Aprendí a No Gritar

Capítulo 27 "La Muerte del Monstruo"

La sangre corría por mi cuello lentamente. Podía sentirla deslizarse por mi piel en un recorrido completamente incómodo y tibio; levanté una mano y limpié el rastro de líquido sanguíneo con mis dedos. Cuando bajé la vista, sabía que estaban manchados de rojo, aunque no podía ver claramente por tan poca luz.

Pero ya no importaba.

El dispositivo estaba en el suelo.

Roto e inútil.

Y por primera vez desde que todo había empezado. Desde aquella mañana junto al caño con la mujer desapareciendo bajo el agua. Él ya no podía escucharme. No podía vigilarme. No podía hacerme caer de rodillas con un simple sonido.

Era la dueña de mí misma nuevamente y esa sensación se parecía demasiado a la libertad como para no aferrarme a ella.

Óscar miró los restos del aparato y luego a mí. Sus ojos parecían más oscuros que nunca; no vacíos, como antes, sino llenos de algo más primitivo. Rabia. Miedo. Algo parecido a la desesperación. A la pérdida del control que al parecer lo frustraba.

—Estás loca —murmuró respirando con fuerza y yo apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolieron las muelas.

Había pasado meses creyendo que ese objeto podía volarme la cabeza.

Meses obedeciendo.

Meses soportando su voz dentro de mí. Su sombra encima de cada paso, su olor, sus manos, su crueldad.

Todo por una mentira.

Tal vez en ese momento pensaba más en lo que perdería si moría, en las cosas que dejaría atrás si él me eliminaba.

Pero ahora, la rabia que sentía y el odio acumulado durante meses simplemente me hizo temblar y casi enterrarme las uñas en la piel de mis puños apretados.

—Tal vez —respondí, tragando saliva mezclada con sangre—. Y estás a punto de descubrir qué tanto lo estoy.

Vi cómo sus dedos apretaban la navaja. Su pecho subía y bajaba rápido; incluso él estaba agotado. Tenía barro en la rodilla del pantalón, una raspadura en la ceja y el cabello húmedo pegado a la frente por la lluvia que seguía cayendo en gotas finas.

La navaja brilló en su mano cuando dio un paso hacia mí, pero esta vez no retrocedí. Estaba asustada, completamente aterrorizada, pero no iba a mostrarle esa debilidad que le había mostrado durante tanto tiempo.

Nunca más.

—Pero eso no va a salvarte.

Mi corazón latía con fuerza.

Detrás de mí podía escuchar al oficial de policía todavía luchando. Intentando liberarse de las cuerdas. Su respiración agitada y el sonido del agua chocando contra el pavimento una y otra vez.

—¡Celeste, atrás!

No alcancé a reaccionar.

Óscar se lanzó.

Todo pasó demasiado rápido: vi el brillo metálico de la navaja, sentí el golpe del aire cuando la hoja pasó junto a mí y luego un ardor insoportable en el hombro.

Miré.

Una línea roja empezaba a abrirse bajo mi chaqueta rosada y la sensación de ardor casi me hizo gritar al entrar en contacto con el aire frío de la noche.

La herida no era profunda, pero ardía como fuego.

Pero no grité. Solo me acomodé la chaqueta e ignoré el ardor. No podía darme tiempo para pensar en el dolor, no podía bajar la guardia.

Retrocedí tambaleando y mi talón se hundió en el barro. Perdí el equilibrio y caí de espaldas contra el suelo mojado. El golpe sorpresivo me sacó el aire de los pulmones.

Antes de poder incorporarme, él ya estaba encima de mi cuerpo.

Su rodilla cayó sobre mi abdomen y me dejó sin respiración. Su peso me aplastó y sentí cómo el barro se metía por el cuello de mi camisa de pijama amarilla.

La navaja subió otra vez.

Por un segundo vi mi reflejo en la hoja.

Pálida. Sucia. Sangrando.

Muerta.

Tomé su muñeca con ambas manos y la empujé hacia arriba con toda la fuerza que me quedaba. Sus músculos eran demasiado fuertes. El brazo me temblaba y la hoja descendía milímetro a milímetro más cerca de mi cuerpo.

Podía sentir la punta de la navaja rozando mi garganta.

—Se acabó, Celeste —dijo entre dientes.

Su respiración golpeaba mi cara. Olía a humedad, tierra, sangre y pequeños residuos del tinto que había bebido en mi casa.

Mis brazos empezaron a fallar. El dolor en los hombros y en la segunda herida de mi brazo me atravesó y por un segundo, pensé que iba a perder.

Entonces levanté la rodilla y le di una patada directa en el costado.

Él soltó un gruñido y perdió el equilibrio apenas lo suficiente para que yo saliera de debajo de él.

Mi mente se movió rápido.

Demasiado rápido por ese instinto de supervivencia que incluso los más pequeños siempre van a tener.

Rodé hacia un lado.

La navaja bajó de golpe y se clavó en el barro donde segundos antes estaba mi cuello.

El sonido fue húmedo, espeso, acuoso.

Me levanté como pude. Las piernas me temblaban tanto que por poco y vuelvo a caer.

Óscar me miró con furia y luego arrancó la navaja de la tierra con violencia, por lo que esta quedó cubierta de barro.

Luego se volvió hacia mí.

Su cara ya no tenía nada humano. Parecía un animal herido y descontrolado.

—¡Maldita! —escupió avanzando hacia mí.

Retrocedí hasta sentir el borde del concreto bajo mis talones.

El caño rugía detrás de mí.

El agua corría negra, profunda, golpeando las paredes con fuerza. El mismo sonido que había escuchado aquella primera vez. El mismo que había perseguido mis pesadillas.

Óscar sonrió y yo de inmediato entendí lo que iba a hacer.

Quería empujarme.

Quería que desapareciera igual que todos los demás.

Corrió hacia mí y, cuando estuvo lo bastante cerca, extendió ambas manos para lanzarme.

Esperé un segundo.

Solo uno.

Y me aparté con un movimiento tan rápido que me sorprendió a mí misma. Ya que nunca había sido una persona muy ágil.

Su cuerpo siguió avanzando por la fuerza del impulso. Lo vi perder el equilibrio, girar ligeramente, intentar frenar.

Entonces lo empujé.

Con todo.

Con la rabia, el miedo, cada noche sin dormir, cada muerte que me obligó a presenciar, con cada vez que aprendí a callar por supervivencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.