Aprendí a No Gritar

Capítulo 19 "Interrogatorio"

El pasillo estaba casi vacío.

El hombre del brillante uniforme verde caminaba a mi lado con paso tranquilo. Preguntando sobre la universidad y sobre mis notas para tratar de aliviar la tensión que podía sentir en el aire con una conversación normal. Preguntas fáciles de responder, algo de todos los días.

Pero para mí cada segundo era una amenaza y un peligro constante de mi vida y de mi integridad emocional.

Sentía el cosquilleo constante en el oído porque él estaba escuchando cada palabra que decía, que decíamos ambos.

Llegamos a una pequeña oficina al final del pasillo. La oficina de Iniciativas Globales estaba totalmente vacía ya que la mujer que siempre estaba en ese lugar se encontraba libre de trabajo en su licencia por maternidad y no vieron muy importante encontrar un reemplazo mientras ella regresaba.

Así que ahora solo era una oficina vacía.

El oficial abrió la puerta y me hizo una seña para entrar.

—Siéntate.

La oficina era simple.

Una mesa.

Dos sillas.

Una ventana pequeña.

Me senté frente a él, en la silla del lado de la ventana. Para mirar por la ventana en caso de que necesitara de ese calmante natural para no dejar que me derrotara el pánico.

Mis manos estaban congeladas, casi me costaba mover los dedos. Me llevé las manos entrelazadas a los labios y soplé aliento caliente en ellas antes de empezar a frotarlas con ligereza a ver si conseguían entrar en calor.

El cosquilleo apareció otra vez.

—Esto va a ser interesante.

Ignoré su voz en mi cabeza.

El hombre apoyó un pequeño cuaderno sobre la mesa.

—Celeste, ¿verdad?

Asentí.

—Solo quiero hablar contigo sobre algo que ocurrió hace un par de meses. Claramente no hemos dejado de buscar hasta encontrar respuestas de lo que realmente pasó ese día con la señora Dahian.

Entonces así se llamaba.

Sabía exactamente de lo que estaba hablando, pero aún así pregunté:

—¿Sobre qué?

El oficial me observó con atención. Analizándome. Midiendo cada palabra que esbozaba.

—Sobre el día que una mujer desapareció cerca del caño.

Sentí que el aire se volvía más pesado y luego nos sumergimos en un silencio profundo hasta que él nuevamente, al ver que yo no decía absolutamente nada, tomó la pelota del habla.

—Sabemos que estabas ahí.

Mis manos empezaron a temblar por debajo de la mesa por lo que me llevé ambas manos a los bolsillos del abrigo para que él no se diera cuenta de mi repentino ataque de ansiedad.

—Yo… yo no vi nada.

El cosquilleo apareció seguido de su voz.

—Cuidado con lo que dices.

Tragué saliva.

—Yo estaba caminando por ahí, efectivamente —dije—, pero por la calle de enfrente, la del otro colegio. No por la calle del caño, que es donde tengo entendido que la mujer desapareció.

El uniformado anotó algo en su libreta.

—Curioso, porque tenemos a otra persona que afirma que tú estabas ahí. No en la calle de enfrente, ahí.

Silencio.

Mi corazón latía con fuerza y mi estómago se recogió con una contracción tan fuerte que casi me hizo vomitar, sentía el sabor del ácido estomacal en mis papilas gustativas, pero no podía tomar agua de mi famosa botella porque la había dejado en el aula y si se la pedía agua a él, sabría perfectamente que estaba nerviosa, que algo iba mal y que yo estaba ocultando información.

—Ese testigo dijo que vio a una chica —continuó el hombre—. Que parecía… alterada. Dijo también que intentó hablarle… pero que ella solo actuó de forma extraña antes de entrar en la universidad como si estuviera huyendo de algo.

—No sé nada.

El dolor apareció en mi oído.

Fuerte pero breve.

—Buena respuesta.

El oficial levantó la mirada.

—¿Estás segura? No estoy aquí para acusarte —mentira—, solo necesito saber si estás en peligro.

El aire se quedó atrapado en mis pulmones…

—Sí… —respiré profundo— si estuviera en peligro. Ya habría llamado a la policía, ya lo habría llamado.

Me observó unos segundos más, pero luego el hombre al frente mío entrecerró los ojos con frustración.

—Entonces explícame algo.

Pausa.

—¿Por qué cada vez que menciono ese día… dejas de respirar?

Sentí que mi pecho se tensaba y el pánico subía como una ola.

—No es cierto.

—Lo es.

—No recuerdo mucho ese día simplemente —agregué casi atropellando las palabras—. Iba tarde a clase. No tenía tiempo para detenerme y prestar atención a lo que sea que estuviera pasando.

La lluvia golpeaba más fuerte las ventanas, podría apostar que había empezado a granizar y eso solo creaba un panorama más intenso y insoportable.

—Celeste —dijo mi nombre suavemente.

Y por un segundo…

Solo por un segundo… sentí que podía decirlo todo y que el imponente hombre frente a mí podría ayudarme.

Pensé en el caño, en Óscar, en las otras muertes que no sabía si también estarían investigando, en el dispositivo en mi oído.

Abrí la boca para decir algo.

—Yo…

Un dolor agudo y brutal me traspasó y el sonido en mi oído fue tan insoportable que tuve que llevarme la mano a la cabeza y cerrar los ojos para procesar el dolor sin llorar.

—¿Estás bien? —preguntó el detective preocupado.

—Sí… solo… dolor de cabeza. Migraña, la heredé de mi madre. Siempre se activa en días tan fríos como hoy.

Mentí como siempre, como si fuera algo normal desde que empezó mi nueva y horrible vida. Luego me llevé los dedos a la frente, masajeando, para fingir que aliviaba un dolor que realmente no venía de ahí.

El hombre entrecerró ligeramente los ojos y cambió la pregunta.

—¿Nadie sospechoso caminando por el mismo lugar?

—No.

El cosquilleo no se detuvo, pero fue menos fuerte.

—Muy bien, Celeste.

El oficial cerró el cuaderno por un momento.

—Hay algo más.

Mi respiración se volvió irregular.

—La profesora Emily.




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