CAPÍTULO 1
12 AÑOS
No soy una persona a la que le guste ver a otros de lado y él estaba en una esquina del patio, mirando a la nada. Ya le había visto más veces así, pero desde mi perspectiva, era muy triste. No sé en lo que estaba pensando. Más tarde me daría cuenta de que, a veces, la gente que está sola quiere estarlo.
—¡Hola! —sonreí.
Se tomó su tiempo en mirarme, pero finalmente lo hizo.
—Hola.
—¿Qué tal estás? ¿Qué haces aquí? ¿Sólo?
Vale, demasiadas preguntas de golpe. Pensé que en cualquier momento saldría corriendo, pero no lo hizo.
—Normal. Nada. Nada, de nuevo.
—¿Normal? —hice una mueca. — ¿Qué es “estar normal”?
Suspiró.
Se estaba cansando de mí, seguro. Y ni siquiera habíamos tenido una conversación en condiciones.
—No estoy ni bien ni mal. Estoy solo sin hacer nada porque me gusta estar solo sin hacer nada.
Asentí lentamente. Volvió a apartar la mirada, lo que me hizo mirarle más curiosamente.
¿Acaso era tan tímido?
Le di un gran bocado al bocata que mi madre me hacía todos los martes y decidí dirigir mi atención al partido de fútbol de los mayores.
—Pues hagamos nada —di otro bocado.
Nos quedamos en silencio unos tres minutos hasta que me digné a hablar de nuevo.
— Oye, Daekho, ¿te gusta el sándwich de jamón y aceite?
Me miró un poco confundido. Como pensando sin responder la pregunta o no. Yo era muy partidaria de sacar tema de conversación donde no lo había. Más adelante, él me demostraría lo partidario que era a quedarse en silencio.
— No.
—Bueno... Y, ¿qué traes para almorzar?
—Nada.
—¡¿Qué?! —exclamé horrorizada. Amaba comer y no me cabía en la cabeza como a otras personas no. — Es muy importante comer. Sobre todo, el desayuno y el almuerzo. ¿Qué has desayunado hoy?
Una mueca de su parte.
— Un cola cao.
—¿Solo?
—Y unas galletas —añadió entre dientes.
Levantó las cejas, dando la conversación por finalizada.
—No tienes que mentirme, ¿sabes?
Mi madre siempre me decía que yo, Luna Castillo, no sabía cuándo mantener la boca cerrada. Mi padre se reía cada vez que metía la pata y me recomendaba el mantener esas preguntas y respuestas mías dentro de nuestro humilde hogar, pero, como mi hermano solía decir, era “muy difícil callar a perro ladrador que no muerde”.
—¿Qué? —me volvió a mirar.
Daekho tenía la piel pálida, el pelo negro y desordenado y unos preciosos ojos pardos.
El no saber nada de él, aparte de que le gustaba estar solo, me daba razón suficiente para no abrir la boca, sin embargo...
—¿Has desayunado arroz?
Se instalo un silencio atroz. Por un momento, lo único que se oían eran los gritos de “gol” de los mayores. Daekho me miró, seriamente no, lo siguiente. Entré en pánico, y eso nunca era bueno. Cuando eso pasaba, mis instintos tomaban el control y no mi cerebro.
—Mis padres tienen amigos japoneses que desayunan arroz —dije rápidamente. — A lo mejor, tú también lo desayunas y te da vergüenza admitirlo.
El silencio continuó mientras notaba su enfado en las pupilas de sus ojos. Si las miradas mataran... Me arrepentí en aquel momento de haber abierto la boca; sin embargo, en el instante en el que fui a decir otra estupidez, él me paró.
—¿Y tú? —fruncí el ceño, confundida. — ¿Desayunaste pollo frito esta mañana?
Me quedé en blanco. ¿Qué acababa de decir?
Me sostuvo la mirada, como si eso fuera una batalla silenciosa, pero, cuando el timbre que indicaba el fin del recreo sonó, me miró por última vez con algo de desprecio antes de irse.