Mordek, con sus dos espadas curvas, cortaba el paso a cualquiera que intentara interponerse. Hank avanzaba con su espada en la mano, aprovechando cada abertura que encontraba. Detrás de ellos, Drevan apartaba a los defensores con la fuerza brutal de su enorme espada.
Maelis comprendió que no se dirigían hacia una posición estratégica del ejército. Iban directamente por ella.
—Así que han decidido venir personalmente... —murmuró, llevando la mano a la empuñadura de su katana.
Los tres suboficiales estaban ya demasiado cerca cuando diez guerreros serpiente advirtieron el peligro. Sin esperar órdenes, abandonaron sus posiciones y corrieron a colocarse entre su líder y los invasores.
—¡Maelis! ¡Nosotros los detendremos! ¡No deje que se acerquen!
Los diez levantaron sus escudos y espadas y formaron una barrera defensiva. Sabían que aquellos hombres eran peligrosos, pero su deber era proteger a su líder. Maelis dio un paso hacia ellos, dispuesta a combatir a su lado pero no llegó a tiempo, Hank ni siquiera redujo la marcha.
—Apártense —ordenó con frialdad.
Mordek se abalanzó sobre el primer defensor y cruzó sus dos hojas en un movimiento veloz. Drevan irrumpió por el centro con un golpe devastador que quebró la formación, mientras Hank atacaba a quienes intentaban cerrar el espacio que acababa de abrirse. Los guerreros serpiente respondieron con valentía, pero los tres suboficiales luchaban como si ya hubieran decidido el resultado.
En cuestión de segundos, los diez defensores cayeron, no hubo tiempo para reorganizarse, ni para que otros guerreros acudieran en su ayuda. Los diez habían intentado proteger a Maelis, y los tres suboficiales los habían eliminado sin vacilar.
Maelis se quedó inmóvil durante una fracción de segundo. Sus ojos recorrieron los cuerpos de sus guerreros y después se alzaron hacia los tres hombres que seguían avanzando, la tristeza no desapareció de su rostro, pero quedó enterrada bajo una expresión mucho más fría.
Desenvainó su katana.
—Han cometido un error al venir por mí —dijo, colocándose frente a ellos—. Y uno todavía mayor al creer que podrán marcharse después de lo que acaban de hacer.
Hank se detuvo y levantó ligeramente su espada. Mordek separó las dos hojas, adoptando una postura de ataque, mientras Drevan apoyaba la enorme arma sobre un hombro y observaba a Maelis con una sonrisa desdeñosa.
La líder serpiente no retrocedió, a su alrededor, la batalla continuaba rugiendo. Darian seguía intentando contener al ejército enemigo y todavía no había visto lo que acababa de ocurrir en aquel sector. Nadie podía acudir de inmediato a ayudarla, Maelis estaba sola frente a los tres suboficiales del Clan Lobo y la verdadera batalla estaba a punto de comenzar.
Mordek observó a Maelis durante unos instantes, haciendo girar lentamente una de sus espadas curvas, la líder serpiente permanecía frente a ellos con la katana desenvainada, los pies firmemente apoyados sobre la tierra y la mirada fija en sus tres adversarios. A su alrededor, la batalla continuaba rugiendo, pero en aquel pequeño espacio parecía haberse formado un silencio propio, una pausa antes de que la sangre volviera a derramarse.
—¿De verdad quieres morir por tu gente? —preguntó Mordek—. ¿Por qué no te rindes, ordenas la rendición de tus guerreros y nos evitamos más sangre derramada? No tiene sentido sacrificar a todo tu clan por una tierra que ya hemos venido a reclamar.
Maelis recorrió con la mirada los rostros de los tres hombres. Después miró por encima de sus hombros, hacia el campo de batalla, donde sus guerreros seguían luchando para defender cada parte de su hogar. Pensó en las generaciones que habían vivido en aquellas montañas, en los conocimientos que sus antepasados habían transmitido, en los jardines medicinales que habían cultivado y en las costumbres que mantenían unido al Clan Serpiente. Aquella tierra no era simplemente un territorio que pudiera conquistarse y repartirse. Era la historia de su pueblo.
—Estoy dispuesta a morir por mi clan, por nuestra historia y por nuestra cultura, si es necesario —respondió, apretando la empuñadura de su katana—. Pero jamás permitiré que unos miserables como ustedes nos arrebaten la tierra de nuestros antepasados. Mientras siga respirando, tendrán que luchar por cada paso que den.
Hank dejó escapar una breve exhalación y adelantó su espada.
—Como quieras...
Los tres atacaron al mismo tiempo, Mordek se lanzó por la izquierda con sus dos espadas curvas, una dirigida hacia el cuello de Maelis y la otra hacia su abdomen. Hank avanzó por el frente con una estocada precisa, mientras Drevan levantaba su enorme espada para descargar un golpe desde el lado derecho. No le dejaron un camino claro para escapar. Habían coordinado sus movimientos para obligarla a defenderse de tres direcciones simultáneamente y terminar con ella antes de que pudiera encontrar una abertura.
Pero Maelis no intentó bloquear los tres ataques, en el instante en que las armas se acercaron, retrocedió medio paso y giró sobre el pie izquierdo. La espada de Hank pasó junto a su pecho; la primera hoja de Mordek rozó el aire sobre su hombro y la segunda encontró únicamente el vacío. El golpe de Drevan descendió con toda su fuerza, pero Maelis ya se había desplazado hacia el espacio que acababa de dejar Hank.
Su katana trazó un arco corto, un corte apareció en la mejilla de Mordek, antes de que el hombre pudiera reaccionar, Maelis utilizó el impulso de su propio giro para apartarse de Drevan y desviar con el filo el segundo ataque de Hank. Las armas chocaron con un estruendo metálico. Ella empujó la espada enemiga hacia un lado y lanzó una estocada al rostro del suboficial, obligándolo a retirar la cabeza para evitar que la hoja le alcanzara los ojos, una fina línea de sangre apareció sobre su mejilla. Hank retrocedió con una expresión endurecida.