Aprendí a No Gritar

Capítulo 23 "La Decisión Final"

Mamá dejó los vasos sobre mi escritorio donde estaba mi computador con una amplia sonrisa. El olor a tinto fue tan intenso que no pude evitar imaginar a papá llegando hasta mi cama con una segunda taza del café negro para mí o entrar a la cocina y que el olor a tinto recién preparado me envolviera.

Cuando papá estaba vivo, el olor a café era una constante en mi casa. Ahora ese olor se ha reducido, pero afortunadamente no se ha extinguido con la ayuda de mi madre.

—Aquí tienen —dijo sonriendo.

Intenté sonreír también, pero mi rostro apenas respondió la orden de mi cerebro.

Óscar tomó uno de los vasos con total calma. Como si realmente fuera solo un amigo de la universidad y estuviéramos teniendo un encuentro de compañeros totalmente normal y que casi podría ser gratificante en condiciones más normales que obviamente no vendrían de él.

Sopló sobre la taza con ligereza y luego se llevó el líquido caliente a los labios.

Ojalá se hubiera quemado con el contenido ahora que rememoro esto.

—Gracias, señora Isabella.

Mi madre asintió y yo lo miré de reojo porque conocía el nombre de mi madre sin que yo no lo hubiera mencionado nunca en su presencia. Aunque ese fue un pensamiento estúpido de mi parte.

Él lo sabía todo. Podría apostar que incluso conocía el nombre de mi difunto padre y eso que nunca se lo dije ni lo escribiré aquí porque duele demasiado todavía.

—Los dejaré estudiar tranquilos.

Caminó hacia el pasillo con ligereza. Cada paso que daba hacía que mi corazón se tensara más al imaginar que estábamos encerradas con un asesino y que en cualquier momento podría hacer algo de lo que obviamente no se arrepentiría nunca.

Algo que sería absolutamente fácil para él.

Matarnos a ambas y salir de la casa como si nada pasara. O bien podría salir por la ventana de igual manera. La distancia del segundo piso de mi conjunto hacia abajo era bastante corta.

Siempre que pensaba en un posible apocalipsis zombi, esa era mi primera salida para evitar que me mordieran o me arrancaran el rostro.

Cuando mamá desapareció en su habitación y cerró la puerta, el silencio volvió súbitamente.

Él dejó el vaso sobre la mesa con una parte del contenido sin beber. Cerró la puerta y luego se inclinó ligeramente hacia mí, que estaba de pie, completamente plantada contra la ventana y la cortina cerrada.

—Ahora sí podemos hablar con mayor libertad.

Mi respiración se volvió pesada y casi podría apostar que la taza humeante sobre mis manos estaba a punto de caer al suelo por el constante temblor de mis dedos.

—Por favor…

—No empieces con eso.

Su voz era tranquila, pero totalmente fría.

—Sabes que las súplicas no cambian nada, Celeste.

Miré hacia el pasillo, hacia el cuarto donde mi madre estaba completamente ajena a todo. Completamente ajena al peligro inminente en el que estábamos en ese momento. Con un hombre que a simple vista nunca parecería peligroso.

Aunque suene loco, muy pocos tuvimos la oportunidad de conocer esa segunda faceta tan suya. A simple vista, era una persona completamente normal.

—Déjala fuera de esto.

Él sonrió.

—Eso depende de ti.

Sentí que el miedo volvía a cerrar mi pecho, por lo que tuve que dejar la taza sin un solo sorbo dado sobre mi escritorio.

—¿Qué quieres?

Él sacó su teléfono y lo encendió. Luego giró la pantalla hacia mí y yo pude ver las tétricas imágenes del otro lado.

En la imagen había una cámara en vivo que probablemente estaba siendo activada por Daniel. Aunque no estaba completamente segura de ello.

Reconocí el lugar inmediatamente.

El caño.

El mismo lugar donde todo había comenzado, donde mi pesadilla diaria había suscitado.

Una figura masculina estaba atada cerca del borde del mismo.

No podía ver bien su rostro, pero sabía lo que significaba.

Otra víctima.

—¿Quién es? —susurré.

—Eso no importa —su voz era fría y despreocupada—. Lo importante es lo que vas a hacer ahora para que al fin terminemos con nuestro juego.

Mi garganta se cerró, pero la pequeña esperanza de que todo terminara, casi se llevó mi primera reacción por goleada. El pensamiento de la libertad, el pensamiento de que todo terminara casi parecía iluminar mi cabeza y transparentar mi rostro.

Casi.

Qué estúpida e ingenua era.

Tendría que pagar un precio demasiado alto antes de eso.

Terminar siendo igual que él. Pero ya entenderán de lo que hablo.

—¿Qué cosa?

Apoyó el teléfono sobre la mesa y por un momento rápido pude mirar la hora en él.

8:43 p. m.

—Vas a venir conmigo.

Sentí que mis manos empezaban a temblar.

—¿Para qué?

—Para terminar el juego para ambos. Te lo acabo de decir.

El silencio llenó la habitación. Solamente interrumpido por la otra televisión en el cuarto de mamá, ya que la televisión de la sala ahora estaba apagada.

—¿Y si no voy?

Su sonrisa desapareció lentamente.

Abrió la puerta y sus ojos se movieron hacia el pasillo con atención inusitada.

En dirección a la habitación de mi madre.

—Entonces la persona atada al caño no será la única que muera esta noche.

El miedo me atravesó como un cuchillo con el pensamiento aterrador de que esta vez sería la vida de mi madre extinguiéndose de la vida la que yo vería en el piso de concreto. Yo como la testigo siempre renuente, pero que no se atrevía a hacer nada.

Nunca hice nada.

—No…

—Tu madre está muy cerca.

Mis lágrimas comenzaron a caer sin que hubiera fuerza humana que me ayudara a prevenir los sollozos agudos que salían de mi garganta.

—Por favor…

Él se levantó lentamente de mi cama, se terminó lo que quedaba de tinto de un sorbo y luego caminó hasta invadir casi por completo mi espacio personal.

—Te lo dije, Celeste.

Se acercó un paso más, por lo que pude sentir su respiración caliente en mi rostro y el olor a tinto saliendo de su boca.




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