Pasaron los años. Kael encontró la manera de mantener su forma humana la mayor parte del tiempo, aunque nunca perdió su conexión con las sombras. Se convirtieron en parte de la vida del pueblo: ella, valiente y luminosa; él, silencioso y protector.
Caminaban juntos por los senderos al atardecer, y cuando alguien les preguntaba cómo se habían conocido, Elara sonreía y decía:
—Él siempre ha estado ahí. Solo esperó a que estuviera lista para verlo.
Y en las noches de luna nueva, cuando la oscuridad era profunda, se sentaban juntos bajo el porche, y Kael le contaba historias de las sombras: mundos olvidados, tiempos antiguos, secretos que la oscuridad guarda para quienes saben escuchar.
«No importa qué forma tenga», le dijo una noche, abrazándola mientras las estrellas brillaban sobre ellos, «si soy sombra o soy carne, siempre seré aquel que observa entre las sombras… solo para cuidarte. Siempre seré tuyo.»