Aprendí a No Gritar

Capítulo 15 "Desconocida"

No dormí esa noche y las noches siguientes tampoco. Aquello era ya algo normal en mi vida.

El no poder descansar, el no poder pegar los ojos en toda la noche hasta que ya clareaba el día y luego tenía que obligarme a despertar para poder seguir con mis actividades del día a día.

No volví a dormir por culpa de los zancudos. No por estar pensando en la nueva conquista de Leo. No dormí porque había soñado con él y en mis sueños ambos estábamos juntos al final; después de tanto tiempo que lo había imaginado.

No porque era la noche previa a la lección ese día que había intentando salir del estanque buscando quitarme ese jodido dispositivo del oído; lo cual solo me había traído peores consecuencias a mi situación.

No había dormido porque la imagen de la fotografía de hace 3 días seguía apareciendo en mi mente, con la mujer que yo había señalado en ella.

Su rostro pequeño y su cabello negro.

Su mirada tranquila y despreocupada.

Su sonrisa ligera en la foto. Como si el mundo fuera un lugar más seguro de lo que estaba por descubrir y no era así.

Una persona normal con una vida común y corriente.

Una vida que yo había entregado.

Cada vez que cerraba los ojos escuchaba su voz. Como una segunda parte de ese tormento constante que siempre impedía mi descanso desde hace varias noches. Aún cuando ya habían pasado 3 días desde mi último contacto con Óscar. Esa noche que me había quedado en su casa después de que hizo y deshizo conmigo casi hasta el amanecer.

Pero en vez de sentirme tranquila. En ese momento, su ausencia me preocupaba todavía más que su presencia.

—Buena elección.

Me levanté antes de que amaneciera, no tenía sueño. Era como si mi cuerpo estuviera aceptando que el dormir ya no sería parte de su rutina durante un largo tiempo y que debía sobrevivir con poca comida y arrastrando los pedazos de una vida rota. Con la esperanza de algún día poder reconstruirla aún cuando estaba segura de que había perdido varias partes de ella en el camino que había conducido hasta este preciso momento y que en el momento de reconstrucción (si algún día llegaba). No iba a quedar como era antes.

Y así fue.

Nunca quedé como antes.

Quería salir a la calle.

Quería caminar lo más lejos posible de la universidad. La cual era ahora un recordatorio constante de mis obligaciones con un hombre que solo disfrutaba del dolor ajeno y no el lugar que yo había elegido para estudiar. El lugar que yo había elegido para mejorar mi vida y tener una vida tranquila. Lejos de las complicaciones económicas que llevábamos años sobrellevando con mamá; desde que pasó lo de papá.

Necesitaba dejar de pensar en todas esas cosas.

Pero era imposible.

Mientras caminaba hacia la universidad ese sábado por la mañana (ya que estaba cursando ese horrible semestre en el que el sábado era un día de clases más y no un día de descanso como era acostumbrado desde que estaba en el colegio).

Caminando desde la parada del alimentador “Mercedes”, pasando por los edificios y luego por enfrente de “Raíces”. Una pequeña finca ubicada cerca de la universidad donde podías ver un par de patos en el pequeño estanque y de vez en cuando una que otra vaca pastando cerca del mismo lugar.

El cosquilleo volvió a aparecer en mi oído.

—Buenos días, Celeste, ¿me extrañaste?

Mi cuerpo se tensó como siempre que escuchaba su voz en mi cabeza y sabía que no sería nada bueno.

—¿Qué hiciste?

Él soltó una pequeña risa.

—¿Ni siquiera vas a preguntarme cómo estoy? ¿No me darás los buenos días? —habló con esa diversión que siempre me descolocaba—. Qué grosera. Y eso que fui amable contigo y te di un descanso de tres días de mí. Deberías darme las gracias por mi buena voluntad.

—¿Qué hiciste? —repetí ignorando su tono divertido y las dos preguntas que me había hecho. Aún cuando mamá siempre me decía que responder una pregunta con otra era de una pésima educación.

Hubo un pequeño silencio y luego su respuesta llegó con esa calma tan conocida de siempre.

—Nada todavía.

Sentí que mi respiración se detenía.

—¿Todavía?

—Estoy esperando el momento correcto. Ya sabes, esas cosas no se hacen a la ligera, si quieres evitar que te descubran.

Tragué saliva.

—Por favor…

—¿Por favor qué?

Mis manos empezaron a temblar, pero por alguna razón estúpida pensé que suplicar y usar esas supuestas palabras mágicas cambiarían mi situación actual y él tomaría una actitud diferente o haría una excepción. Solo por una vez.

—Déjala ir. No le hagas nada. Ya has quitado demasiadas vidas, ¿no son suficientes?

Su respuesta fue inmediata, casi pregrabada.

—No.

Sentí un vacío en el pecho.

—Pero no te preocupes —continuó—. Pronto sabrás más sobre ella, eso te lo puedo asegurar.

El pitido desapareció y luego la conexión se cortó.

Pasé toda la mañana distraída.

Las clases pasaban frente a mí como si no estuviera realmente ahí. Aún cuando los sábados era más probable que activara mi estado de alejamiento total ya que era un día que realmente detestaba por el simple hecho de dejar la comodidad de mi cuarto y tener que venir a la universidad para ver la clase del profesor Emmanuel.

Una clase tan aburrida y lenta que realmente te cuestionabas si él habría realizado un verdadero Lesson Plan antes de entrar en el aula o simplemente estaba improvisando.

Su voz siempre alegre se mezclaba con un ruido lejano.

Hasta que llegó el descanso, la hora de almorzar y finalmente la hora de irme para mi casa y descansar.

Aunque eso era algo casi imposible para mí ahora que lo rememoro escribiendo esto.

Todavía lo es. Vivo con la paranoia de que él todavía me está escuchando y me está vigilando en todo momento.

Estaba caminando por el pasillo cuando escuché algo que hizo que mi corazón se detuviera y mi estómago empezara a dar vueltas.




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