A la mañana siguiente, Elara despertó y lo encontró sentado junto a la ventana, mirando el sol con fascinación.
—Solo había visto el amanecer a través de tus ojos —dijo él sin volverse—. Es aún más hermoso en persona.
—¿Cómo te sientes? —preguntó ella, acercándose.
—Débil. Pero aquí. Eso es suficiente.
Pasaron los días y el pueblo no supo cómo reaccionar. Un extraño había aparecido en la casa al borde del bosque: silencioso, de mirada inusual, que evitaba los espacios demasiado iluminados pero que jamás hacía daño a nadie. Algunos temían que fuera una criatura oscura. Otros veían en él algo distinto, algo noble.
El anciano sacerdote fue a verlos una tarde. Se quedó en la puerta, observando a Kael en silencio durante largo tiempo.
—No eres de este mundo —dijo al final.
—No lo soy —admitió Kael con calma—. Pero el amor no necesita pertenecer a un lugar para ser verdad.
El sacerdote suspiró, y por primera vez, su expresión no era de condena, sino de comprensión.
—El equilibrio del mundo se compone de luz y de sombra. Ninguna puede existir sin la otra. Quizás… ustedes dos son el recordatorio de eso.
Con el tiempo, el pueblo aceptó su presencia. No con calidez inmediata, pero sí con respeto. Kael aprendió a caminar bajo el sol, aunque siempre se sentía más cómodo cuando caía la tarde. Aprendió a reír, a tocar la madera, a sentir la lluvia en la piel. Aprendió a vivir.
Pero también aprendieron que su forma humana no sería permanente. A veces, cuando estaba muy cansado o usaba demasiado de su poder, sus bordes se volvían borrosos, como si estuviera hecho de humo.
—No importa cuánto tiempo tengamos —le decía Elara, tomándole la mano cuando eso ocurría—. Cada día contigo es un regalo. Y si un día vuelves a ser sombra… te esperaré. Y sabré que estás ahí. Siempre.