No recuerdo exactamente cómo terminé de nuevo en casa.
Los recuerdos de esa tarde se sentían completamente fragmentados.
Como si alguien hubiera roto un espejo en frente de mí y ahora yo estuviera intentando armar la imagen completa entre los pedazos sobre el suelo.
Esa tarde. Él y su cómplice me habían dado un fuerte golpe en la cabeza, solo para inutilizarme. Sin llegar a dejar una cicatriz sobre mi piel y que luego alguien pudiera preguntar su procedencia.
Eran inteligentes. Sabían perfectamente lo que hacían. Por eso habían llegado tan lejos.
Luego me habían dejado acostada en la puerta de mi casa y un total desconocido (por desconocido me refiero a Daniel) le había dicho a mamá que me había quedado dormida en el bus y que al no poder despertarme, me habían traído a la casa. La cual habían identificado, revisando la dirección en mi cuaderno de la universidad, puesto que tenía la costumbre de llenar todos los datos que la portada exigía antes de llegar a las hojas para escribir.
Nombre, dirección, cumpleaños y materia.
Y yo había llenado todos esos datos como si fuera algo obligatorio o de vida o muerte.
No supe lo peligroso que era eso hasta ese día.
Mamá no hizo preguntas, solo se alegró de que estuviera bien y dijo que gracias a Dios ese muchacho fue tan bueno y me había llevado a la casa previniendo una situación mucho más grave.
No dije nada más y solo me metí a mi cuarto.
Sabía tres cosas en ese momento.
La profesora Emily ya no estaba en esa bodega y claramente estaba muerta.
Él estaba furioso.
Y yo seguía viva.
Vivía y estaba sentada en el borde de mi cama, solo existiendo, cuando el cosquilleo apareció otra vez en mi oído.
—Sigues respirando.
Cerré los ojos y apreté la mandíbula hasta que mis dientes dolieron.
—Ojalá no lo estuviera.
Él soltó una risa suave.
—No digas eso… —el dolor punzante apareció por un segundo dentro de mi oído— todavía te necesito.
Apreté las manos contra mis rodillas y luego me llevé una mano a la cabeza donde el golpe que me habían propinado había creado un pequeño chichón que estaba segura y no podía verse.
Solo sentirse.
—La mataron.
—Eso no es algo nuevo.
Sentí un nudo en la garganta y por un momento me dolió pasar saliva.
—Ella estaba viva…
—Y ahora ya no lo está.
El silencio llenó la habitación, pero fue rápidamente interrumpido por lo que parecía ser el motor de un carro y luego seguido por una moto a baja velocidad.
Ya estaba acostumbrada al ruido. Vivía en un segundo piso y con una ventana que daba al exterior del conjunto con una pequeña avenida que afortunadamente no era demasiado transcurrida, pero en la que siempre oirías carros un par de veces en el día y en gran parte de la noche sin importar la hora que fuera.
—Intentaste desafiarme hoy —continuó él y mi respiración se volvió pesada. Tomé uno de los pañuelos que tenía a un costado de mi casa y me soné la nariz con tanta fuerza que casi me hago salir sangre o termino sacando mi cerebro por ese pequeño agujero (como lo hacían en el antiguo egipto en esa perturbadora práctica de momificar).
—Solo intenté salvar a alguien.
—Intentaste romper las reglas —insistió y yo abrí los ojos con hastío y me quedé mirando el techo totalmente descolocada.
—Entonces mátame.
El silencio fue largo, eternamente largo, pasaron un par de minutos y ni siquiera escuché nuevamente algún vehículo que era de lo más normal.
—No.
Mi corazón latió más rápido.
—¿Por qué no?
Su voz cambió ligeramente y ya no sonaba molesta.
Sonaba casi… pensativa.
—Porque eres interesante. Y porque sería demasiado fácil.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.
—Eso no es un cumplido.
—Lo sé.
El pitido volvió pero mucho más suave esta vez.
—La mayoría de las personas solo tiene miedo —una pausa larga y finalmente el sonido del motor de otro carro seguido por la tonalidad de su voz—. Tú también lo tienes, estás aterrada; pero aun así intentas hacer algo para que la situación cambie. Tienes esperanzas de que me detenga.
Mis manos temblaban cuando clavé mis ojos en ellas y casi podía ver la madre de la uña en las mismas ya que prácticamente me las había comido una a una hasta casi sacarme sangre en el proceso.
—Algún día voy a detenerte.
Él volvió a reír, pero no sonaba divertido, sonaba oscuro y demente.
—No, Celeste.
El silencio cayó entre nosotros y luego dijo algo que hizo que mi estómago congelara su funcionamiento normal y ese sonido que escuché no parecía precisamente hambre.
—Porque si tú me detienes… —otra pausa. Un recurso que casi siempre utilizaba para tenerme en vilo o aterrarme todavía más antes de lanzar alguna especie de bomba de palabrería— tendrás que contarle al mundo todo lo que sabes.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—Todo lo que viste.
Mi mente empezó a correr a toda velocidad.
Las muertes.
Las amenazas.
Las veces que me obligó a callar y también las veces que estuve ahí y por poco y mi ropa quedaba también cubierta de sangre.
—Todo lo que escuchaste.
Mi corazón latía cada vez más rápido.
—Y lo más importante… —su voz se volvió un susurro antes de volver—. Todo lo que hiciste junto conmigo.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro porque en ese momento entendí algo terrible. Algo que pasa siempre después de sobrellevar cosas como éstas.
Si él caía… yo caería con él.
—¿Lo ves? —dijo con calma.
Me llevé las manos al rostro y apreté mis mejillas con fuerza para no empezar a sollozar ahí mismo. No quería que él me escuchara tan afectada.
—No hay salida.
El silencio llenó la habitación y finalmente escuché su última frase antes de que la conexión se cortara.
—Esa es la jaula… y tú estás conmigo adentro.
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Editado: 31.10.2026