No podía dormir, y no porque me había forzado a meterme a la cama a las 7 de la noche y esa era una hora increíblemente temprano para dejar la vida diurna, sino eres un infante de 6 años.
Después de la llamada. Cada sonido de la casa y de afuera de ella, me hacía saltar.
Un carro pasando.
El viento moviendo las ramas.
El crujido de las personas en el piso de arriba.
Todo parecía anunciar lo mismo.
Y así era.
Estamos llegando a las últimas páginas de esta historia, querido lector. Aunque desafortunadamente, yo no soy Lady Whistledown y esta no es una historia de romance de época.
Mi corazón latía tan fuerte que sentía cada golpe en el pecho.
Sabía lo que había dicho.
Sabía lo que significaba.
Y lo peor de todo… sabía que él también lo sabía. Sabía que lo había traicionado.
El cosquilleo en mi oído no volvió y eso me asustaba todavía más. Porque como ya lo había escrito varias veces antes; cuando él estaba en silencio un momento. Era cuando algo terrible estaba por pasar. Algo todavía peor que lo primero de la lista de atrocidades.
Pasaron diez minutos.
Luego veinte.
Luego treinta.
Intenté convencerme de que tal vez no vendría. Dando vueltas en la cama una y otra vez.
Tal vez estaba demasiado lejos para llegar a mi casa.
Tal vez solo quería asustarme y esa noche solo planearía mi castigo del día siguiente.
Lo subestimé.
Un grave error de mi parte.
Escuché algo.
Un golpe suave.
Un golpe desde la puerta principal de mi casa.
Mi cuerpo se congeló y luego se escuchó otro golpe mucho más fuerte que el primero.
—Celeste, estoy en el baño —era la voz de mi madre amortiguada por la puerta cerrada—. ¿Sigues despierta? ¿Puedes abrir la puerta?
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
No.
No podía ser.
No podía ser él, tenía que ser alguien más.
Mis piernas se movieron solas hacia el pasillo de una manera agónicamente lenta.
Cada paso se sentía pesado.
Muy pesado.
Ni siquiera me había quitado la vieja sudadera del colegio que usaba de pijama ni la horrible y amarilla camisa que había usado en los Juegos Olímpicos del 2017.
Cuando llegué a la sala, después de lo que resultó una eternidad, mi madre me había alcanzado y ya estaba cerca de la puerta.
—Debe ser alguien del conjunto —dijo distraída, mirando con dirección a la televisión de la sala que ella había dejado encendida en ese canal de noticias en vivo, «El Tiempo TV».
Quise detenerla.
Quise decir algo.
Pero mi voz no abandonó mis labios.
Ella abrió la puerta y ahí estaba él.
De pie, del otro lado.
Con la misma chaqueta negra. Pero esta vez traía una sudadera del mismo color, al igual que los tenis. Y su cabello, en vez de estar prolijamente arreglado como siempre, estaba cubierto con una gorra genérica de la LA, que eran las siglas de Los Ángeles.
Con la misma expresión tranquila de siempre que casi no usaba conmigo, pero perfectamente había trabajado para mostrarla en frente a los demás.
Parecía una visita normal.
—Buenas noches —saludó con una sonrisa amable mientras sacaba las manos de los bolsillos y se recostaba ligeramente en la entrada.
Mi madre lo miró con curiosidad.
—Buenas noches.
Él señaló hacia mi dirección.
—Soy Óscar, un compañero de la universidad de Celeste.
Sentí que mi estómago se hundía.
—Disculpe la hora. Pero mañana tendremos un examen importante y vine a traerle los apuntes que ella me pidió. Aprovechando que hoy me estoy quedando cerca, en la casa de mi padre.
Mi madre sonrió.
—Qué amable.
Luego me miró y mis manos empezaron a temblar mientras mis ojos no dejaban de aletear discretamente.
—Sí…
Él dio un paso dentro de la casa y cerró la puerta lentamente detrás de él con su teléfono celular entre las manos.
Luego el cosquilleo apareció en mi oído.
—No digas nada extraño.
Mi madre caminó hacia la cocina y yo no tuve otra opción que guiarlo hasta el final del largo pasillo hasta mi habitación. Para evitar que mamá escuchara nuestra horrible conversacion compartida.
—Les traeré algo de beber.
En cuanto ella desapareció por el pasillo rumbo a la cocina, su sonrisa hizo lo mismo y yo caí bruscamente en la cama.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Fríos y peligrosos.
—Intentaste traicionarme.
Susurró las palabras apenas moviendo los labios.
—No…
El dolor apareció en mi oído, no muy fuerte.
Pero lo suficiente para silenciarme.
—No mientas.
Mis manos temblaban.
—Solo…
—Llamaste al oficial de policía —acusó completamente enojado.
Mi sangre se congeló y el silencio se volvió pesado entre nosotros.
—Pensé que habíamos llegado a un acuerdo —continuó sin cambiar el tono de voz.
Sentí lágrimas acumulándose en mis ojos.
—Estoy cansada…
Su mirada cambió un poco, pero nunca dejó de ser fría.
—¿Cansada?
Asentí.
—No puedo seguir viviendo así. No puedo cargar con todo esto con lo que tú cargas.
Durante unos segundos no dijo nada. Solo me observó fijamente, como si estuviera pensando algo.
Luego sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa, una sonrisa diferente.
Más oscura.
—Entonces vamos a hacer algo.
Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda.
—¿Qué cosa?
Él inclinó ligeramente la cabeza apoyando sus dedos abiertos sobre sus labios con gesto pensativo.
—Vamos a hacer una última prueba.
—¿Una prueba?
Sus ojos se movieron hacia la cocina donde mi madre estaba preparando algo sin saber lo que pasaba en mi habitación.
Probablemente un tinto. Lo que era nuestro recordatorio de papá mientras vivía. Esa era su bebida favorita antes de ser eliminado de nuestro mundo.
Luego volvió a mirarme y luego miró la foto de papá y yo enmarcada sobre mi mesa de noche.
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Editado: 31.10.2026