Una semana había pasado desde que Kiron completó el Ritual del Primer Vuelo. Durante aquellos días, el muchacho había intentado mantener la calma, pero sabía que se acercaba el momento que determinaría su futuro dentro del Clan Búho. Aquella noche tendría que enfrentar la Prueba de Selección, el desafío en el que el espíritu ancestral decidiría si era digno de recibir su marca.
Kiron tenía catorce años y, aunque llevaba toda su vida escuchando las historias de quienes habían enfrentado aquella prueba, ninguna podía prepararlo por completo para lo que estaba a punto de vivir. Sentía una mezcla de ansiedad y preocupación. Una parte de él deseaba que llegara el momento para demostrar que estaba preparado; otra temía no ser capaz de superar aquello que el Búho pusiera en su camino. No se lo había dicho a nadie, pero la posibilidad de fracasar lo inquietaba mucho más de lo que quería admitir.
Su abuela, la líder del Clan Búho, conocía bien aquella inquietud. Durante la semana no intentó tranquilizarlo con promesas ni asegurarle que el espíritu lo elegiría. Kiron ya sabía que aquella decisión no dependía de su familia ni de su preparación. Solo podía presentarse ante el Búho y afrontar la prueba.
Cuando llegó la noche, los miembros del clan comenzaron a reunirse en el asentamiento. Nadie celebraba ni hablaba en voz alta. La Prueba de Selección era un acontecimiento solemne, y todos conocían su significado. El candidato debía adentrarse solo en el bosque y permanecer allí hasta el amanecer. Si superaba la prueba, el espíritu Búho manifestaría su aceptación de una manera que todo el clan pudiera reconocer. Si fracasaba, no habría señal alguna.
Kiron se encontraba junto a su abuela, preparado para partir. Llevaba la ropa habitual del clan y no portaba armas. No podía llevar herramientas que le proporcionaran una ventaja ni recibir ayuda de nadie. A diferencia del Ritual del Primer Vuelo, que se había realizado en el Claro de los Ojos, esta vez tendría que internarse mucho más allá de aquel lugar, en una zona profunda del bosque donde los árboles crecían tan juntos que la luz de la luna apenas alcanzaba el suelo.
—Recuerda lo que aprendiste durante el ritual —le dijo su abuela.
Kiron levantó la mirada hacia ella.
—Observar antes de intentar comprender.
La anciana asintió.
—Y no permitas que aquello que deseas escuchar te haga olvidar lo que sabes.
Kiron comprendió que sus palabras se referían a algo más que a los sonidos del bosque. Sin embargo, no preguntó a qué se refería exactamente. Su abuela no podía explicarle lo que encontraría durante la prueba, y él tampoco debía conocerlo de antemano.
Antes de partir, Kiron miró una última vez hacia el asentamiento. Allí estaban las personas con las que había crecido, los hogares que conocía desde pequeño y su hermana Naty, que lo observaba entre los demás habitantes. Ella era una de las personas más importantes de su vida. Kiron deseaba regresar con la marca del Búho, pero no sabía si tendría esa oportunidad, finalmente, se volvió hacia el bosque y comenzó a caminar.
Al principio, el sendero todavía era reconocible. Kiron avanzó entre los árboles hasta que las viviendas quedaron atrás y los sonidos del asentamiento desaparecieron. Continuó internándose en la espesura, guiándose por la escasa luz que se filtraba entre las copas. Cuando llegó a una zona donde el camino se dividía entre raíces y rocas, se detuvo. No había señales que indicaran qué dirección debía tomar.
Recordólas enseñanzas del ritual y observó el entorno antes de decidir. Eligió elsendero que parecía continuar hacia el interior del bosque y siguió avanzandohasta encontrar un pequeño espacio rodeado de árboles antiguos. Allí se detuvo.No había ninguna piedra ceremonial ni estatua que señalara aquel lugar comosagrado. Solo estaban el bosque, la oscuridad y él, la prueba había comenzado
Durante un largo tiempo no ocurrió nada. Kiron permaneció atento, escuchando el movimiento de las ramas y el sonido ocasional de algún animal entre la maleza. Al principio, la quietud le permitió mantener la concentración. Sin embargo, conforme avanzaban las horas, el silencio comenzó a pesarle. No era el mismo silencio que había conocido durante el Ritual del Primer Vuelo. Allí había podido escuchar el viento, las hojas y las aves. En aquel lugar, en cambio, había momentos en los que parecía que el bosque entero había dejado de moverse.
Kiron intentó no inquietarse. Cambió de posición para aliviar el cansancio de las piernas y caminó unos pasos alrededor del espacio donde se encontraba. No podía abandonar el lugar. Debía permanecer allí hasta que amaneciera, sin importar cuánto durara la noche.
Entonces escuchó una voz.
—Kiron...
Se quedó inmóvil.
La voz había pronunciado su nombre con una familiaridad que le hizo sentir un nudo en el pecho. Durante un instante creyó que alguien había conseguido encontrarlo, pero enseguida recordó que estaba solo y que nadie debía acompañarlo durante la prueba.
No respondió.
—Kiron, ¿dónde estás?
La voz volvió a escucharse. Parecía provenir de entre los árboles, a poca distancia. El muchacho apretó los puños y mantuvo la mirada fija en la oscuridad. Sabía que aquella prueba podía poner a prueba su mente y que podía escuchar cosas que parecieran reales. No debía dejarse llevar por lo que oyera.
La voz desapareció.
Kiron permaneció atento, esperando que volviera a escucharse. Cuando el silencio se prolongó, comenzó a respirar con mayor tranquilidad. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero comprendió que no podía permitir que cada sonido lo hiciera perder el control.