Aprendí a No Gritar

Capítulo 24 "Nivel Final"

No recuerdo exactamente en qué momento decidí aceptar. Tal vez en el momento en que miré hacia el pasillo y pensé en mi madre y imaginé lo mucho que me dolería perderla a ella también.

Tal vez cuando vi la imagen de la cámara en el teléfono con la figura misteriosa atada.

Moviéndose débilmente mientras la hipotermia lo consumía lentamente en una noche tan helada como lo estaba ese día.

Tal vez porque yo y mi complejo de salvadora creían que podría salvarlo.

O tal vez porque entendí que ya no tenía otra opción.

—Voy contigo —susurré apretando los ojos para no llorar.

Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa.

—Sabía que tomarías la decisión correcta.

Sentí que el estómago se me retorcía en protesta cuando terminé de beber el líquido caliente de mi taza. El cual no estaba lo suficientemente frío y casi me quemó la boca en el proceso.

—Pero si le haces algo a mi madre…

Él levantó una mano en señal de rendición.

—Tranquila.

Su tono volvió a ser casi amable, casi normal y sensato.

—Mientras sigas las reglas. La señora Isa estará perfectamente bien, te doy mi palabra.

Miré una última vez hacia el pasillo. La puerta de la habitación de mi madre estaba cerrada y yo podía escuchar claramente sus medio ronquidos tranquilos inundando el lugar.

Quise ir a verla.

Quise abrazarla.

Tal vez una parte pequeña y desoladora de mí creía que sería la última vez que envolvería a mi mamá en un abrazo. La última vez que nuestros collares de imán con el yin y el yang se unían.

Pero sabía que no podía hacerlo o se despertaría. Y yo no sabría cómo explicar que a esas altas horas de la noche tenía que salir a la calle y dejarla sola para salvarla.

—Vamos —dijo él.

Tomé la primera chaqueta que encontré, me amarré el cabello con una coleta mal hecha y ambos salimos de la casa en silencio y con la noche completamente fría del otro lado de la puerta. El aire parecía más pesado de lo normal. Como si una tensión constante nos aplastara y casi me provocaba dolor de cabeza.

Subimos a su coche. No era la camioneta negra del otro día. Era un vehículo completamente normal, con placas al día y nada sospechoso a simple vista.

Durante todo el trayecto no dijo una sola palabra. Las luces de la ciudad pasaban frente a la ventana como sombras borrosas y mi mente no dejaba de pensar en el oficial de policía.

En la llamada.

En todo lo que había pasado desde aquel día en el caño hasta mi horrible presente.

Todo había empezado ahí.

Y ahora… todo iba a terminar ahí de la misma manera.

Después de casi dos horas, el coche se detuvo y yo reconocí el lugar inmediatamente. Ese panorama tan conocido que me encantaría no identificar tan bien.

Aunque esa parte del caño no era la misma en la que había empezado todo exclusivamente. Era otra parte del caño todavía más profundo, a un par de cuadras de distancia de la universidad, justo al lado del conjunto donde vivía el guarda de seguridad que él había asesinado.

El caño tenía el mismo olor húmedo, pero no de mal gusto como el de una alcantarilla real o el río Bogotá cuando pasas por el lado.

El mismo silencio oscuro y que se había incrementado casi en un 100 % debido a la hora y el 0 % del tráfico por la misma razón. No habría ningún alma pasando por ahí casi a las 11 de la noche, solo nosotros dos y la figura atada.

Nadie está tan loco.

Bueno, en realidad eso no es del todo cierto.

Miré mi celular.

10:38 p. m.

Bajé del coche lentamente y noté de inmediato que estaba lloviznando. Caminamos hasta el final de la cuadra, a un espacio deshabitado en el que solo se veía pasar los buses del SITP cuando estos hacían desvíos. De resto, era un lugar completamente deshabitado y oculto de la civilización.

Mi corazón latía con fuerza y el frío que sentía casi me hacía castañear los dientes, llenando el lugar con un vaho anormal. Un vaho que casi podría pasar como una bocanada de humo real producido por un cigarrillo.

Afortunadamente, yo nunca había sido parte del porcentaje de fumadores del país.

—Está por aquí —dijo él.

Caminamos un poco más por el sendero de tierra lodosa, con cada paso sintiéndose más pesado que el anterior y con la lluvia empapando mi ropa lentamente.

Hasta que finalmente la vi.

La figura estaba atada cerca del borde del agua en el tronco de un pequeño árbol.

Una persona con las manos sujetas detrás de la espalda en una posición tan incómoda que casi me produjo dolor con tan solo verla.

La cabeza inclinada hacia adelante. Fijamente posicionada sobre el recorrido del caño calle abajo. Con una chaqueta que no se veía para nada abrigadora y con lo que parecía ser un pantalón de pijama.

Cuando escuchó nuestros pasos, levantó el rostro en una mezcla de alivio y pánico, porque no sabía si yo había venido a rescatarlo o él a matarlo. Aunque las posibilidades se encontraban en un desbalance bastante injusto ahora que lo pienso.

Cuando pude mirar de cerca su rostro, mi sangre se congeló. Reconocí su cara aun bajo la poca luz de la farola pública.

Era el oficial de policía, pero esta vez con ropa de civil. Casi podría pensar que era su ropa para dormir.

El mismo hombre que me había dado la tarjeta.

El mismo que había intentado ayudarme.

—Celeste… —murmuró con dificultad. Demasiado débil por el frío y por el castañeo constante de sus dientes, casi produciéndole algún tipo de fisura en la boca.

Sentí que el mundo se detenía y que mi universo empezaba a avanzar en cámara lenta.

—¿Qué… hiciste?

El asesino soltó una pequeña risa antes de su breve respuesta.

—Oh, vamos.

Se acercó tranquilamente al borde del caño y pateó una pequeña piedra en el agua, la cual desapareció por completo casi de inmediato.

Temblé.

—¿De verdad pensaste que no iba a descubrir quién te estaba ayudando?




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