Aprendí a No Gritar

Capítulo 16 "Demasiado Tarde"

No podía quedarme quieta.

Sus palabras seguían repitiéndose en mi cabeza una y otra vez.

La profesora Emily… desapareció anoche.

Mis manos temblaban mientras caminaba por los pasillos de la universidad rumbo a la salida. No porque fuera con dirección a mi casa exclusivamente.

Tenía que hacer algo.

No sabía qué, solo sabía que sería demasiado peligroso. Pero en ese momento, solo podía aferrarme una última vez a esos momentos de valentía con la esperanza de que llegara a cambiar algo. No podía quedarme mirando cómo todo volvía a pasar y seguía pasando una y otra vez enfrente de mis ojos.

Como en un bucle eterno que simplemente varía por una nueva víctima de diferente aspecto y género. Pero termina exactamente igual que todas las demás.

Muerta.

Salí del recinto universitario casi corriendo. El aire afuera estaba pesado y húmedo aún cuando el día estaba bastante cálido en comparación del típico frío que te calaba los huesos en Bogotá casi a diario.

El sol estaba luchando con todas sus fuerzas para ganar la batalla contra el frío. Creando sombras en esas partes del camino en que daba la luz en contacto con algo del camino.

Miré hacia el sendero que llevaba al caño. Ese lugar siempre volvía a aparecer al final del camino, al final de todo. Como si todo estuviera conectado con ese punto, como en la novela de Stephen King. It y su casa quedaba en toda la mitad del pueblo conectando con todas las alcantarillas de Derry.

Un momento después, mientras caminaba. El cosquilleo apareció en mi oído.

—¿A dónde vas con tanta prisa?

Ignoré su voz y seguí caminando.

—Celeste…

No respondí.

—Sabes que no puedes ignorarme.

Apreté los dientes y mis labios temblaron por la fuerte presión que ejercía en mi mandíbula cerrada.

—Voy a encontrarla.

Hubo un pequeño silencio y luego Óscar soltó una risa baja.

—¿Encontrar a quién?

—A la profesora.

El viento movía las ramas de los árboles y llevaba mi cabello una y otra vez a mi cara por lo que tuve que sacar una moña que siempre llevaba atada a la muñeca en caso de necesitarla y con ella me recogí las dos trenzas con las que me había peinado ese día.

Sentía el corazón golpeando con fuerza en mi pecho.

—Es demasiado tarde —dijo él con tranquilidad.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

Seguí caminando hacia el sendero que llevaba al pequeño bosque cercano al caño. Ese lugar que me producía un miedo profundo con solo imaginarme a alguien caminando cerca de él y ese mismo miedo casi paraliza mis extremidades porque “el alguien” de ese día era yo.

Aunque, pensándolo bien. Tratando de encontrar una mejor excusa para mí presencia. Era el único lugar donde podía empezar a buscar.

—¿De verdad crees que puedes salvarla? —preguntó él.

No respondí, solo entré en el sendero mirando hacia todas partes.

La tierra estaba húmeda y el barro se hundía por partes mientras intentaba caminar despacio para no resbalar o enterrar el pie en ella. Por lo que cada paso que daba me obligaba a andar cada vez más despacio para no resbalar cuando la tierra se hundía debajo de mis pies casi como si fueran arenas movedizas.

El silencio era pesado. Solo interrumpido por uno de los SITP que pasaban casi cada media hora por no decir que casi 40 minutos.

El tiempo suficiente al parecer para asesinar a alguien sin ser detectado.

—Esto es interesante —continuó entretenido—. No sabía que eras tan valiente.

Mis ojos recorrían cada rincón, cada árbol, cada sombra. Buscando algo, cualquier tipo de señal que demostrara la presencia de alguien.

—O tan estúpida —añadió. Pero de repente escuché algo, un sonido débil y solo me detuve y empecé a mirar hacia todos lados.

—¿Escuchaste eso? —susurré.

—¿Escuchar qué?

El sonido volvió. Fue como un golpe suave, como algo chocando contra un frío metal. Seguí el ruido y entre los árboles, justo al lado donde estos terminaban. Después de la universidad y de un pequeño claro de césped y musgo que rodeaba el caño de mis pesadillas. Donde el césped estaba tan largo que prácticamente me llegaba a las rodillas.

Había una pequeña construcción abandonada, con una reja enorme de color naranja por la que asumía y entraron vehículos en su momento. El lugar era un pequeño parqueadero abandonado justo a un costado de la parada del SITP.

Una especie de bodega vieja estaba dentro.

Me acerqué un poco más a la puerta pero estaba cerrada con una cadena. Acerqué el oído a ella y escuché como algo se movía dentro.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

Me acerqué todavía más a la puerta y el sonido volvió, más claro. Alguien siendo brutalmente golpeado desde adentro.

—¿Hola? —dije con voz temblorosa.

Silencio.

Luego una voz débil, una voz que creí que ya no iba a escuchar más, respondió del otro lado.

—¿Hay… alguien?

Sentí que el pecho se me llenaba de esperanza.

—¡Profesora Emily!

Del otro lado escuché un sollozo agobiante que casi me hizo llorar a mí también.

—Por favor… ayúdame… estoy a punto de morir. Hay sangre por todos lados… Estoy cubierta de sangre… mi cuerpo está perdiendo fuerza.

Mis manos empezaron a buscar desesperadamente la cadena, algo en el suelo para tratar de jalar o romperla. Pero no encontraba nada. Solo césped y basura en todas las direcciones posibles en las que miraba.

—Voy a sacarla de ahí.

El dispositivo en mi oído vibró con fuerza y luego un dolor agudo me atravesó la cabeza.

—¡Aléjate de esa puerta! —ordenó y su voz ya no sonaba tranquila.

Sonaba peligrosa.

—No.

—Celeste.

—No voy a dejar que la mates.

El dolor volvió, cada vez más fuerte y mis rodillas casi cedieron mientras el sonido en mi cabeza se hacía cada vez más fuerte.

—Te dije que no me desafiaras.

Intenté mantenerme de pie, pero las fuerzas de mi cuerpo simplemente decaían con cada segundo que pasaba sin dejar de sentir ese dolor intenso. Luego el pitido se detuvo y escuché otros sonidos que no pude identificar a mi alrededor. Sonidos provenientes del sendero.




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