasta que uno de mis zapatos de tacón quedaba enterrado por completo en su cabeza rompiendo su cráneo casi por completo.

Luego tendría la simple tarea de desaparecer el cuerpo, limpiar la sangre y así finalmente podría ser libre de nuevo.

Libre, aunque hubiera terminado igual que él.

Como una segunda asesina.

Cuando llegamos, la casa estaba demasiado silenciosa. Las luces del interior estaban encendidas, pero el jardín estaba vacío. Habían quitado las plantas del pequeño jardín por alguna razón que no entendía.

Tal vez para dejar de lado las apariencias perfectas y empezar a acercarse a la verdadera realidad. Con un jardín deteriorado que iba más acorde con su horrible personalidad asesina.

Respiré hondo mientras él abría la puerta.

—¿Tu madre no está? —pregunté.

—Está trabajando esta noche.

Sentí un escalofrío, una corriente fría que hizo que mi cabello se sacudiera. Eso significaba que estábamos completamente solos en una casa vacía donde probablemente nadie te escucharía gritar en el peor de los casos.

Nadie me escucharía gritar.

Entré porque no tenía otra opción y Óscar cerró la puerta detrás de mí. El sonido del seguro y las tres vueltas para cerrar por completo la puerta me hizo tensar los hombros y tragar saliva con fuerza.

—Ven —ordenó señalando el pasillo hacia su habitación.

El cuarto estaba igual que la última vez que vine.

Ordenado.

Demasiado normal para alguien como él, alguien que definitivamente ya no lo era.

Se sentó enfrente a su escritorio y abrió su computadora portátil.

—Siéntate —me ordenó, pero yo me quedé de pie unos segundos antes de seguir su orden.

—No quiero hacer esto.

Levantó la mirada.

—No te estoy preguntando si quieres hacerlo. Ambos sabemos que no tienes otra opción.

Me senté lentamente en una segunda silla en frente de su escritorio y él giró la pantalla hacia mí para que pudiera verla claramente.

Había varias fotografías.

Personas conocidas de mi universidad y otras que nunca había visto en la vida.

Hombres.

Mujeres.

Sentí que el estómago se me revolvía, pero al menos agradecí que no hubieran niños entre las imágenes que me enseñaba.

—¿Qué es esto?

—Opciones.

Mi respiración se volvió irregular y yo me llevé las manos hacia el cabello y luego bajé mis dedos por las orejas hasta que puse ambas manos en mi cuello y sobre el collar de Ying Yang que compartía con mi mamá (ella con la mitad de color blanco y yo con la parte negra que al unirlos formaban el círculo completo). Lo apreté contra mi pecho como si fuera alguna especie de amuleto que otorga fortaleza.

Luego sentí el familiar sonido en mi cabeza, pero él no había activado nada en ningún momento, no tenía el celular entre las manos. Esta vez el sonido había sido producido por mí, por mi cuerpo. Como una alarma que avisaba que estaba a punto de activarse mi botón de pánico.

—No…

Él cruzó los brazos con una expresión que lo hizo ver más joven de los casi 28 años de edad que realmente tenía.

El gesto lo hizo parecer casi normal.

—Quiero saber cuál te parece mejor.

—No voy a elegir a nadie.

El pitido apareció en mi oído, esta vez sí instaurado por él, pero tan solo duró un par de segundos.

—Celeste —dijo con calma, desactivando el pitido para que pudiera escucharlo claramente—. Esto va a pasar contigo o sin ti.

Mis manos empezaron a temblar.

—La única diferencia es si decides participar… —hizo una pausa— o si quieres que la próxima víctima sea alguien que conoces.

Sentí que el miedo me atravesaba como una daga.

—No te atreverías…

Su sonrisa fue lenta, mientras hacía un par de clics en la computadora y finalmente la foto del perfil social de Facebook de María junto con Pablo apareció en la pantalla con una nota extra al lado con los datos de su nombre, edad y otros pormenores que no quise revisar bien.

María Camila Rivera, 26 años.

Padres no divorciados.

3 hermanas.

—¿Estás segura?

El silencio llenó la habitación.

Miré la pantalla otra vez y las fotos de otras personas empezaron a aparecer una tras otra.

Personas normales, pero al menos desconocidas para mí.

Personas que probablemente no tenían idea de que alguien estaba decidiendo su destino en ese momento. Y que ese destino estaba pendiendo de un hilo por mí.

—Elige —dijo él, presionando.

—No puedo.

—Sí puedes.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Por favor… no quiero hacer esto.

Su expresión no cambió.

—Elige.

El cursor del computador parpadeaba junto a cada fotografía.

Esperando.

Sentí que mi pecho se rompía por dentro. Pero sabía algo terrible que no cambiaría.

Si no elegía… alguien cercano a mí podría pagar el precio. Mis amigos o familia pagarían el precio.




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