Los meses pasaron y la confianza entre ellos creció sin palabras. Elara aprendió a leer las señales: cuando las sombras se agitaban con inquietud, significaba que alguien se acercaba con malas intenciones. Cuando se quedaban quietas y profundas, todo estaba en calma.
Un día de invierno, caminando por el sendero que rodeaba el bosque, se encontró con que el camino se había desmoronado parcialmente. Se detuvo justo a tiempo.
—Gracias —dijo en voz baja, sabiendo que él escuchaba.
Las sombras a su alrededor se entrelazaron, como si en respuesta a su gratitud formaran una sonrisa suave.
Pero no todo era paz. En el pueblo, las sospechas crecían. Una tarde, el anciano sacerdote la detuvo en la plaza.
—Elara —dijo con voz grave—, la oscuridad no es amiga de nadie. Lo que te acompaña… no es bueno. Despídete de ello. Antes de que sea demasiado tarde.
Ella lo miró a los ojos, firme.
—No es algo malo. Me protege.
—¿Y cómo sabes que no te está esperando para devorarte? —advirtió él—. Las sombras son traicioneras. No tienen corazón.
Esa noche, Elara estaba inquieta. Las palabras del sacerdote le habían dejado una punzada de duda en el pecho. Se sentó junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad del jardín.
—¿Es verdad lo que dicen? —preguntó al aire—. ¿Eres peligroso? ¿Estoy equivocada al confiar en ti?
Por primera vez, escuchó algo más que un susurro en su mente. Una voz profunda, como el sonido de la lluvia sobre hojas viejas, suave pero con una tristeza infinita:
—El mundo teme lo que no comprende. Yo no te haré daño. Jamás. Si soy algo… soy tuyo.
Las lágrimas se le acumularon en los ojos.
—¿Por qué? ¿Por qué yo?
—Porque antes de que nacieras, ya te conocía. Nuestros destinos están entrelazados desde mucho antes de que cualquiera de nosotros existiera.