Armor Teens Monster Hunters T1

Arco 1 · Cap. 1 - Lo que quedó

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ARCO 1 Primer amanecer: Comienza la caza

Capítulo 1 — Lo que quedó

El sol todavía no terminaba de salir cuando Naomi Miyasato se detuvo frente a la reja de la Academia Elayne Valkara.

A esa hora, Arquinna respiraba despacio. Los vehículos se deslizaban por las pistas a un palmo del asfalto, con el zumbido bajo de sus motores de levitación, y los drones de reparto cruzaban entre los edificios con sus luces de navegación todavía encendidas. Más allá de los techos, donde la ciudad se acababa, el Pacífico empezaba a teñirse de naranja.

Hace poco más de cien años, nada de esto existía. En 2105, el fondo del océano se partió, medio Japón se hundió con él, y de las aguas emergió una isla que nadie había pedido. La llamaron Darkon Parxis. Bajo su suelo encontraron el Zhioramonio, y con él llegaron los refugiados, los colonos, las delegaciones extranjeras, las guerras por quién tenía derecho a qué. Después vinieron las torres, los trenes, la luz que nunca se apagaba. Arquinna era lo que habían construido encima de todo eso.

Naomi se ajustó las correas de la mochila. El viento de la mañana le revolvió el cabello naranja, que le caía sobre los hombros y nunca obedecía del todo, y el clip de estrella dorada que llevaba prendido a un lado brilló un instante con la primera luz. Tenía los ojos azules, y en ese momento los tenía fijos en el escudo tallado sobre la entrada: la estrella de ocho puntas sobre las alas, y debajo el lema que había leído miles de veces sin pensarlo.

Disciplina. Conocimiento. Un futuro más fuerte.

Su padre había creído en esas palabras. Había creído en muchas cosas.

Llevó dos dedos al medallón de su gargantilla. El metal estaba frío. Siempre estaba frío a esa hora.

Hacía un año que solo lo usaba para llamar a los demás. La última vez que lo había apretado para algo más, la ciudad había estado a punto de perder mucho más que una mañana, y al terminar se habían prometido, sin decirlo del todo, que aquello quedaba atrás. Desde entonces la gargantilla era lo que parecía: un recuerdo de su padre colgado del cuello. Casi siempre conseguía creérselo.

La luz guía incluso en los cielos más oscuros.

Era lo que él solía decirle cuando ella era tan pequeña que todavía tenía que sentarse en sus rodillas para ver las estrellas desde el balcón. En ese entonces le parecía una frase bonita. Ahora sabía cuánto le había costado a él sostenerla.

Hideo Miyasato no estaba en ninguna placa de la academia ni en ningún noticiero. Para la ciudad, era un nombre más entre los que se habían perdido en los años malos. Para Naomi, era la razón por la que se levantaba antes que el sol.

No somos soldados, pensó. Tampoco salvadores.

Detrás de ella, la ciudad empezaba a despertar del todo: el primer tren cruzó el viaducto elevado, una puerta automática se abrió en algún lugar, alguien se rio en la parada de buses. Gente que no sabía nada. Gente que no tenía por qué saberlo.

Somos lo que quedó.

Soltó el medallón, cruzó la reja y entró.

Soltó el medallón, cruzó la reja y entró

◆◆◆

En la entrada del edificio grande, entre las hileras de casilleros para el calzado, Sayumi Kyoritawa discutía con una máquina.

Era imposible no verla. El cabello rubio le caía liso hasta la cintura, sujeto apenas por una bincha roja, y detrás de sus gafas tecnológicas los ojos lila seguían una cascada de datos que solo ella podía leer. Llevaba la chaqueta varsity blanca con el emblema en el hombro, la falda a cuadros, medias negras y un bolso de mensajero que, por el peso con el que le colgaba, debía cargar más herramientas que cuadernos.

Frente a ella flotaba un cubo metálico del tamaño de una tostadora, con dos pinzas articuladas que sostenían un par de zapatos escolares.

—Calzado interior entregado —anunció el cubo.

—Entonces suéltalo.

—Calzado interior entregado.

—Sí, eso ya lo dijiste. Ahora la parte donde lo sueltas.

El cubo emitió un pitido satisfecho y no soltó nada.

Naomi se sentó en el banco junto a ellas y empezó a desatarse las botas.

—¿Otra vez peleando con él?

—No es "otra vez". Es una versión nueva. —Sayumi no apartó la vista del robot—. Le reescribí el módulo de reconocimiento anoche.

Naomi reparó en las ojeras que asomaban bajo las gafas de su amiga.

—¿Anoche a qué hora?

Sayumi se puso a ajustar algo en el costado del cubo, de pronto muy concentrada.

—A una hora razonable. —Una pausa—. Las tres y cuarto.

El cubo giró sobre su eje y proyectó un haz de luz verde sobre Naomi, de los pies a la cabeza.

—Visitante no identificada. Por favor, retírese del perímetro.

—Tercera vez esta semana —dijo Naomi, guardando las botas en su casillero.

—Cuarta. —Sayumi se masajeó el puente de la nariz por debajo de las gafas—. El lunes te confundió con un extintor.

—Lo recuerdo. Me pidió que no me moviera de la pared.

Naomi se calzó los zapatos de interior, se puso de pie y, sin ceremonia, tomó los zapatos de Sayumi de las pinzas del cubo y tiró una sola vez, firme.




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