Darian se levantó y contempló el terreno. La escena que se extendía ante sus ojos era devastadora. Numerosos guerreros del Clan Serpiente yacían inertes sobre la tierra; algunos habían sido atravesados por flechas, otros presentaban profundos cortes en la garganta y varios tenían lanzas clavadas en el cuerpo. Había escudos rotos, espadas abandonadas y rastros de sangre por todas partes. El terreno se había convertido en un caos absoluto, una imagen que ninguno de los presentes olvidaría fácilmente. Aquella había sido una masacre. Los hombres que horas antes habían defendido sus hogares, sus familias y sus tradiciones ahora descansaban inmóviles bajo la luz de las antorchas. Para Darian, la escena tenía un peso todavía mayor. Los clanes habían vivido en paz durante generaciones, y aquella era la primera vez que dirigía a su ejército en una batalla real. Nunca había imaginado que su primera experiencia como comandante estaría marcada por una pérdida semejante. Había preparado a sus guerreros para defender el territorio, pero ninguna preparación podía anticipar el dolor de ver a tantos de ellos muertos en el campo de batalla. Aun así, no podía permitirse derrumbarse. Todavía había supervivientes que dependían de él y decisiones urgentes que tomar.
—Tenemos que llevar a Maelis al asentamiento cuanto antes —ordenó Darian, tratando de mantener firme la voz—. También trasladaremos a todos los heridos que no puedan caminar. Los demás se quedarán conmigo para recuperar a nuestros caídos.
Kaelen asintió y comenzó a organizar a los guerreros que habían llegado con él. Los caballos que habían traído serían fundamentales para transportar a los heridos más graves y a Maelis. Darian, por su parte, se encargó de distribuir las tareas entre los supervivientes. De los trescientos guerreros con los que contaba el Clan Serpiente antes de la invasión, apenas quedaban noventa con vida: cuarenta de los hombres que habían combatido desde el principio y los cincuenta que Kaelen había llevado como refuerzos. Sin embargo, de aquellos cuarenta guerreros que habían participado en la batalla desde el comienzo, veinte estaban gravemente heridos. Nadie podía asegurar que sobrevivieran. Si alguno fallecía a causa de sus heridas, el número de guerreros disponibles para defender el clan se reduciría todavía más, hasta quedar en setenta. Era una cifra difícil de asimilar para un pueblo que, apenas unas horas antes, había contado con trescientos combatientes para proteger su territorio.
Darian ordenó que los veinte heridos fueran acomodados sobre los caballos, mientras Maelis era preparada para el traslado con el máximo cuidado, treinta de los guerreros que habían llegado con Kaelen escoltarían a los heridos y a su líder hasta el asentamiento. Una vez allí, los entregarían a los curanderos y regresarían con carretillas para recoger los cuerpos de sus compañeros. La misión era clara: llevar a los heridos a salvo, proteger a Maelis durante el trayecto y volver al campo de batalla para que ningún caído del Clan Serpiente quedara abandonado en aquella tierra.
Los caballos comenzaron a partir bajo la luz de las antorchas. Algunos guerreros viajaban solos, mientras que otros acompañaban a los heridos para evitar que cayeran de las monturas. Maelis iba inconsciente, sostenida cuidadosamente por quienes se encargaban de transportarla. Kaelen observó cómo la caravana se alejaba, consciente de que su líder necesitaba atención urgente. Aunque deseaba acompañarla hasta el asentamiento, sabía que todavía tenía responsabilidades en aquel lugar. Su padre no podía encargarse de todo solo, y los hombres que habían sobrevivido necesitaban dirección. Por eso permaneció junto a Darian mientras los jinetes desaparecían entre los árboles.
El camino de regreso al asentamiento transcurrió entre el cansancio y la incertidumbre. Los guerreros apenas hablaban. Cada uno llevaba consigo la imagen de sus compañeros caídos, y muchos temían que los heridos que transportaban no resistieran el viaje. Cuando finalmente llegaron a las primeras viviendas, los habitantes comenzaron a salir de sus hogares al escuchar el ruido de los caballos. Habían permanecido esperando noticias, aferrándose a la esperanza de que sus familiares regresaran sanos y salvos. Algunos buscaron rostros conocidos entre los jinetes; otros se acercaron con preguntas que nadie sabía cómo responder. Entonces vieron a Maelis.
Nanaya se encontraba entre quienes aguardaban noticias de la batalla. Al reconocer a su madre, se quedó paralizada durante un instante. La mujer que siempre había considerado audaz, fuerte y capaz de enfrentarse a cualquier peligro regresaba inconsciente, cubierta de heridas y sin poder siquiera abrir los ojos. Para Nanaya, Maelis era el pilar de su familia y de todo el Clan Serpiente. Nunca había imaginado que pudiera verla en semejante estado.
—¡Madre!
El grito de Nanaya atravesó el asentamiento. La niña corrió hacia los caballos con lágrimas en los ojos mientras los guerreros descendían con cuidado a Maelis. Intentó acercarse a ella, desesperada por tocarla y comprobar que seguía viva, pero los curanderos llegaron rápidamente y pidieron espacio para atenderla. Nanaya apenas podía mantenerse en pie. Le temblaban las piernas y sentía que el miedo le cerraba la garganta.
—¡Madre, despierta! ¡Por favor, despierta! ¡No me dejes!
Nadie supo qué decirle. Algunos habitantes bajaron la mirada, incapaces de soportar el dolor de la niña. Los guerreros que habían acompañado a Maelis permanecieron en silencio, agotados y cubiertos de polvo, sangre y heridas. Los curanderos trasladaron a la líder y a los veinte soldados heridos hasta un lugar donde pudieran recibir atención. Nanaya intentó seguirlos, pero una mujer del clan la sostuvo suavemente para evitar que interfiriera en el trabajo de quienes estaban tratando de salvar a su madre.
—Déjalos hacer su trabajo, Nanaya. Harán todo lo posible por salvarla.
Nanaya no respondió. Se quedó mirando el lugar por donde se habían llevado a Maelis, temiendo que aquella fuera la última vez que pudiera verla con vida. Hasta entonces, había crecido bajo la protección de una mujer que parecía tener una respuesta para cada problema y una solución para cada peligro. Ahora, por primera vez, comprendía que incluso las personas más fuertes podían caer, y que el amor que sentía por su madre no le otorgaba el poder de protegerla de todo.