No era un monstruo. Era un joven de cabello oscuro como la medianoche, piel pálida como la luna y unos ojos dorados que brillaban con una intensidad que le quitaba el aliento. Estaba herido, temblando, como si sostener su propia forma fuera una tortura constante.
—¿Eres… tú? —susurró ella, acercándose con cautela.
Él levantó la vista, y una sonrisa débil apareció en sus labios.
—Soy yo. Por primera vez en… siempre.
La criatura que los había amenazado rugió de furia y se lanzó hacia ellos. Kael se puso de pie de un salto, y su sombra se alzó detrás de él como alas enormes. No luchó con violencia, sino con la misma calma que siempre lo había caracterizado.
—Vete —dijo, y su voz tenía el peso de toda la oscuridad ancestral—. Este lugar está bajo mi protección. No volverás jamás.
La criatura chilló, y entonces se desvaneció, como si la propia voluntad de Kael fuera suficiente para disolverla.
El silencio regresó al bosque. Solo quedaban ellos dos, bajo las estrellas. Kael se volvió hacia ella, y sus ojos dorados estaban llenos de incertidumbre.
—No sé cuánto tiempo podré mantener esta forma —confesó—. El precio de romper el pacto es alto. Podría desaparecer en cualquier momento. O volver a ser solo sombra para siempre.
Elara dio un paso hacia él.
—Entonces aprovecharemos cada segundo.
Extendió la mano, y esta vez, él la tomó. Sus dedos eran frescos, pero firmes, reales. Kael contuvo el aliento, como si temiera que ella se desvaneciera.
—Nadie me ha tocado en siglos —murmuró.
—Entonces déjame ser la primera —respondió ella, y lo abrazó.
Por un instante, él dudó. Luego, sus brazos rodearon su cintura con una delicadeza conmovedora, como si ella fuera algo demasiado precioso para romper. Y lloró. No de tristeza, sino de alivio. Porque después de una eternidad de soledad, por fin no estaba solo.