Aprendí a No Gritar

Capítulo 18 "El Oficial de Policía"

La universidad estaba más silenciosa de lo normal esa mañana de viernes de la semana siguiente después del asesinato de la profesora Emily. Tal vez porque desde el inicio y durante el resto del día había estado lloviendo y en días como estos, los estudiantes se ponían en un modo de letargo extremo en el que se preocupaban más por prevenir el congelamiento de dedos que en hacer ruido por los pasillos para que los profesores supieran que habían estudiantes llegando a sus respectivos salones de clase.

Lo que sería algo mucho más importante que comentar si Leo de sexto semestre (el amigo de Pablo y novio de María) realmente había terminado su relación con Salomé. Su novia de noveno, desde que inició este año lectivo.

Claro que no era un silencio completo.

La gente seguía hablando de otras cosas y el sonido de la fuerte lluvia era algo que no podíamos evitar escuchar por más que le subieran el volumen al televisor al máximo para intentar seguir con la lección del día. Aún con el miedo latente de que se fuera la luz. Algo que pasaba bastante seguido en días como estos.

Las conversaciones eran diferentes desde que el semestre había empezado y ya casi llegábamos a finales de marzo. Por lo que en menos de un mes comenzarán las vacaciones de Semana Santa.

Todos estaban hablando de lo mismo.

Desapariciones como el día a día desde hacía casi 3 meses.

Yo, otro día más en la agonía emocional. Caminando por el campus con la mirada fija en el suelo, rumbo a la otra sede donde compartía la primera clase del día con mis amigas. Con unos patéticos lentes de sol que había comprado para que nadie notara mis aterradoras ojeras.

No quería escuchar nada sobre el asunto de las muertes y desapariciones. Por eso había sido muy clara con María y Isabel para que dejaran de comentar ese tema frente a mí puesto que se habían empeñado en realizar indagaciones absurdas para tratar de descubrir al asesino del caño.

Y con “indagaciones absurdas” me refería a que habían empezado a acusar a varios estudiantes que les parecían misteriosos o extraños de la nada. Ya que por alguna razón que no entendía, estaban seguras de que el asesino era un estudiante de la universidad.

“Ese chico solo viste de negro y dicen que se droga bastante. Pudo haberlos matado drogado” decía Isa.

“Yo creo que el asesino es ese chico que toca la guitarra. Su mirada simplemente me causa terror” acusaba María.

Yo solo les decía que esa actividad entre ambas era algo sin ningún sentido. Que dejaran eso en manos de la policía y que yo no quería saber nada sobre un tema que me ponía sumamente nerviosa.

Pero era imposible con ellas.

—Dicen que ya son cinco personas desaparecidas —mencionó Isabel cruzando los pies sobre la silla mientras sacaba su esfero de unicornio azul para anotar la lección de la clase de North American Culture and Literature con un profesor bastante querido por los alumnos puesto que era una persona que nunca se guardaba las cosas y siempre las decía sin pelos en la lengua.

Una sinceridad que todos deberíamos apreciar en días como estos.

No dije nada y ambas siguieron hablando del mismo tema.

No podía decir nada.

Porque yo sabía algo que ellas no sabían. Sabía que ese lugar no era solo un sitio peligroso en ese momento.

Era un cementerio en movimiento.

—Mi mamá no quiere que pase cerca del caño —habló María mirando a su derecha buscando algo sobre el escritorio (la mano de Pablo) como si no recordara que su novio había cogido un resfriado y no había ido a clases ese día.

Seguramente porque pasaban tanto tiempo juntos que ya no recordaban que tienen una vida por separado.

—La policía estuvo en el caño esta mañana. Dijeron que ya van 5 personas desaparecidas —comentó Isabel y yo levanté la cabeza de mi cuaderno donde me encontraba garabateando un par de flores en la parte de atrás y luego sentí un escalofrío.

Cinco.

Cinco vidas.

Cinco personas que nunca volverían a casa. Personas con historias interrumpidas. Con finales sin cierre.

Hice la lista de crímenes en mi cabeza: la señora con la que inició todo, el joven de la maleta que llegaba tarde, la muchacha de enfermería, el guarda de seguridad y la profesora Emily.

Y lastimosamente. En todos los casos. Yo había estado ahí, de alguna u otra manera.

El profesor Andrés entró al salón 205 de la sección de salones que llamábamos “el edificio blanco” ubicado en la sede principal de la universidad. Intenté ignorar el ruido a mi alrededor, ya que me encontraba terminando la tarea de la clase que consistía en un pequeño mapa en el que debía señalar los lugares claves donde se desarrollaba el libro “Las Aventuras de Tom Sawyer”.

El río Mississippi era el que yo estaba coloreando.

Pero cuando levanté la cabeza, el profesor había salido del salón y se encontraba hablando con alguien en la puerta del aula.

Un hombre que no pertenecía a la universidad.

Un hombre con el uniforme verde fosforescente tan reconocido de la policía nacional de Colombia. Con una postura rígida y una mirada atenta a los movimientos de todos.

Cuando levanté la mirada, nuestros ojos se cruzaron por un segundo aún a la distancia que estábamos y yo sentí algo extraño. Como si me estuviera observando demasiado, exclusivamente a mí.

María tomó una de mis manos entre las suyas. Por alguna razón había identificado que la necesitaba y yo suspiré apretando su mano de vuelta.

—Tenemos visita.

Apreté los dientes. Ella sabía que los policías me ponían muy nerviosa desde que el último con el que había hablado solo me había dicho que lo sentía mucho, pero que mi padre había muerto por una puñalada en el cuello por parte de un horrible ladrón y que yo debía ir a la comisaría a recoger sus pertenencias con mamá.

—Ya lo vi.

—Interesante, ¿verdad? —agregó Isabel para intentar aligerar el ambiente y llenar el vacío entre las 3. Pero solo produjo el efecto contrario y hizo que el vacío se intensificara.




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