Aprendí a No Gritar

Capítulo 26 "Recuperando el Control"

Justo después de que cayera a mi lado. Lo empujé nuevamente, por lo que él, por segunda ocasión, colgaba del borde con una mirada salvaje y feroz.

El agua oscura corría debajo de él, golpeando las paredes de concreto con un sonido constante. La mano de Óscar se aferraba al borde del caño, negándose a dejarse ganar sin luchar.

Mi respiración era rápida e irregular.

No podía apartar la mirada. No podía perderme la imagen de cuando él cayera y toda la mierda que había soportado terminara.

Durante un segundo pensé que iba a caer.

Estaba tan segura de que así sería.

Estaba convencida de que el agua lo arrastraría y que todo terminaría ahí.

Por eso no hice nada y perdí mi oportunidad y mi ventaja.

Óscar se impulsó con fuerza y salió por segunda vez del terrible caño bajo mi atenta mirada y la descarga de adrenalina de antes. Ahora dándole cabida al miedo.

Cayó de rodillas sobre el suelo húmedo.

Empapado y respirando con dificultad.

Lentamente levantó la cabeza y sus ojos completamente desorbitados se clavaron en mí.

Nunca lo había visto así.

No estaba tranquilo.

No estaba divertido.

Estaba completamente furioso y quería matarme. Tenía los ojos inyectados en sangre.

—Cometiste un grave error… —dijo con la voz baja y temblorosa por el esfuerzo que había gastado al salir de ese lugar.

Mis piernas temblaban, pero no retrocedí.

—Esto se termina ahora —hablé segura, ubicando mi cuerpo en una posición defensiva. Pasando los cabellos completamente empapados por la lluvia detrás de las orejas en una coleta que ya estaba casi deshecha.

Él se levantó lentamente con otro movimiento rápido.

El agua caía de su ropa.

—Oh, va a terminar, Celeste. Claro que sí.

Dio un paso hacia mí y yo me alejé apenas vi el metal brillante reflejando la luz débil de la luna apenas salió de uno de sus bolsillos. La navaja afianzada completamente en una de sus manos.

—Pero no como tú crees.

Angel seguía atado detrás de mí. Intentaba liberarse, pero las cuerdas eran fuertes, aun con mi ayuda previa.

—¡Celeste! —gritó, sacando fuerzas de donde creí que ya no tenía—. ¡Aléjate de él!

Óscar sonrió y lo miró de soslayo con una sonrisa torcida y cargada de malicia.

—Demasiado tarde para eso.

Mi corazón se detuvo por un segundo. En ese momento la adrenalina había bajado y yo me encontraba completamente aterrada mientras imaginaba los últimos momentos de vida de mi padre antes de que lo apuñalaran a muerte ese día.

Imaginaba su miedo. Y ahora ese miedo me obnubilaba por completo a mí mientras pensaba en mi madre.

No quería terminar igual que mi padre. Aun cuando me moría de ganas de ir a reunirme con él.

No quería dejar a mamá sola.

—Sabía que algún día intentarías algo —dijo con rabia, escupiendo en el suelo algo que parecía sangre. Luego dio otro paso para quedar cada vez más cerca de mí—. Siempre supe que no eras completamente mía, que no estabas completamente comprometida con nuestro juego.

Mis manos temblaban. Quería correr, pero no podía abandonar al hombre que había intentado ayudarme a su suerte.

No era lo suficientemente cruel.

Pero mi mente estaba clara por primera vez en meses.

—Nunca lo fui y nunca lo estuve.

El silencio cayó entre nosotros como una bomba activada con algún tipo de silenciador a mitad de la noche.

Solo el sonido del agua del caño, el agua de lluvia y los movimientos del oficial, aún en la lucha por liberarse y ayudar, eran las cosas que se escuchaban en el espacio abierto.

—Qué lástima —murmuró, recogiendo el celular del suelo lodoso. Abrió la app y empezó la tortura auditiva.

Y entonces se lanzó hacia mí como un animal.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Yo retrocedí y resbalé en la tierra húmeda mientras sentía que mi cabeza empezaba a quejarse por el horrible sonido del dispositivo.

La navaja pasó a milímetros de mi brazo, creando una pequeña línea blanca que poco a poco empezó a colorearse de rojo por la sangre.

Angel gritó algo detrás de mí, pero no entendí sus palabras. En mis oídos solo se podía escuchar un chirrido angustiante debido a la adrenalina y el pánico por llegar a morir, mezclado con el horrible sonido del dispositivo cada vez más fuerte.

Óscar levantó la navaja otra vez.

—Debiste haber obedecido —fueron las palabras que casi no podía distinguir mientras mi cabeza solo empezaba a dar vueltas y mi cuerpo iba perdiendo fuerzas, aun en la lucha por sobrevivir.

Sin pensarlo… metí la mano detrás de mi oreja.

Sentí el pequeño cable.

El mismo que tantas veces había evitado tocar por el dolor.

Lo agarré con fuerza.

—¡Celeste, no! —gritó el policía.

Pero ya era tarde.

Tiré del cable.

El dolor fue inmediato y explosivo.

Un grito escapó de mi garganta y casi me desgarró las cuerdas vocales.

El mundo giró por un segundo.

Pero el cable salió junto con el dispositivo, que conseguí ver por primera vez cuando cayó al suelo lodoso.

Un pequeño auricular extraño era el pequeño objeto que había controlado mi vida durante meses.

El sonido se detuvo y la expresión de Óscar cambió cuando abrí los ojos para mirarlo.

Por primera vez… parecía sorprendido.

—¿Qué hiciste?

Mi respiración era pesada. No sabía en qué momento mi cabeza iba a explotar como él siempre me había dicho que sucedería si me lo quitaba.

Pero no pasó nada.

Me había engañado.

La sangre corría por mi cuello y casi no podía distinguir los sonidos a mi alrededor. Sentía como si estuviera metida dentro de un tubo o estuviera dentro de ese túnel de juguete que había en los parques para el entretenimiento de los más pequeños.

Pero mi cabeza seguía en su lugar y nada había explotado.

Por primera vez en todo ese tiempo… el cosquilleo en mi oído había desaparecido.




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