Aprendí a No Gritar

Capítulo 20 "Primera Sospechosa"

Intenté volver a mi rutina del resto del día. Entrar a las clases, tomar apuntes. Incluso respondí una pregunta del profesor de la última clase del día, y eso era algo que hace rato no hacía.

Pero mi mente no estaba ahí. Estaba ausente, como lo había estado ya durante meses. Perdida en esa pequeña oficina. En la mirada del oficial Ángel y en la forma en que me observaba. Como si supiera que algo no encajaba, y tenía la completa razón de estarlo porque eso significaba que era inteligente.

Pero yo no podía confirmarselo, por más que quisiera hacerlo.

Cuando terminó la clase, recogí mis cosas rápidamente y salí sin esperar a nadie. Solo les dije a Isabel y María que mamá me necesitaba urgentemente en casa para recibir unos arreglos de ropa de la señora Antonia, la costurera predilecta de mamá y una amiga cercana de ella.

Tenía todas las intenciones de salir y tomar el primer bus que pasara, aunque me tocara transbordar las tres veces que la tarjeta personalizada me lo permitía.

Solo quería salir de ahí.

Cuando llegué al último pasillo que daba a la salida de la universidad, alguien estaba esperándome.

Era el oficial Ángel.

Apoyado contra la pared, con la pistola de seguridad a un costado y el bolillo de madera en el otro.

Mi corazón se tensó casi de inmediato.

—Celeste.

Intenté mantener la calma, pero era una lucha excesivamente difícil contra el descontrol emocional de mi cuerpo.

—Pensé que ya habíamos terminado con las preguntas —tragué saliva con fuerza porque mi voz sonaba excesivamente apagada.

Él asintió ligeramente y me miró con una sonrisa ladina.

—Y terminamos —hizo una pausa y yo lo miré de soslayo y luego clavé mis ojos en el enorme tatuaje de su cuello—. Pero hay algo que me está molestando.

Sentí que mis manos empezaban a enfriarse y mi estómago daba vueltas nerviosas.

—¿Qué cosa?

El uniformado se cruzó de brazos.

—Tus respuestas.

Mi respiración se volvió más pesada y yo sorbí por la nariz con poca decencia.

—¿Qué tienen?

—Son demasiado… perfectas.

Sentí un pequeño cosquilleo en el oído.

No fue dolor, fue una advertencia.

—Cuidado.

Ignoré la voz en mi cabeza y seguí mirando fijamente al oficial a los ojos, lo cual me costaba sobremanera. Siempre había detestado el contacto visual, pero era la única opción para verme segura y que sonara real lo que estaba afirmando.

—No entiendo.

El hombre dio un paso más cerca de mi cuerpo y yo di dos pasos hacia atrás.

—Las personas que presencian algo traumático suelen recordar detalles.

Miré al suelo un momento y luego fingí que sacaba mi celular y revisaba la hora en él antes de volver a guardarlo en el sostén de mi pecho.

—Yo no vi nada.

—Exacto.

Levanté la mirada nuevamente, sin entender.

—Eso es lo que dices.

El silencio entre nosotros se volvió incómodo, tenso, casi afilado.

Luego el oficial suspiró y yo lo imité.

—Celeste. No estoy diciendo que hiciste algo malo.

Sentí que mi corazón se aceleraba, porque había una pequeña parte de mí que ya empezaba a aceptar que para ese momento yo era casi tan culpable como él de todos esos asesinatos.

—Pero creo que sabes algo.

Su voz interrumpió mis pensamientos y luego el cosquilleo apareció otra vez. Mucho más fuerte, seguido de su voz del otro lado.

—No digas nada.

Mis manos empezaron a temblar y mi respiración se volvió pesada.

—No sé nada.

El hombre me observó durante varios segundos y luego dijo algo que me sorprendió.

—No creo que seas parte de esto.

Parpadeé desentendida.

—¿Qué?

—Creo que estás asustada.

Mi garganta se cerró en confirmación.

—No…

—Sí.

Su voz era tranquila, casi amable, como la de un padre que sabe que cometiste un error, pero está esperando pacientemente a que lo aceptes.

—La gente asustada suele guardar secretos. Es algo que he aprendido durante todos estos años involucrado en esto.

Sentí el dispositivo vibrar en mi oído, cada vez más fuerte.

—Termina esta conversación, ahora.

El enorme oficial sacó una pequeña tarjeta de su bolsillo y la puso en mi mano temblorosa. Lo miré fijamente, preparada para irme.

Podría jurar que solo era un poco más bajo que Óscar en estatura.

—Si alguna vez quieres hablar…

Miré la tarjeta sobre mis dedos. Tenía su nombre y su número de celular en el pequeño pedazo de cartón.

—Puedes llamarme.

El cosquilleo volvió y yo me rasqué la cabeza para distraer el dolor.

—Rompe esa tarjeta.

El uniformado me observaba con atención y yo solo podía obligarme a respirar para no desmayarme ahí mismo. Por la tensión de la conversación y el horrible pitido en mi oído.

—A veces las personas creen que están atrapadas —levanté la mirada lentamente para mirarlo con atención. Casi con los ojos cristalizados por el dolor del dispositivo en mi oído—. Pero siempre hay una salida.

El dolor se intensificó en mi oído, fuerte y agudo. Tuve que apretar los dientes para no demostrar el dolor que sentía y ser más obvia.

—Recuerda eso —dijo el hombre.

Luego se alejó por el pasillo y yo se lo agradecí internamente porque el dolor se detuvo justo cuando él se alejó hasta llegar al estacionamiento. Seguramente por su moto de policía.

Me quedé sola a la mitad del pasillo, mirando la tarjeta entre mis dedos.

Luego el cosquilleo volvió. Esta vez acompañado de una voz muy fría del otro lado.

—Tírala.

Mis dedos temblaban.

—Ahora.

Miré el número otra vez como una posible salida, tratando de memorizarlo en esos pocos segundos.

Tal vez porque era la única salida que tenía.

—Celeste.

El dolor volvió nuevamente más fuerte, cada vez peor, pero era como si mi cabeza se hubiera acostumbrado a sufrir y ya no reaccionara de la misma manera.

—Te estoy mirando.




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