—Tírala ahora mismo —ordenó y yo obedecí arrojando la tarjeta a la basura más cercana.
Luego me empujó hasta la salida de la universidad y se alejó caminando lentamente mientras yo esperaba el SITP que me llevaría a mi casa.
La única salida que tenía había quedado en el contenedor de esa basura y no podía hacer nada para recuperarla. El bus que me llevaba a mi casa se detuvo y tuve que abordarlo bajo la atenta mirada de Óscar desde la distancia de una cuadra.
Cuando llegué a la tercera parada, corrí rápidamente de regreso a la universidad.
Aunque estuviera a casi 30 minutos de distancia a pie.
Tenía que recuperarla.
Corrí en la dirección opuesta a todos los demás estudiantes caminando hacia el portal Suba. Rogando que la tarjeta siguiera en la basura cuando regresara.
Al llegar a la universidad, entré sigilosamente mirando a todas direcciones posibles. Suplicando que Óscar no estuviera listo para castigar mi negligencia, o peor aún, estuviera listo para matarme.
Abrí la caneca de la basura y como si el universo hubiera conspirado a mi favor al fin. Era la única cosa allí.
Aunque para ser honesta, no es muy usual arrojar basura en la caneca roja ya que la mayoría de los mortales normales no sabemos reciclar o igualmente nos parece algo completamente irrelevante. Y ahora que lo pienso mientras escribo. Eso es bastante desolador por un mundo cada vez más destruido.
Guardé la tarjeta en el bolsillo de mi chaqueta con adoración, como si fuera el papel más frágil del mundo.
El trayecto en bus hasta mi casa pasó lento, demasiado lento.
Cada vez que sentía el cosquilleo en mi oído pensaba que él iba a decir algo, que había descubierto mi desobediencia.
Pero no pasó nada, no dijo absolutamente nada.
Y el silencio cuando venía de él, siempre era peor que cuando hablaba.
Mucho peor.
Cuando finalmente llegué a casa, mi mente seguía dando vueltas.
El número del oficial de policía seguía en mi bolsillo.
Mi salida.
Tal vez la única que tenía.
Entré a mi habitación y cerré la puerta. Mi casa estaba en completo silencio porque mamá estaba trabajando y la señora Antonia pasaría más tarde a traer las costuras de mamá.
Saqué la tarjeta lentamente.
El nombre completo de Ángel estaba escrito en letras negras junto con su cargo dentro del equipo de la policía.
Debajo, el número.
Sentí que el corazón empezaba a latir más rápido con sus palabras en una retahíla constante en mi cabeza.
“Si alguna vez quieres hablar… puedes llamarme”.
Sus palabras volvieron a mi mente como una alabanza de rescate.
Miré mi teléfono, luego la tarjeta y finalmente el teléfono otra vez.
El cosquilleo apareció y mi cuerpo se congeló casi de inmediato.
Esperé su voz, pero no llegó nada.
Solo silencio.
Respiré lentamente.
Tal vez… tal vez no estaba escuchando ahora.
Tomé el teléfono y marqué el número que tenía la tarjeta.
Cada tono se sentía eterno.
Uno.
Dos.
Tres.
Entonces alguien contestó. Justo cuando creí que sonaría la mujer de la contestadora de Claro, ya que era el operador que la mayoría utilizaba.
—¿Hola?
Era la voz del oficial de policía.
Mi garganta se cerró antes de escucharlo de nuevo.
—¿Quién habla?
Miré la puerta de mi habitación y el silencio seguía inundando la casa.
—Celeste —susurré.
Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea. Seguido por una pequeña exhalación de sorpresa.
—Me preguntaba si llamarías.
Sentí que mi respiración se aceleraba.
—No tengo mucho tiempo.
—Está bien —su voz se volvió más seria—. ¿Qué quieres decirme?
Miré nuevamente la puerta como si él fuera a entrar por ella. Preparado con su inigualable navaja de bolsillo para matarme.
—Él…
Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
—¿Quién?
Tragué saliva porque siempre me costaba articular esa palabra.
—El asesino.
El silencio del otro lado fue inmediato.
—Celeste…
—No puedo hablar mucho —susurré—. Él puede escucharme.
—¿Quién?
Mis manos empezaron a temblar y yo me mordí un labio con fuerza, arrancándole un trozo de piel seca a mi boca hasta que sentí el sabor de mi sangre en la lengua y el ardor que había dejado la piel desprendida.
—Tiene algo en mi cabeza. Algo con lo que puede controlarme.
El hombre no respondió nada durante unos segundos que casi me parecieron una eternidad.
—¿Un dispositivo?
—Sí.
Mi respiración se volvió irregular.
—Él escucha todo lo que digo.
El silencio al otro lado de la línea se volvió pesado. Luego el oficial Ángel habló muy despacio.
—Celeste… Necesito que mantengas la calma.
—No puedo —sentí que estaba a punto de tener otro ataque de pánico.
—Escúchame.
Apreté el teléfono con fuerza contra mi oído. Como si fuera mi único salvavidas antes de caer dentro del pozo sin fondo.
—Si lo que dices es verdad… —pausa— estás en un grave peligro.
Sentí que las lágrimas empezaban a acumularse en mis ojos y solo podía imaginar el dolor que sentiría mientras él me asesinaba.
—Lo sé.
—Necesito que me digas dónde estás.
De repente… el cosquilleo volvió.
Pero esta vez no era suave, fue doloroso y agudo.
El teléfono casi se me cae de las manos y yo tuve que ahogar un grito tapando mi boca para no aturdir al receptor del otro lado de la línea.
—Celeste —dijo Ángel a lo lejos. Casi no podía escuchar sus palabras ya que no había activado el altavoz—. ¿Qué pasa?
El dolor se volvió más fuerte.
Y entonces escuché la voz a la que más le temía en la vida dentro de mi oído.
Fría y furiosa.
—¿Con quién estás hablando?
Mi sangre se congeló y sentía como si mi cerebro hubiera frenado su funcionamiento normal.
—Celeste —repitió el oficial con tono preocupado—. ¿Qué está pasando?
#272 en Thriller
#363 en Detective
#329 en Novela negra
asesinatos, secretos oscuros y misterio, crimen detectives investigacion
Editado: 31.10.2026